Carta del Sr. Abad con motivo del 30 Aniversario de su ordenación sacerdotal
23 de junio de 2004
El Abad
El miércoles día 23 de junio se cumplen treinta años de mi ordenación sacerdotal. Permítanme, pues, que les ofrezca algo de lo mucho que he reflexionado durante estos meses dando gracias a Dios.
![]() |
| Fotos: Diego Moya |
Treinta años de sacerdote son ya muchos años. ¡Cuánta vida! Fue una mañana de domingo, el 23 de junio de 1974 cuando el arzobispo don José María García Lahiguera nos ordenaba sacerdotes a un buen grupo de diáconos. Aquel día fue realmente feliz. Recuerdo cuando nos llamaron uno a uno por nuestro nombre.
El Arzobispo nos impuso las manos y luego los más de doscientos sacerdotes presentes. Aquello fue un acto impresionante y emotivo. Con la imposición de manos y la oración consecratoria éramos constituidos sacerdotes de Jesucristo. Suponía llegar a la meta que durante muchos años ansiábamos. ¡Éramos sacerdotes para siempre! Luego se nos ungieron las manos y se nos impuso la casulla. Concelebramos con el Arzobispo la Misa de la ordenación.
La primera Misa estaba fijada para el día de San Pedro y san Pablo en mi
pueblo y junto a mi familia y amigos. Y así fue. La Parroquia de la Santa Cruz
de Llombai fue el lugar apropiado para que yo, pobre siervo, celebrara la
primera Misa solemne: ¡Consagrara el pan y el vino! Fue algo único, especial,
nunca lo olvidaré. ¡Celebrar Misa, es decir, hacer presente a Cristo en el
altar! Nunca agradeceré al Señor tanto bien, se lo digo muchas veces: ¿Cómo
pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la Copa de la salvación
invocando su nombre. Ser sacerdote es para mí lo más hermoso, significativo y
grande que me ha ocurrido en la vida.
Mi primer nombramiento fue Vicario de la Merced de Xàtiva; apenas dos años
y un mes; pero resultó una delicia. ¡Cuánto disfruté en esos años! Luego párroco
de Agullent. Allí estuve diez años. Comencé a trabajar y la gracia de Dios me
acompañaba. Eran otros años, otra época. Pero al intenso trabajo pastoral los
frutos correspondían. Cumplidos los diez años me trasladaron a L’Alcúdia,
otros diez años. Logramos hacer una gran parroquia. Recuerdo aquellos ciento
treinta catequistas ilusionados y entregados a los niños, al movimiento Junior
y a los quinientos jóvenes de confirmación. Y a los más de ciento cincuenta jóvenes
distribuidos en grupos
con reunión semanal. Fueron años preciosos y llenos. Cuando se viven con
intensidad a boca llena se da gracias por tanta gracia, por tanto don.
![]() |
| Fotos: Diego Moya |
Y finalmente aquí en la Colegiata de Xàtiva como Abad Párroco. Pasan ya de ocho años desde la Bendición Abacial aquel 28 de enero de 1996.
Ser sacerdote es entregarse totalmente a Jesucristo y al servicio de los
hermanos en el lugar donde la Iglesia disponga. Esa es la realidad. No siempre
es fácil. Pero yo que creo tanto en la Providencia divina, pienso que Dios actúa
siempre para nuestro bien. Y aquello que tanto predicamos los sacerdotes:
ponerse en las manos de Dios y dejarse llevar. Así son las cosas.
El sacerdote es de Jesucristo: El Señor es el lote de mi heredad; mi
fuerza y mi poder es el Señor. Y con esa confianza, trabajar por el reino de
Dios. En el ministerio sacerdotal no debe caber el desánimo; con ánimo siempre
renovado ir sembrando
a boleo la Palabra de Dios, administrar los sacramentos, servir al
Pueblo de Dios. Esa
es nuestra misión y esa es nuestra labor allá donde Dios quiera enviarnos.
En este día quiero dar gracias a Dios por mis treinta años de
sacerdocio. Soy muy feliz siendo cura y me siento muy realizado. Agradezco a
Dios de todo corazón la cantidad de personas que ha puesto en mis manos, a
quienes mediante los sacramentos les he facilitado el encuentro con Cristo, he
ayudado a bien morir y a bien vivir como cristianos. ¡Es el milagro de la
gracia! Y en estos años como Abad Párroco no ceso de dar gracias a Dios por
todo lo que me concede en la vida pastoral y por todos vosotros que me ayudáis
cada día en la Misión de dar a conocer a Jesús y su Evangelio.
Arturo Climent Bonafé