|
La
Amarga Pasión de
Nuestro Señor Jesucristo
Ana
Catalina Emmerich
En
el Monte de los Olivos (2)
CUARTO
|
Habiendo resistido victoriosamente Jesús a todos estos combates
por su abandono completo a la voluntad de su Padre celestial, le fue presentado
un nuevo círculo de horribles visiones. La duda y la inquietud que preceden al
sacrificio en el hombre que se sacrifica, asaltaron el alma del Señor, que se
hizo esta terrible pregunta: "¿Cuál será el fruto de este
sacrificio?". Y el cuadro más terrible vino a oprimir su amante corazón.
Apareciéronse a los ojos de Jesús todos los padecimientos futuros de sus Apóstoles,
de sus discípulos y de sus amigos; vio a la Iglesia primitiva tan pequeña, y a
medida que iba creciendo vio las herejías y los cismas hacer irrupción, y
renovar la primera caída del hombre por el orgullo y la desobediencia; vio la
frialdad, la corrupción y la malicia de un número infinito de cristianos; la
mentira y la malicia de todos los doctores orgullosos, los sacrilegios de todos
los sacerdotes viciosos, las funestas consecuencias de todos estos actos, la
abominación y la desolación en el reino de Dios en el santuario de esta
ingrata humanidad, que Él quería rescatar con su sangre al precio de
padecimientos indecibles.
Vio los escándalos de todos los siglos hasta nuestro tiempo y hasta el fin del
mundo, todas las formas del error, del fanatismo furioso y de la malicia; todos
los apóstatas, los herejes, los reformadores con la apariencia de Santos; los
corruptores y los corrompidos lo ultrajaban y lo atormentaban como si a sus ojos
no hubiera sido bien crucificado, no habiendo sufrido como ellos lo entendían o
se lo imaginaban, y todos rasgaban el vestido sin costura de la Iglesia; muchos
lo maltrataban, lo insultaban, lo renegaban: muchos al oír su nombre alzaban
los hombros y meneaban la cabeza en señal de desprecio; evitaban la mano que
les tendía, y se volvían al abismo donde estaban sumergidos.
Vio una infinidad de otros que no se atrevían a dejarlo abiertamente,
pero que se alejaban con disgusto de las llagas de su Iglesia, como el levita se
alejó del pobre asesinado por los ladrones. Se alejaban de su esposa herida,
como hijos cobardes y sin fe abandonan a su madre cuando llega la noche, cuando
vienen los ladrones, a los cuales, la negligencia o la malicia ha abierto la
puerta.
El Salvador vio con amargo dolor toda la ingratitud, toda la corrupción de los
cristianos de todos los tiempos; juntaba las manos, caía como abrumado sobre
sus rodillas, y su voluntad humana libraba un combate tan terrible contra la
repugnancia de sufrir tanto por una raza tan ingrata, que el sudor de sangre caía
de su cuerpo a gotas sobre el suelo.
En medio de su abandono, miraba alrededor como para hallar socorro, y parecía
tomar el cielo, la tierra y los astros del firmamento por testigos de sus
padecimientos.
Como elevaba la voz los tres Apóstoles se despertaron, escucharon y quisieron
ir hacia Él; pero Pedro detuvo a los otros dos, y dijo: "Estad quietos: yo
voy a Él". Lo vi correr y entrar en la gruta, exclamando: "Maestro,
¿qué tenéis?" . Y se quedó temblando a la vista de Jesús ensangrentado
y aterrorizado.
Jesús no le respondió. Pedro se volvió a los otros, y les dijo que el Señor
no le había respondido, y que no hacía más que gemir y suspirar. Su tristeza
se aumentó, cubriéronse la cabeza, y lloraron orando.
Muchas veces le oí gritar: "Padre mío, ¿es posible que he de sufrir por
esos ingratos? ¡Oh Padre mío! ¡Si este cáliz no se puede alejar de mí, que
vuestra voluntad se haga y no la mía!".
|
|
En medio de todas esas apariciones, yo veía a Satanás moverse bajo
diversas formas horribles, que representaban diferentes especies de pecados.
Estas figuras diabólicas arrastraban, a los ojos de Jesús, una multitud de
hombres, por cuya redención entraba en el camino doloroso de la cruz.
Al principio vi rara vez la serpiente, después la vi aparecer con una corona en
la cabeza: su estatura era gigantesca, su fuerza parecía desmedida, y llevaba
contra Jesús innumerables legiones de todos los tiempos, de todas las razas. En
medio de esas legiones furiosas, de las cuales algunas me parecían compuestas
de ciegos, Jesús estaba herido como si realmente hubiera sentido sus golpes; en
extremo vacilante, tan pronto se levantaba como se caía, y la serpiente, en
medio de esa multitud que gritaba sin cesar contra Jesús, batía acá y allá
con su cola, y desollaba a todos lo que derribaba.
Entonces me fue revelado que estos enemigos del Salvador eran los que
maltrataban a Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento. Reconocí
entre ellos todas las especies de profanadores de la Sagrada Eucaristía. Yo vi
con horror todos esos ultrajes desde la irreverencia, la negligencia, la omisión,
hasta el desprecio, el abuso y el sacrilegio; desde la adhesión a los ídolos
del mundo, a las tinieblas y a la falsa ciencia, hasta el error, la
incredulidad, el fanatismo y la persecución.
Vi entre esos hombres, ciegos, paralíticos, sordos, mudos y aun niños. Ciegos
que no querían ver la verdad, paralíticos que no querían andar con ella,
sordos que no querían oír sus avisos y amenazas; mudos que no querían
combatir por ella con la espada de la palabra, niños perdidos por causa de
padres o maestros mundanos y olvidados de Dios, mantenidos con deseos
terrestres, llenos de una vana sabiduría y alejados de las cosas divinas.
Vi con espanto muchos sacerdotes, algunos mirándose como llenos de piedad y de
fe, maltratar también a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Yo vi a muchos
que creían y enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo Sacramento,
pero olvidaban y descuidaban el Palacio, el Trono, lugar de Dios vivo, es decir,
la Iglesia, el altar, la custodia, los ornamentos, en fin, todo lo que sirve al
uso y a la decoración de la Iglesia de Dios. Todo se perdía en el polvo y el
culto divino estaba si no profanado interiormente, a lo menos deshonrado en el
exterior.
Todo eso no era el fruto de una pobreza verdadera, sino de la indiferencia, de
la pereza, de la preocupación de vanos intereses terrestres, y algunas veces
del egoísmo y de la muerte interior. Aunque hablara un año entero, no podría
contar todas las afrentas hechas a Jesús en el Santísimo Sacramento, que supe
de esta manera.
Vi a los autores de ellas asaltar al Señor, herirle con diversas armas, según
la diversidad de sus ofensas. Vi cristianos irreverentes de todos los siglos,
sacerdotes ligeros o sacrílegos, una multitud de comuniones tibias o indignas.
¡Qué espectáculo tan doloroso!
Yo veía la Iglesia, como el cuerpo de Jesús, y una multitud de hombres que se
separaban de la Iglesia, rasgaban y arrancaban pedazos enteros de su carne viva.
Jesús los miraba con ternura, y gemía de verlos perderse. Vi las gotas de
sangre caer sobre la pálida cara del Salvador.
Después de la visión que acabo de hablar, huyó fuera de la caverna. Cuando
vino hacia los Apóstoles, tenían la cabeza cubierta, y se habían sentado
sobre las rodillas en la misma posición que tiene la gente de ese país cuando
está de luto o quiere orar. Jesús, temblando y gimiendo, se acercó a ellos, y
despertaron. Pero cuando a la luz de la luna le vieron de pie delante de ellos,
con la cara pálida y ensangrentada, no lo conocieron de pronto, pues estaba muy
desfigurado. Al verle juntar las manos, se levantaron, y tomándole por los
brazos, le sostuvieron con amor, y Él les dijo con tristeza que lo matarían al
día siguiente, que lo prenderían dentro de una hora, que lo llevarían ante un
tribunal, que sería maltratado, azotado y entregado a la muerte más cruel. No
le respondieron, pues no sabían qué decir; tal sorpresa les había causado su
presencia y sus palabras.
Cuando quiso volver a la gruta, no tuvo fuerza para andar. Juan y Santiago lo
condujeron y volvieron cuando entró en ella; eran las once y cuarto, poco más
o menos.
|
|
Durante esta agonía de Jesús,
vi a la Virgen Santísima llena de tristeza y de amargura en casa de María,
madre de Marcos. Estaba con Magdalena y María en el jardín de la casa,
encorvada sobre una piedra y apoyada sobre sus rodillas.
Había enviado un mensajero a saber de Él, y no pudiendo esperar su vuelta, se
fue inquieta con Magdalena y Salomé hacia el valle de Josafat. Iba cubierta con
un velo, y con frecuencia extendía sus brazos hacia el monte de los Olivos,
pues veía en espíritu a Jesús bañado de un sudor de sangre, y parecía que
con sus manos extendidas quería limpiar la cara de su Hijo.
En aquel momento los ocho Apóstoles vinieron a la choza de follaje de Getsemaní,
conversaron entre sí, y acabaron por dormirse. Estaban dudosos, sin ánimo, y
atormentados por la tentación. Cada uno había buscado un sitio en donde
poderse refugiar, y se preguntaban con inquietud: "¿Qué haremos nosotros
cuando le hayan hecho morir? Lo hemos dejado todo por seguirle; somos pobres y
desechados de todo el mundo; nos hemos abandonado enteramente a Él, y ahora está
tan abatido, que no podemos hallar en Él ningún consuelo".
|
|
Vi a Jesús orando todavía
en la gruta, luchando contra la repugnancia de su naturaleza humana, y abandonándose
a la voluntad de su Padre. Aquí el abismo se abrió delante de Él, y los
primeros grados del limbo se le presentaron.
Vi a Adán y a Eva, los Patriarcas, los Profetas, los justos, los parientes de
su Madre y Juan Bautista, esperando su llegada al mundo inferior, con un deseo
tan violento, que esta vista fortificó y animó su corazón lleno de amor. Su
muerte debía abrir el Cielo a estos cautivos.
Cuando Jesús hubo mirado con una emoción profunda estos Santos del antiguo
mundo, los ángeles le presentaron todas las legiones de los bienaventurados
futuros que, juntando sus combates a los méritos de su Pasión, debían unirse
por medio de Él al Padre celestial. Era esta una visión bella y consoladora.
Vio la salvación y la santificación saliendo como un río inagotable del
manantial de redención abierto después de su muerte.
Los Apóstoles, los discípulos, las vírgenes y las mujeres, todos los mártires,
los confesores y los ermitaños, los Papas y los Obispos, una multitud de
religiosos, en fin, todo el ejército de los bienaventurados se presentó a su
vista. Todos llevaban una corona sobre la cabeza, y las flores de la corona
diferían de forma, de color, de olor y de virtud, según la diferencia de los
padecimientos, de los combates, de las victorias con que habían adquirido la
gloria eterna.
Toda su vida y todos sus actos, todos sus méritos y toda su fuerza, como toda
la gloria de su triunfo, venían únicamente de su unión con los méritos de
Jesucristo.
Pero estas visiones consoladoras desaparecieron, y los ángeles le
presentaron su Pasión, que se acercaba. Vi todas las escenas presentarse
delante de Él, desde el beso de Judas hasta las últimas palabras sobre la
Cruz. Vi allí todo lo que veo en mis meditaciones de la Pasión. La traición
de Judas, la huida de los discípulos, los insultos delante de Anás y de Caifás,
la apostasía de Pedro, el tribunal de Pilatos, los insultos de Herodes, los
azotes, la corona de espinas, la condenación a muerte, el camino de la Cruz, el
sudario de la Verónica, la crucifixión, los ultrajes de los fariseos, los
dolores de María, la Magdalena y de Juan, la abertura del costado; en fin, todo
le fue presentado con las más pequeñas circunstancias.
Lo aceptó todo voluntariamente, y a todo se sometió por amor de los hombres.
|
|
Al fin de las visiones sobre la Pasión, Jesús cayó sobre su
cara como un moribundo; los ángeles desaparecieron; el sudor de la sangre corrió
con más abundancia y atravesó sus vestidos. La más profunda oscuridad reinaba
en la caverna.
Vi bajar un ángel hacia Jesús. Estaba vestido como un sacerdote, y traía
delante de él, en sus manos, un pequeño cáliz, semejante al de la Cena. En la
boca de este cáliz se veía una cosa ovalada del grueso de una haba, que esparcía
una luz rojiza. El ángel, sin bajar hasta el suelo, extendió la mano derecha
hacia Jesús, que se enderezó, le metió en la boca este alimento misterioso y
le dio de beber en el pequeño cáliz luminoso.
Después desapareció. Habiendo Jesús aceptado libremente el cáliz de
sus padecimientos y recibido una nueva fuerza, estuvo todavía algunos minutos
en la gruta, en una meditación tranquila, dando gracias a su Padre celestial.
Estaba todavía afligido, pero confortado naturalmente hasta el punto de poder
ir al sitio donde estaban los discípulos sin caerse y sin sucumbir bajo el peso
de su dolor. Cuando Jesús llegó a sus discípulos, estaban éstos acostados
como la primera vez; tenían la cabeza cubierta, y dormían. El Señor les dijo
que no era tiempo de dormir, que debían despertarse y orar. "Ved aquí la
hora en que el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores, les
dijo; levantaos y andemos: el traidor está cerca: más le valdría no haber
nacido". Los Apóstoles se levantaron asustados, mirando alrededor con
inquietud.
Cuando se serenaron un poco, Pedro dijo con animación: "Maestro, voy a
llamar a los otros para que os defendamos". Pero Jesús le mostró a cierta
distancia del valle, del lado opuesto del torrente del Cedrón, una tropa de
hombres armados que se acercaban con faroles, y le dijo que uno de ellos le había
denunciado.
Les habló todavía con serenidad, les recomendó que consolaran a su Madre, y
les dijo: "Vamos a su encuentro: me entregaré sin resistencia entre las
manos de mis enemigos". Entonces salió del jardín de los Olivos con sus
tres discípulos, y vino al encuentro de los soldados en el camino que estaba
entre el jardín y Getsemaní.
|
Subir
|