Recordando a Juan Pablo II el Grande
En el primer aniversario de su muerte

Como homenaje al gran Papa Juan Pablo II ofrecemos la homilía que pronunció el Sr. Arzobispo hace ahora un año.

 

1. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna (Jn 12, 24-25).

            Estas palabras de Cristo, dirigidas a los discípulos para anunciar su Pasión, Muerte y Resurrección, son una clave para comprender
la vida y el mensaje de nuestro amadísimo y llorado Papa Juan Pablo II, “El Grande”; cuyas exequias celebramos el viernes pasado con el corazón y el alma llenos de pena.

            Sí. Con profunda tristeza hemos acompañado al Papa en sus últimos días. Ha sido como revivir la Pasión de Cristo recordada en la Semana Santa. Hemos visto a Juan Pablo II abrazado a la cruz la tarde del Viernes santo.

            Se nos llenó el alma de pena cuando, el día de Pascua, nos bendijo con gesto doloroso, porque no podía hablar. Sus gestos eran las palabras.

            Hemos admirado su afán apostólico cuando dirigió sus pensamientos a los jóvenes reunidos en oración en la Plaza de San Pedro:
Os he buscado tantas veces… ahora habéis venido a mi. Y os lo agradezco.

           
Hemos reconocido su santidad heroica cuando en medio del dolor pedía a los que le acompañaban oración: el Via crucis, el santo rosario, la liturgia de las horas, la celebración de la Misa… No estéis tristes, yo estoy contento, repitió a sus colaboradores.

            Queridos hijos: ese es el ejemplo de una muerte digna, es la culminación de una vida santa, el coraje de alcanzar la cumbre y entregarse por los demás hasta el final, sin reservarse nada.

            Hemos rezado y hemos llorado.

            Desde todos los puntos cardinales, la humanidad ha rezado al Dios de la misericordia por este papa “Grande”.

            Al mismo tiempo estamos contentos y agradecidos. Sí. Damos gracias a Dios porque nos ha dado un Buen Pastor, un Papa santo.
 


           
2. Un papa para la eternidad.

            El líder espiritual del siglo XX, para el mundo y para España. El papa más universal, el pastor viajero.

            Atleta de Dios. El papa de la libertad, de los jóvenes, de los ancianos, de la familia. Defensor de la paz. Voz de los débiles. Bien inmenso para la humanidad.

           
El secreto de la vida de Juan Pablo II está en la identificación con Cristo. Su biografía va unida a un amor constante y creciente hacia nuestro Señor Jesucristo y su Madre Santa María.

            Los retos, las alegrías y los sufrimientos que tejen su vida han sido ocasión para expresar su con- fianza en la misericordia de Dios.

            Como
Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien, curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él (Hch 10,38).

            Por eso junto a la tristeza y el dolor por la separación, surgen —vigorosas— la esperanza y la profunda gratitud.

           
Nosotros somos testigos (Hch 10,39). Sí. Somos testigos de la misericordia de Dios. Somos testigos de una vida santa, entregada, por la Iglesia y por la humanidad, hasta el último momento.

            Le hemos visto como dice el Apóstol Pablo
crucificado con Cristo.

            San Pablo decía a los fieles:
Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mi (Gal 2,20).

           
Juan Pablo II quiso vivir como su Maestro, quiso vivir en amistad con Cristo y pasar por el mundo haciendo el bien. Se identificó sin resquicios con el Señor. Nunca quiso salvar su propia vida, sino darse sin reservas hasta el último momento.

           
Juan Pablo II: fuerza del amor de Cristo, ¡gracias de corazón!
           
3. Valencia guardará siempre en su memoria la visita de Juan Pablo II. Después de casi 1700 años de rica e intensa historia cristiana fue la primera vez que un Papa visitaba nuestra tierra.

            A su llegada a la Catedral veneró la reliquia del Santo Cáliz con la que celebró la Eucaristía en la ordenación sacerdotal de la Alameda, la más numerosa de su pontificado.

            Precisamente estamos celebrando en toda la Iglesia, por iniciativa suya, el Año de la Eucaristía.

            Siguiendo sus deseos renovamos el propósito de reflexionar sobre este augusto Sacramento y mejorar nuestras celebraciones eucarísticas.

            Juan Pablo II nos ha enseñado a vivir una espiritualidad eucarística que nos conduce a ser humildes, a combatir el orgullo y las discordias.

            La Eucaristía nos empuja a vivir de tal manera que seamos capaces de recibir al Señor todos los días; nos invita a pasar ratos de oración ante el sagrario, en diálogo sincero con el Señor.

            Nos anima a ser constructores de paz y de unidad en la vida social.

            Quien recibe la Eucaristía ha de transformar la propia vida en amor y servicio a los hermanos.

            Solamente entonces la recibiremos con fruto.
 


           
4. Después de venerar el Santo Cáliz, el papa se encontró en la Plaza de la Virgen con los ancianos.

            La ancianidad —nos dijo Juan Pablo II— es algo venerable para la Iglesia y para la sociedad y merece el máximo respeto y estima.

           
Me inclino ante vosotros —decía el papa—.

            Y pidió sentimientos de solidaridad y comprensión en los corazones para que ningún anciano carezca del respeto, afecto y ayuda que necesita.

            Renovemos esta tarde también ese propósito. Una sociedad que se encamina a la eutanasia es una cultura de muerte, una cultura decadente. El papa nos ha enseñado que el respeto a la vida humana de los ancianos y de los enfermos terminales es una condición esencial para una sociedad digna.

           
5. Desde la Plaza de la Virgen a la Alameda.

            Queridos sacerdotes: allí el papa nos invitó a revivir la gracia que hemos recibido por la imposición de las manos. Nos invitó a dar a los fieles el verdadero pan de la palabra, en fidelidad a la verdad de Dios y a las enseñanzas de la Iglesia.

            Nos pidió que facilitemos el acceso de los fieles a los sacramentos y, en primer lugar, al sacramento de la penitencia, siendo nosotros mismos asiduos en su recepción.

            Todavía parecen resonar sus palabras:
Ser “uno más” en la profesión, en el estilo de vida, en el modo de vestir, en el compromiso político, no os ayudaría a realizar plenamente vuestra misión; defraudaríais a vuestros propios fi eles que os quieren sacerdotes de cuerpo entero: liturgos, maestros, pastores, sin dejar por ello de ser, como Cristo, hermanos y amigos.

           
Al recordar hoy estas palabras renovamos nuestros deseos de servir al Pueblo de Dios como él lo ha hecho, con su entrega y generosidad, plenamente consagrados a nuestra misión sacerdotal. Así renovaremos la gracia inagotable del sacerdocio católico y crecerá nuestra unidad.

           
6. En aquella celebración el papa dejó un Mensaje a los seminaristas de toda España.

            Queridos seminaristas, presentes en esta celebración: os invito a meditar de nuevo aquél mensaje del Santo Padre.

           
Sed personas —os decía el papa— para quienes el centro y culmen de toda la vida es la santa misa, la comunión y la adoración eucarística. Sin una profunda fe y amor por la Eucaristía no se puede ser verdadero sacerdote… Elevemos esta tarde nuestra oración al Señor para que en esta querida tierra de Valencia, siempre fecunda en sacerdotes, muchos jóvenes tengan el alma abierta para recibir la llamada amiga de Cristo y para que tengan disponibilidad de saber decir “sí” con entusiasmo.

           
7. Del encuentro festivo con los sacerdotes a la visita solidaria a los habitantes de la Ribera del Xùquer.

            Juan Pablo II nos animó a estar siempre cerca de los que sufren por cualquier circunstancia: enfermos, heridos, víctimas inocentes de la violencia, pobres, abandonados, inmigrantes…
Junto al hombre que sufre —dijo en Alzira— debe haber otro que acompaña.

           
Particularmente el papa nos enseñó a estar cerca, muy cerca, de las víctimas del terrorismo.

            Recordamos la beatificación de los mártires de la gran persecución religiosa del siglo XX.
 


            El 11 de marzo de 2001 el papa Juan Pablo II encomendó al beato José Aparicio y compañeros mártires el fin del terrorismo en España y nos recordó una vez más que se trata de crímenes abominables, que no admiten justificación alguna. Quienes negocian con sangre inocente son responsables también de esas muertes.

            Aquel día el papa nos pidió también valentía, entusiasmo, santidad, entrega generosa, apertura sincera a la gracia de Dios…
8. Valencia no puede olvidar tampoco que fue objeto de una doble elección por parte del Santo Padre: en Valencia quiso dejar establecida la sección española del Instituto Pontificio Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia y en Valencia dejó establecido que se celebre el Vº Encuentro Mundial de las Familias, el año próximo 2006.

           
Quien destruye la familia por no respetar su identidad, causa una profunda herida a la sociedad y provoca daños que con frecuencia son irreparables —nos recordó en noviembre pasado— (20-XI- 2004).

            Queridos hijos: tenemos una gran responsabilidad.

            El papa nos ha dejado la hermosa tarea de convocar a todas las familias del mundo para celebrar juntas el don de la vocación matrimonial y familiar. Os invito a la oración y al trabajo generoso para organizar este reto apasionante.

           
9. En conclusión: Damos gracias a Dios y estamos contentos porque Juan Pablo II, en una relación estrecha con Valencia, nos deja un gran legado: trabajar por la nueva evangelización. Esa es su herencia. Ese es su testamento para todos nosotros.

            Frente a quienes tratan de imponernos el laicismo de una sociedad sin Dios, y nos invitan una y otra vez, con poderosos medios, a vivir como si Dios no existiera, son necesarios nuevos métodos, nuevo ardor y nueva expresión para vivir y transmitir el Evangelio.

            Queridos jóvenes: No tengáis miedo de entregar vuestra vida al Señor en medio del mundo. Vuestro testimonio es más necesario que nunca.

            Se trata de acoger a Cristo, seguirlo en la vida de cada día, hacer del Evangelio la pauta inspiradora de la conducta individual, familiar, social y pública.

            No nos dejemos arrastrar por las corrientes turbulentas de una cultura que se inspira en el principio de que se debe pensar y actuar como si Dios no existiera.

            Detrás de esa cultura es legítimo preguntarse si no estamos ante nuevas formas de totalitarismo, falazmente encubierto bajo las apariencias de democracia.

            Con valentía
no nos dejemos vencer por el mal; antes bien, venzamos al mal con el bien. El límite impuesto al mal por el bien divino se ha incorporado a nuestra historia, a la historia de Europa en particular, por medio de Cristo. ¡No separemos jamás a Cristo de nuestra historia! Solo en Cristo podemos cruzar el umbral de la esperanza. Solo en Él está la salvación.

            Juan Pablo II nos ha enseñado a vencer el mal con el bien. Sigamos su ejemplo para gozar de la luz de Dios que impregna toda la Creación.

            Sigamos su ejemplo para ser más libres, para que se abran nuestros ojos al bien que proviene de la mano de Dios y podamos construir una sociedad en la verdad, la justicia, el amor y la paz.

            Ese es su legado: sigamos su ejemplo, cada cual en el lugar al que Dios le ha llamado.
Seamos como él.

           
La nueva evangelización requiere santos. Los grandes evangelizadores de Europa han sido siempre los santos. Supliquemos al Señor para que crezca el espíritu de santidad en la Iglesia y nos envíe santos evangelizadores, como Juan Pablo II.

           
Queridos hijos: emocionados y agradecidos, encomendamos el alma de nuestro querido papa a la Madre de Dios.
Ella le guió siempre y lo conducirá ahora a la gloria eterna de su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor. Amen.
 

 Atentado contra el Papa. 13 de mayo de 1981.

 

 

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