Homilía
del Sr. Abad con motivo de la Fiesta de los Beatos mártires, José
María Blasco, Eduardo Ripoll y José Amorós
13
de agosto de 2004
Juventud
bañada con sangre
Celebramos con inmenso gozo
la fiesta de los tres jóvenes claretianos hijos de esta Iglesia Setabense:
José María Blasco, Eduardo Ripoll y José Amorós que el 15 de agosto de 1936,
fiesta de la Asunción de la Virgen, derramaron su sangre por Cristo en Barbastro.
Su martirio se unió al resto del Seminario, fueron 51 Misioneros Hijos
del Inmaculado Corazón de María los que sellaron con su sangre el amor a la
Iglesia y al Evangelio.
Asaltada la casa, arrestaron a todos y los llevaron al salón de actos
de los Escolapios que convirtieron en cárcel. Todos ellos sabían lo que les
esperaba. Sin juicio alguno en grupos se los llevaban para ser fusilados.
Desde el primer momento se prepararon a morir: “ Pasamos el día en
religioso silencio y preparándonos para morir mañana; sólo el murmullo
santo de las oraciones se deja sentir en esta sala, testigo de nuestras duras
angustias. Si hablamos es para animarnos a morir como mártires; si rezamos es
para perdonar. ¡Sálvalos, Señor, que no saben lo que hacen!”, así escribía
uno de ellos.
Durante los primeros días pudieron recibir la comunión
clandestinamente, y la Eucaristía fue el centro de sus vidas y el origen de
su fortaleza. La oración, el rezo del oficio de los mártires, el rosario,
fueron preparándolos interiormente para la muerte.
Hubieron de soportar las incomodidades de la cárcel, pero sobre todo,
el racionamiento del agua, en pleno verano. Fueron atormentados con simulacros
de fusilamientos. Les introdujeron prostitutas en el salón para provocarles
con amenazas. Insultos, blasfemias. Pero ni uno sólo claudicó. Eran jóvenes
pero espiritualmente fuertes, valientes; ¡ llenos de Cristo!
Estaban convencidos de que iban a ser mártires. Escribía uno de
ellos: “ el Señor se digna poner en mis manos la palma del martirio; al
recibir estas líneas canten al Señor por el don tan grande y señalado como
es el martirio que el Señor se digna concederme”. Y este otro testimonio:
“ Así como Jesucristo en lo alto de la Cruz expiró perdonando a sus
enemigos, así muero yo mártir perdonándolos de todo corazón”.
Nuestros tres jóvenes entraron en el cielo el 15 de agosto, día
solemne para la Iglesia: ese día celebramos la Asunción de la santísima
Virgen María a los cielos. Ese día era el aniversario de la profesión
religiosa de dos de ellos.
José María Blasco y Eduardo Ripoll tenían 22 años y José Amorós
23.
El martirio es el testimonio supremo que un cristiano puede ofrecer a
Dios. No se trata de quedar bien,
se trata de dar la vida, derramar la propia sangre. Nuestros tres jóvenes
fueron valientes, estuvieron en su sitio, dieron la talla y hoy disfrutan del
cielo.
En mi libro: Bienvenidos al cielo, trato de cada uno de ellos en
particular ofreciendo el testimonio juvenil
de José María Blasco que en medio de tanta humillación y blasfemia escribe
a su hermano Francisco: “ Esta casa será para mí el cenáculo. De ella
saldré apóstol de Jesucristo”. Siguió firme en su fe y en su propósito
de martirio. No claudicó. Tres años después llegaba a la familia la noticia
de su muerte martirial. A Eduardo Ripoll le decían: “quítate ese trapo.
Cuando te matemos nos comeremos tu hígado”. El en cambio contestaba: “
Perdono de todo corazón a todos mis enemigos y os pido que mi sangre, que sólo
por vuestro amor derramaré, lave tantos pecados”.
Elocuente el testimonio del joven José Amorós, que por la edad no había
hecho la profesión religiosa perpetua y fue en la cárcel donde quiso
consagrarse a Jesucristo: “Me consagro a Cristo y al Inmaculado corazón de
María. Entrego mi vida por amor y perdono de corazón a todos”.
Humanamente es imposible en jóvenes de 22 y 23 años una fortaleza
tal; pero también resulta
impresionante contemplar tanta crueldad, tanto odio, tanta maldad en aquella
gente y a la vez la sencillez, la valentía y el coraje de estos jóvenes que
cantando a Cristo marcharon al martirio. Hace falta una ayuda sobrenatural
para soportar humillación, dureza y tanto sufrimiento. Ellos lo aceptaron por
amor y con amor.
Difícilmente se ve cosa parecida en la vida. Sólo la fe y el amor a
Dios es capaz de proporcionar la fortaleza necesaria y llegar hasta el final.
Entraron en el Cielo por la puerta grande el día de la Asunción de la
Virgen de 1936 y el 25 de octubre de 1992 el Papa Juan Pablo II proclamó
Beatos a los 51 mártires del Seminario de Barbastro.
A jóvenes y adultos la lección de estos Mártires es provocativa.
Nosotros que buscamos un cristianismo cómodo, a la carta, sin riesgos, sin
compromisos, cuando vemos las dificultades por las que pasaron estos jóvenes
por ser cristianos, por querer ser misioneros, debemos tomar postura,
replantear nuestra fe y la forma de vivirla. Hoy más que nunca hacen falta
Testigos del Dios vivo, cristianos comprometidos que alegren el corazón de
Cristo. Y si éstos pudieron, ¿ por qué nosotros no?
Beatos José María, Eduardo y José: ¡Qué bien lo hicisteis! Me
impresiona vuestra Pasión. ¡Cuánto sufrimiento, cuanta vejación! Pero no
decaísteis, fuisteis fuertes y valientes. La gracia de Jesucristo os acompañaba
y os infundía la fuerza necesaria para aguantar, para aceptar la voluntad de
Dios, para soportar el tormento y luego la muerte martirial. Os lo presentaban
fácil: quitarse la sotana, abandonar la condición de religioso y a cambio la
vida. Sin embargo, ¡Nadie claudicó! Preferisteis la fe a la vida. ¡Qué
ejemplo tan grande para todos nosotros!
Ayudadnos a ser cristianos de cuerpo entero. Que no disfracemos nuestra
fe y nuestros compromisos cristianos. Ayudadnos a ser coherentes en medio de
un mundo que nos lo pone muy difícil en esta sociedad que vive como si Dios
no existiera. Cuando os contemplo a los tres en vuestra capilla, abro mi corazón
a la plegaria y rezo con insistencia: Dadnos parte de vuestra fortaleza para
no desanimarnos nunca, para no desfallecer, para dar la cara y crecer en
virtud y en amor a Dios. Hacen falta cristianos de vuestra categoría, que sin
complejo de ningún tipo manifiesten su condición cristiana, sean luz y sal,
fermento y energía espiritual.
Ayudadnos
a ser iconos de Cristo.
Ante vuestro martirio descalzo mi alma, abro mi corazón, inclino mi
cabeza y os digo: Gracias José María, Eduardo y José.
Amén.
Arturo
Climent Bonafé
Abad
de Xàtiva
13
de agosto de 2004