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Mensaje del cardenal Ratzinger - Benedicto XVI - 2004
Y la Palabra se hizo
carne
En el evangelio de la
tercera misa de navidad (/Jn/01/01-18) parece que todo lo que nos es
amable y familiar del nacimiento de Jesucristo en el establo se ha
alejado a la extraña dimensión del misterio. Aquí no se habla ya del
niño ni de la madre, no se dice nada de pastores y de sus ovejas, nada
del cántico de los ángeles, que anuncian al hombre la paz partiendo de
la gloria de Dios. Sin embargo, hay algo en común con todo eso: también
el evangelio de hoy habla de una luz que ilumina en las tinieblas; habla
de la gloria de Dios que nosotros podemos contemplar, como gracia, en la
Palabra hecha carne, y habla del Señor que no fue aceptado en su
propiedad o en los que eran los suyos. Pero en medio de estas
grandilocuentes palabras de misterio, aparece de repente el establo en
el que el hijo de David debía nacer, puesto que no había lugar para él
en la ciudad.
Así, si se examina con profundidad las cosas, se reconoce sin duda que
el evangelio del día no habla de otra cosa que de lo que hablan los
evangelios de las misas de la nochebuena. Sólo que parten de distintos
puntos de vista. Lucas y, de un modo semejante, Mateo cuentan la
historia terrena y nos descubren, a partir de ahí, el acceso a la
actuación misteriosa de Dios. Juan, el águila, contempla todo a partir
del misterio de Dios y muestra cómo llega hasta el establo, hasta la
carne y la sangre del hombre. Así, pues, ¿de qué se trata propiamente?
¿Qué es lo que pretende decirnos la iglesia para el día de navidad y,
partiendo de ahí, para todo el año, y, en fin de cuentas, para nuestra
vida, al presentarnos este texto tan solemne y serio donde nosotros
deberíamos esperar las palabras cálidas del relato del nacimiento?
NV/QUE-CELEBRAMOS: Este evangelio corresponde, desde los tiempos más
antiguos, a la liturgia de la navidad, porque contiene la frase que nos
ofrece la causa y el motivo de nuestra alegría, el contenido propio de
la fiesta: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (/Jn/01/14).
En la navidad no celebramos el día natalicio de un hombre grande
cualquiera, como los hay muchos.
Tampoco celebramos simplemente el misterio de la infancia o de la
condición de niño. Ciertamente que lo puro y lo abierto del niño nos
hace esperar, nos proporciona esperanza. Nos da ánimos para contar con
nuevas posibilidades del hombre. Pero si nosotros nos aferramos
demasiado a eso solo, al nuevo comienzo de la vida que se da en el niño,
entonces lo único que podría quedar en definitiva sería la tristeza:
porque también esto «nuevo» acaba por hacerse algo viejo y usado.
También el niño entrará en el campo de concurrencia y de rivalidad de la
vida, participará en sus compromisos y en sus humillaciones, y, como
remate de todo, acabará siendo, igual que todos, presa y botín de la
muerte.
Si nosotros no tuviéramos otra cosa que celebrar que sólo el idilio del
nacimiento de un ser humano y de la infancia, entonces en último extremo
no quedaría nada de tal idilio. Entonces nada tendríamos que contemplar
más que el morir y el volver a ser; entonces cabría preguntarse si el
nacer no es algo triste, puesto que sólo lleva a la muerte. Por eso es
tan importante observar que aquí ha ocurrido algo más: el Verbo se hizo
carne. «Este niño es hijo de Dios», nos dice uno de nuestros villancicos
navideños más antiguos. Aquí sucedió lo tremendo, lo impensable y, sin
embargo, también lo siempre esperado: Dios vino a habitar entre
nosotros. Él se unió tan inseparablemente con el hombre, que este hombre
es efectivamente Dios de Dios, luz de luz y a la vez sigue siendo
verdadero hombre.
Así vino a nosotros efectivamente el eterno sentido del mundo de tal
forma que se le puede contemplar e incluso tocar (cf. 1 Jn 1,1). Pues lo
que Juan denomina «la Palabra» o «el Verbo», significa en griego al
mismo tiempo algo así como el sentido. Según eso, podemos también
traducir nosotros: el sentido se ha hecho carne. Pero este sentido no es
simplemente una idea corriente que penetra en el mundo.
El sentido se ha aplicado a nosotros y ha vuelto a nosotros. El sentido
es una palabra, una alocución que se nos dirige. El sentido nos conoce,
nos llama, nos conduce. El sentido no es una ley común, en la que
nosotros desempeñamos algún papel. Está pensado para cada uno de una
manera totalmente personal.
Él mismo es una persona: el Hijo del Dios vivo, que nació en el establo
de Belén.
A muchos hombres, tal vez nos parece esto demasiado hermoso para que sea
verdadero. Aquí se nos dice: sí, existe un sentido. Y el sentido no es
una protesta impotente contra lo que carece de sentido. El sentido tiene
poder. Es Dios. Y Dios es bueno. Dios no es un ser sublime y alejado, al
cual nunca se puede llegar. Se halla totalmente próximo, al alcance de
la voz, y se le puede alcanzar siempre. Él tiene tiempo para mí, tanto
tiempo que hubo de yacer en un portal y que permanece siempre como
hombre. Pero nos volvemos a preguntar: ¿puede ser esto verdad? ¿se
amolda efectivamente a Dios el ser o hacerse niño? No queremos creer que
la verdad es hermosa; según nuestra experiencia, la verdad es, en fin de
cuentas, por lo general cruel y sucia: y cuando alguna vez parece que no
lo es, entonces horadamos y cavamos en torno a ella hasta confirmar
nuevamente nuestra sospecha.
Del arte se dijo una vez que servía a lo bello y que esta belleza era, a
su vez, splendor veritatis, el esplendor o el brillo de la verdad, su
resplandor interior.
Pero hoy día, el arte cree que su misión o tarea más alta consiste en
desenmascarar al hombre como algo sucio y repugnante.
Adoración de los Magos. Basílica Santa María in
Trastevere.
Roma. Siglo XIII.
Si nosotros pensamos en los dramas de B. Brecht, toda la genialidad del
poeta se aplica también aquí al descubrimiento de la verdad, pero no ya
para mostrar sus luces, sino para demostrar que la verdad es sucia y que
la suciedad es la verdad. El encuentro con la verdad no ennoblece, sino
que envilece. De ahí que surja la mofa contra la navidad y la burla
contra nuestra alegría.
Pero, de hecho, si no hay Dios, entonces no hay ninguna luz, sino que
sólo nos queda la sucia tierra.
Ahí radica la realmente trágica verdad de tal «Poesía ».
II «Los suyos no le recibieron» (/J/01/11). En fin de cuentas, nosotros
preferimos nuestra terca desesperación a la bondad de Dios, la cual,
partiendo de Belén, podría tocar a nuestro corazón. En fin de cuentas,
somos demasiado soberbios para dejarnos salvar y redimir.
«Los suyos no le recibieron»; el abismo de esta frase no se agota con la
historia de la búsqueda de alojamiento, que nuestros nacimientos
representan y actualizan con tanto amor. Tampoco se agota con el
llamamiento moral a pensar en los que no tienen techo en todo lo ancho
de la tierra y también aquí en nuestras ciudades, por muy importante que
sea esa llamada. Esta frase apunta y afecta a algo más profundo de
nosotros, a la causa más profunda de que la tierra no ofrezca a muchos
ningún cobijo o techo: nuestra soberbia cierra las puertas a Dios y de
esa manera también a los hombres.
Nosotros somos demasiado orgullosos para ver a Dios. Nos ocurre lo que a
Herodes y a sus especialistas en teología: en esa categoría o en ese
grado, no se escucha el canto de los ángeles. En esa categoría, uno no
se siente ni amenazado ni molestado por Dios. En esa categoría, no se
quiere ya ser «su propiedad» -propiedad de Dios-, sino simplemente
pertenecer cada uno a si mismo. Por eso no queremos recibir a Aquél que
viene a su propiedad porque entonces tendríamos que transformarnos y
reconocerle a él como nuestro dueño.
Él vino como niño para quebrar nuestra soberbia.
Tal vez nosotros capitularíamos antes frente al poder o a la sabiduría.
Pero él no busca nuestra capitulación, sino nuestro amor. Él quiere
librarnos de nuestra soberbia y así hacernos efectivamente libres.
Dejemos, pues, que la alegría tranquila de este día penetre en nuestra
alma. Ella no es una ilusión. Es la verdad. Pues la verdad, la última,
la auténtica, es hermosa.
Y, al mismo tiempo, es buena. El encontrarse con ella hace bueno al
hombre. Ella habla a partir del niño, el cual, sin embargo, es el propio
hijo de Dios.
III Nuestro evangelio desemboca en la frase: «Y vimos su gloria...»
(1,14). Estas podían ser las palabras de los pastores, al regresar del
establo y resumir sus vivencias. Podrían ser las palabras con las que
José y María trataran de describir los recuerdos de aquella noche de
Belén. Pero no. Son como la mirada retrospectiva del discípulo que
expresa lo que le ocurrió en su encuentro con Cristo.
Y así podríamos decir todos nosotros como cristianos: hemos visto su
gloria. Sí, precisamente partiendo de eso, se podría explicar lo que es
creer: ver o contemplar su gloria en medio de este mundo. El que cree,
ve. ¿Pero hemos visto nosotros? ¿No estamos todavía ciegos? ¿No vemos
siempre únicamente a nosotros mismos y nuestra imagen que se refleja en
un espejo? Cada uno puede ver fuera solamente algo que corresponde a lo
que hay en él.
Dejemos que nuestros ojos sean abiertos por el misterio de este día y
así podamos ver. Y así podremos vivir como «videntes» o como personas
que ven.
La colecta de Adveniat podría ser una pequeña respuesta a la llamada de
la navidad. Un signo de que nosotros hemos oído y visto, de que nosotros
reconocemos a Dios como el verdadero dueño de todo lo que nos es propio.
Así podremos también nosotros ser portadores de la luz que procede de
Belén y luego pedir, llenos de confianza: Adveniat regnum tuum.
Que venga tu reino. Que venga tu luz. Que venga tu alegría.
Amén.
Niños de la Guardería El Palau
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