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La
Amarga Pasión de
Nuestro Señor Jesucristo
Ana
Catalina Emmerich
Jesús
sobre el Gólgota
DÉCIMO
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Se pusieron en marcha. Jesús, doblando bajo su carga y
bajo los golpes de los verdugos, subió con mucho trabajo el rudo camino que se
dirigía al norte, entre las murallas de la ciudad y el monte Calvario.
En el sitio en
donde el camino tuerce al mediodía se cayó por sexta vez, y esta caída fue
muy dolorosa. Los malos tratamientos que aquí le dieron llegaron a su colmo. El
Salvador llegó a la roca del Calvario, donde cayó por séptima vez. Simón
Cirineo, maltratado también y agobiado por el cansancio, estaba lleno de
indignación: hubiera querido aliviar todavía a Jesús, pero los alguaciles lo
echaron, llenándole de injurias. Se reunió poco después a los discípulos.
Echaron también a toda la gente que había venido por mera curiosidad.
Los
fariseos a caballo habían seguido caminos cómodos, situados al lado occidental
del Calvario. El llano que hay en la elevación, el sitio del suplicio, es de
forma circular y está rodeado de un terraplén cortado por cinco caminos. Estos
cinco caminos se hallan en muchos sitios del país, en los cuales se baña, se
bautiza, en la piscina de Betesda: muchos pueblos tienen también cinco puertas.
Hay en esto una profunda significación profética, a causa de la abertura de
los cinco medios de salvación en las cinco llagas del Salvador. Los fariseos a
caballo se pararon delante de la llanura al lado occidental, donde la cuesta es
suave: el lado por donde conducen a los condenados, es áspero y rápido. Cien
soldados romanos se hallaban alrededor del llano.
Mucha gente, la
mayor parte de baja clase, extranjeros, esclavos, paganos, sobre todo mujeres,
rodeaban el llano y las alturas circunvecinas, no temiendo contaminarse. Eran
las doce menos cuarto cuando el Señor dio la última caída y echaron a Simón.
Los alguaciles insultando a Jesús, le decían: "Rey de los judíos, vamos
a componer tu trono". Pero Él mismo se acostó sobre la cruz y lo
extendieron para tomar su medida; enseguida lo condujeron setenta pasos al
norte, a una especie de hoyo abierto en la roca, que parecía una cisterna: lo
empujaron tan brutalmente, que se hubiera roto las rodillas contra la piedra, si
los ángeles no lo hubiesen socorrido. Le oí gemir de un modo que partía el
corazón. Cerraron la entrada y dejaron centinelas. Entonces comenzaron sus
preparativos.
En medio del llano
circular estaba el punto más elevado de la roca del Calvario; era una eminencia
redonda, de dos pies de altura, a la cual se subía por escalones. Abrieron en
ella tres hoyos, adonde debían plantarse las tres cruces, e hicieron otros
preparativos para la crucifixión.
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María
y las santas mujeres van al Calvario
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La Virgen, después de su doloroso
encuentro con Jesús, habíase retirado a una casa vecina; pero su amor maternal
y el deseo ardiente de estar con su Hijo crecía cada instante. Se fue a casa de
Lázaro, donde estaban las otras santas mujeres, y diecisiete de ellas se
juntaron con Ella para seguir el camino de la Pasión. Las vi cubiertas con sus
velos, ir a la plaza, sin hacer caso de las injurias del pueblo, besar el suelo en donde Jesús había cargado con la cruz, y así
seguir adelante por todo el camino que había llevado.
María buscaba los vestigios de sus pasos, y mostraba a
sus compañeras los sitios consagrados por alguna circunstancia dolorosa. De
este modo la devoción más tierna de la Iglesia fue escrita por la primera vez
en el corazón maternal de María con la espada que predijo el viejo Simeón.
Pasó de Ella a sus compañeras, y de éstas hasta nosotros.
Estas santas mujeres entraron en casa de Verónica,
porque Pilatos volvía por la misma calle con su escolta, examinaron llorando la
cara de Jesús estampada en el sudario, y admiraron la gracia que había hecho a
esta santa mujer. En seguida se dirigieron todas juntas hacia el Gólgota.
Subieron
al Calvario por el lado occidental, por donde la subida es más cómoda. La
Madre de Jesús, su sobrina María, hija de Cleofás, Salomé y Juan, se
acercaron hasta el llano circular; Marta, María Helí, Verónica, Juana Chusa,
Susana y María, madre de Marcos, se detuvieron a cierta distancia con
Magdalena, que estaba como fuera de sí. Más lejos estaban otras siete, y
algunas personas compasivas que establecían las comunicaciones de un grupo al
otro.
¡Qué espectáculo para María el ver este sitio del
suplicio, los clavos, los martillos, las cuerdas, la terrible cruz, los
verdugos, empeñados en hacer los preparativos para la crucifixión! La ausencia
de Jesús prolongaba su martirio: sabía que estaba todavía vivo, deseaba
verlo, y temblaba al pensar en los tormentos a que lo vería expuesto. Desde por
la mañana hasta las diez hubo granizo por intervalos, mas a las doce una niebla
encarnada oscureció el sol.
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Jesús
despojado de sus vestiduras
y
clavado en la Cruz
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Cuatro alguaciles fueron a sacar a Jesús
del sitio en donde le habían encerrado. Le dieron golpes llenándole de
ultrajes en estos últimos pasos que le quedaban por andar, y arrastráronle
sobre le elevación. Cuando las santas mujeres vieron al Salvador dieron dinero
a un hombre para que le procurase el permiso de dar a Jesús el vino aromatizado
de Verónica. Mas los alguaciles las engañaron y se quedaron con el vino,
ofreciendo al Señor una mezcla de vino y mirra. Jesús mojó sus labios, pero
no bebió.
En seguida los alguaciles quitaron a Nuestro Señor su
capa, y como no podían sacarle la túnica sin costuras que su Madre le había
hecho, a causa de la corona de espinas, arrancaron con violencia esta corona de
la cabeza, abriendo todas sus heridas.
No le quedaba más que un lienzo alrededor de los riñones.
El Hijo del hombre estaba temblando, cubierto de llagas y despedazados sus
hombros hasta los huesos. Habiéndole hecho sentar sobre una piedra le pusieron
la corona sobre la cabeza, y le presentaron un vaso con hiel y vinagre; mas Jesús
volvió la cabeza sin decir palabra.
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Después que los alguaciles extendieron al
divino Salvador sobre la cruz, y habiendo estirado su brazo derecho sobre el
brazo derecho de la cruz, lo ataron fuertemente; uno de ellos puso la rodilla
sobre su pecho sagrado, otro le abrió la mano, y el tercero apoyó sobre la
carne un clavo grueso y largo, y lo clavó con un martillo de hierro. Un gemido
dulce y claro salió del pecho de Jesús y su sangre saltó sobre los brazos de
sus verdugos.
Los clavos era muy largos, la cabeza chata y del diámetro
de una moneda mediana, tenían tres esquinas y eran del grueso de un dedo pulgar
a la cabeza: la punta salía detrás de la cruz. Habiendo clavado la mano
derecha del Salvador, los verdugos vieron que la mano izquierda no llegaba al
agujero que habían
abierto; entonces ataron una cuerda a su brazo izquierdo, y tiraron de él con
toda su fuerza, hasta que la mano llegó al agujero. Esta dislocación violenta
de sus brazos lo atormentó horriblemente, su pecho se levantaba y sus rodillas
se estiraban.
Se
arrodillaron de nuevo sobre su cuerpo, le ataron el brazo para hundir el segundo
clavo en la mano izquierda; otra vez se oían los quejidos del Señor en medio
de los martillazos. Los brazos de Jesús quedaban extendidos horizontalmente, de
modo que no cubrían los brazos de la cruz.
La Virgen Santísima
sentía todos los dolores de su Hijo: Estaba cubierta de una palidez mortal y
exhalaba gemidos de su pecho. Los fariseos la llenaban de insultos y de burlas.
Habían clavado a
la cruz un pedazo de madera para sostener los pies de Jesús, a fin de que todo
el peso del cuerpo no pendiera de las manos, y para que los huesos de los pies
no se rompieran cuando los clavaran. Ya se había hecho el clavo que debía
traspasar los pies y una excavación para los talones. El cuerpo de Jesús se
hallaba contraído a causa de la violenta extensión de los brazos.
Los verdugos
extendieron también sus rodillas atándolas con cuerdas; pero como los pies no
llegaban al pedazo de madera, puesto para sostenerlos, unos querían taladrar
nuevos agujeros para los clavos de las manos; otros vomitando imprecaciones
contra el Hijo de Dios, decían: "No quiere estirarse, pero vamos a
ayudarle".
En seguida ataron
cuerdas a su pierna derecha, y lo tendieron violentamente, hasta que el pie llegó
al pedazo de madera. Fue una dislocación tan horrible, que se oyó crujir el
pecho de Jesús, quien, sumergido en un mar de dolores, exclamó: "¡Oh
Dios mío! ¡Oh Dios mío!".
Después ataron
el pie izquierdo sobre el derecho, y habiéndolo abierto con una especie de
taladro, tomaron un clavo de mayor dimensión para atravesar sus sagrados pies.
Esta operación fue la más dolorosa de todas. Conté hasta treinta martillazos.
Los gemidos de Jesús eran una continua oración, que contenía ciertos pasajes
de los salmos que se estaban cumpliendo en aquellos momentos.
Durante toda su
larga Pasión el divino Redentor no ha cesado de orar. He oído y repetido con
Él estos pasajes, y los recuerdo algunas veces al rezar los salmos; pero
actualmente estoy tan abatida de dolor, que no puedo coordinarlos. El jefe de la
tropa romana había hecho clavar encima de la cruz la inscripción de Pilatos.
Como
los romanos se burlaban del título de Rey de los judíos, algunos fariseos
volvieron a la ciudad para pedir a Pilatos otra inscripción. Eran las doce y
cuarto cuando Jesús fue crucificado, y en el mismo momento en que elevaban la
cruz, el templo resonaba con el ruido de las trompetas que celebraban la
inmolación del cordero pascual.
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Exaltación
de la Cruz
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Los verdugos, habiendo crucificado a
Nuestro Señor, alzaron la cruz dejándola caer con todo su peso en el hueco de
una peña con un estremecimiento espantoso.
Jesús
dio un grito doloroso, sus heridas se abrieron, su sangre corrió
abundantemente.
Los
verdugos, para asegurar la cruz, la alzaron nuevamente, clavando cinco cuñas a
su alrededor. Fue un espectáculo horrible y doloroso el ver, en medio de los
gritos e insultos de los verdugos, la cruz vacilar un instante sobre su base y
hundirse temblando en la tierra; mas también se elevaron hacia ella voces
piadosas y compasivas. Las voces más santas del mundo, las de las santas
mujeres y de todos aquellos que tenían el corazón puro, saludaron con acento
doloroso al Verbo humanado elevado sobre la cruz. Sus manos vacilantes se
elevaron para socorrerlo; pero cuando la cruz se hundió en el hoyo de la roca
con grande estruendo, hubo un momento de silencio solemne; todo el mundo parecía
penetrado de una sensación nueva y desconocida hasta entonces.
El infierno mismo se estremeció de terror al sentir el
golpe de la cruz que se hundió, y redobló sus esfuerzos contra ella. Las almas
encerradas en el limbo lo oyeron con una alegría llena de esperanza: para ellas
era el anuncio del Triunfador que se acercaba a las puertas de la Redención.
La sagrada cruz se elevaba por primera vez en medio de
la tierra, cual otro árbol de vida en el Paraíso, y de las llagas de Jesús
salían cuatro arroyos sagrados para fertilizar la tierra, y hacer de ella el
nuevo Paraíso.
El sitio donde estaba clavada la cruz era más elevado
que el terreno circunvecino; los pies del Salvador bastante bajos para que sus
amigos pudieran besarlos. El rostro del Señor miraba al noroeste.
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Crucifixión
de los ladrones
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Mientras crucificaban a Jesús, los dos
ladrones estaban tendidos de espaldas a poca distancia de los guardias que los
vigilaban. Los acusaban de haber asesinado a una mujer con sus hijos, en el
camino de Jerusalén a Jopé. Habían estado mucho tiempo en la cárcel antes de
su condenación. El ladrón de la izquierda tenía más edad, era un gran
criminal, el maestro y el corruptor del otro; los llamaban ordinariamente Dimas
y Gesmas.
Formaban parte de una compañía de ladrones de la
frontera de Egipto, los cuales en años anteriores, habían hospedado una noche
a la Sagrada Familia, en la huida a Egipto. Dimas era aquel niño leproso, que
en aquella ocasión fue lavado en el agua que había servido de baño al niño
Jesús, curando milagrosamente de su enfermedad. Los cuidados de su madre para
con la Sagrada Familia fueron recompensados con este milagro. Dimas no conocía
a Jesús; pero como su corazón no era malo, se conmovía al ver su paciencia más
que humana.
Entretanto
los verdugos ya habían plantado la cruz del Salvador, y se daban prisa para
crucificar a los dos ladrones; pues el sol se oscurecía ya, y en toda la
naturaleza había un movimiento como cuando se acerca una tormenta. Arrimaron
escaleras a las dos cruces ya plantadas y clavaron las piezas transversales.
Sujetados los brazos de los ladrones a los de las cruces, les ataron los puños,
las rodillas y los pies, apretando las cuerdas con tal vehemencia que se
dislocaron las coyunturas. Dieron gritos terribles, y el buen ladrón dijo
cuando lo subían: "Si nos hubieseis tratado como al pobre Galileo, no
tendríais el trabajo de levantarnos así en el aire".
Mientras tanto los ejecutores habían hecho partes de
los vestidos de Jesús para repartírselos. No pudiendo saber a quién le tocaría
su túnica inconsútil trajeron una mesa con números, sacaron unos dados que
tenían figura de habas, y la sortearon. Pero un criado de Nicodemus y de José
de Arimatea vino a decirles que hallarían compradores de los vestidos de Jesús;
consintieron en venderlos y así conservaron los cristianos estos preciosos
despojos.
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Jesús
crucificado y los dos ladrones
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Los verdugos, habiendo plantado las cruces
de los ladrones, aplicaron escaleras a la cruz del Salvador, para cortar las
cuerdas que tenían atado su Sagrado Cuerpo. La sangre, cuya circulación había
sido interceptada por la posición horizontal y compresión
de los cordeles, corrió con ímpetu de las heridas, y fue tal el padecimiento,
que Jesús inclinó la cabeza sobre su pecho y se quedó como muerto durante
unos siete minutos.
Entonces hubo un
rato de silencio: se oía otra vez el sonido de las trompetas del templo de
Jerusalén. Jesús tenía el pecho ancho, los brazos robustos; sus manos bellas,
y, sin ser delicadas, no se parecían a las de un hombre que las emplea en
penosos trabajos. Su cabeza era de una hermosa proporción, su frente alta y
ancha; su cara formaba un lindo óvalo; sus cabellos, de un color de cobre
oscuro, no eran muy espesos.
Entre las cruces
de los ladrones y la de Jesús había bastante espacio para que un hombre a
caballo pudiese pasar. Los dos ladrones sobre sus cruces ofrecían un espectáculo
muy repugnante y terrible, especialmente el de la izquierda, que no cesaba de
proferir injurias y blasfemias contra el Hijo de Dios.
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Primera
palabra de Jesús en la Cruz
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Acabada la crucifixión de los ladrones,
los verdugos se retiraron, y los cien soldados romanos fueron relevados por
otros cincuenta, bajo el mando de Abenadar, árabe de nacimiento, bautizado
después con el nombre de Ctesifón; el segundo jefe se llamaba Casio, y recibió
después el nombre de Longinos.
En estos momentos llegaron doce fariseos, doce saduceos, doce escribas y algunos
ancianos, que habían pedido inútilmente a Pilatos que mudase la inscripción
de la cruz, y cuya rabia se había aumentado por la negativa del gobernador.
Pasando por delante de Jesús, menearon desdeñosamente la cabeza, diciendo:
"¡Y bien, embustero; destruye el templo y levántalo en tres días! - ¡Ha
salvado a otros, y no se puede salvar a sí mismo! - ¡Si eres el Hijo de Dios,
baja de la cruz! – Si es el Rey de Israel, que baje de la cruz, y creeremos en
Él". Los soldados se burlaban también de Él. Cuando Jesús se desmayó,
Gesmas, el ladrón de la izquierda, dijo: "Su demonio lo ha
abandonado".
Entonces
un soldado puso en la punta de un palo una esponja con vinagre, y la arrimó a
los labios de Jesús, que pareció probarlo. El soldado le dijo: "Si eres
el Rey de los judíos, sálvate tú mismo". Todo esto pasó mientras que la
primera tropa dejaba el puesto a la de Abenadar.
Jesús levantó un
poco la cabeza, y dijo: "¡Padre mío, perdonadlos, pues no saben lo que
hacen!". Gesmas gritó: "Si tú eres Cristo, sálvate y sálvanos".
Dimas, el buen ladrón, estaba conmovido al ver que Jesús pedía por sus
enemigos.
La Santísima
Virgen, al oír la voz de su Hijo, se precipitó hacia la cruz con Juan, Salomé
y María Cleofás. El centurión no los rechazó. Dimas, el buen ladrón, obtuvo
en este momento, por la oración de Jesús, una iluminación interior: reconoció
que Jesús y su Madre le habían curado en su niñez, y dijo en voz distinta y
fuerte: "¿Cómo podéis injuriarlo cuando pide por vosotros? Se ha
callado, ha sufrido paciente todas vuestras afrentas, es un Profeta, es nuestro
Rey, es el Hijo de Dios". Al oír esta reprensión de la boca de un
miserable asesino sobre la cruz, se elevó un gran tumulto en medio de los
circunstantes: tomaron piedras para tirárselas; mas el centurión Abenadar no
lo permitió.
Mientras tanto la
Virgen se sintió fortificada con la
oración de su Hijo, y Dimas dijo a su compañero, que continuaba injuriándolo:
"¿No tienes temor de Dios, tú que estás condenado al mismo suplicio?
Nosotros lo merecemos justamente, recibimos el castigo de nuestros crímenes;
pero éste no ha hecho ningún mal. Piensa en tu última hora, y conviértete".
Estaba iluminado y tocado:
confesó sus culpas a Jesús, diciendo: "Señor, si me condenáis, será
con justicia; pero tened misericordia de mí". Jesús le dijo: "Tú
sentirás mi misericordia".
Dimas
recibió en este momento la gracia de un profundo arrepentimiento. Todo lo que
acabo de contar sucedió entre las doce y las doce y media, y pocos minutos
después de la Exaltación de la cruz; pero pronto hubo un gran cambio en el
alma de los espectadores, a causa de la mudanza de la naturaleza.
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