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La
Amarga Pasión de
Nuestro Señor Jesucristo
Ana
Catalina Emmerich
José
de Arimatea pide a Pilatos el cuerpo de Jesús
DUODÉCIMO
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Apenas se restableció un poco la
tranquilidad en la ciudad, el gran consejo de los judíos pidió a Pilatos que
mandara romper las piernas a los crucificados, para que no estuvieran en la cruz
el sábado. Pilatos dio las órdenes necesarias. En seguida José de Arimatea
vino a verle; pues con Nicodemus habían formado el proyecto de enterrar a Jesús
en un sepulcro nuevo, que había hecho construir a poca distancia del Calvario.
Habló
a Pilatos, pidiéndole el cuerpo de Jesús. Pilatos se extrañó que un hombre
tan honorable pidiese con tanta instancia el permiso de rendir los últimos
honores al que había hecho morir tan ignominiosamente. Hizo llamar al centurión
Abenadar, vuelto ya después de haber conversado con los discípulos, y le
preguntó si el Rey de los judíos había expirado. Abenadar le contó la muerte
del Salvador, sus últimas palabras, el temblor de tierra y la roca abierta por
el terremoto.
Pilatos pareció extrañar sólo que Jesús hubiera muerto tan pronto, porque
ordinariamente los crucificados vivían más tiempo; pero interiormente estaba
lleno de angustia y de terror, por la coincidencia de esas señales con la
muerte de Jesús. Quizá quiso en algo reparar su crueldad dando a José de
Arimatea el permiso de tomar el cuerpo de Jesús.
También
tuvo la mira de dar un desaire a los sacerdotes, que hubiesen visto gustosos a
Jesús enterrado ignominiosamente entre dos ladrones. Envió un agente al
Calvario para ejecutar sus órdenes, que fue Abenadar. Le vi asistir al
descendimiento de la cruz.
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Abertura
del costado de Jesús -Muerte de los ladrones
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Mientras tanto el silencio y el duelo
reinaban sobre el Gólgota. El pueblo atemorizado se había dispersado; María,
Juan, Magdalena, María hija de Cleofás, y Salomé, estaban de pie o sentadas
enfrente de la cruz, la cabeza cubierta y llorando.
Se
notaban algunos soldados recostados sobre el terraplén que rodeaba la llanura;
Casio, a caballo, iba de un lado a otro. El cielo estaba oscuro, y la naturaleza
parecía enlutada. Pronto llegaron seis alguaciles con escalas, azadas, cuerdas
y barras de hierro para romper las piernas a los crucificados.
Cuando se acercaron a la cruz, los amigos de Jesús se apartaron un poco, y la
Virgen Santísima temía que ultrajasen aún el cuerpo de su Hijo. Aplicaron las
escalas a la cruz para asegurarse de que Jesús estaba muerto. Habiendo visto
que el cuerpo estaba frío y rígido lo dejaron, y subieron a las cruces de los
ladrones.
Dos alguaciles les quebraron los brazos por encima y por debajo de los codos con
sus martillos. Gesmas daba gritos horribles, y le pegaron tres golpes sobre el
pecho para acabarlo de matar. Dimas lanzó un gemido, y expiró, siendo el
primero de los mortales que volvió a ver a su Redentor.
Los verdugos dudaban todavía de la muerte de Jesús. El modo horrible como habían
fracturado los miembros de los ladrones hacía temblar a las santas mujeres por
el cuerpo del Salvador. Mas el subalterno Casio, hombre de veinticinco años,
cuyos ojos bizcos excitaban la befa de sus compañeros, tuvo una inspiración súbita.
La ferocidad bárbara de los verdugos, la angustia de las santas mujeres, y el
ardor grande que excitó en él la Divina gracia, le hicieron cumplir una profecía.
Empuñó la lanza, y dirigiendo su caballo hacia la elevación donde estaba la
cruz, se puso entre la del buen ladrón y la de Jesús.
Tomó su lanza con las dos manos, y la clavó con tanta fuerza en el costado
derecho del Señor, que la punta atravesó el corazón, un poco más abajo del
pulmón izquierdo.
Cuando la retiró salió de la herida una cantidad de sangre y agua que llenó
su cara, que fue para él baño de salvación y de gracia. Se apeó, y de
rodillas, en tierra, se dio golpes de pecho, confesando a Jesús en alta voz.
La Virgen Santísima y sus amigas, cuyos ojos estaban siempre fijos en Jesús,
vieron con inquietud la acción de ese hombre, y se precipitaron hacia la cruz
dando gritos. María cayó en los brazos de las santas mujeres, como si la lanza
hubiese atravesado su propio corazón, mientras Casio, de rodillas, alababa a
Dios; pues los ojos de su cuerpo y de su alma se habían curado y abierto a la
luz.
Todos estaban conmovidos profundamente a la vista de la sangre del Salvador, que
había caído en un hoyo de la peña, al pie de la cruz. Casio, María, las
santas mujeres y Juan recogieron la sangre y el agua en frascos, y limpiaron el
suelo con paños.
Casio, que había recobrado toda la plenitud de su vista, estaba en una humilde
contemplación. Los soldados, sorprendidos del milagro que había obrado en él,
se hincaron de rodillas, dándose golpes de pecho, y confesaron a Jesús.
Casio, bautizado con el nombre de Longinos, predicó la fe como diácono, y llevó
siempre sangre de Jesús sobre sí. Esta se había secado, y se halló en su
sepulcro, en Italia, en una ciudad a poca distancia del sitio donde vivió Santa
Clara. Hay un lago con una isla cerca de esta ciudad. El cuerpo de Longinos debe
haber sido transportado a ella.
Los alguaciles, que mientras tanto habían recibido orden de Pilatos de no tocar
el cuerpo de Jesús, no volvieron.
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El
descendimiento
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El cielo estaba todavía oscuro y nebuloso
cuando José y Nicodemus se fueron al Calvario: allí se encontraron con sus
criados y las santas mujeres que lloraban sentadas enfrente de la cruz. Casio y
muchos soldados, que se habían convertido, estaban a cierta distancia, tímidos
y respetuosos. José y Nicodemus contaron a la Virgen y a Juan todo lo que habían
hecho para librar a Jesús de una muerte ignominiosa, y cómo habían obtenido
que no rompiesen los huesos al Señor.
Entre tanto llegó el centurión Abenadar, y luego comenzaron la piadosa obra
del descendimiento de la cruz, para embalsamar el sagrado cuerpo del Señor.
Casio se acercó también, y contó a Abenadar la milagrosa curación de la
vista. Todos se sentían muy conmovidos, llenos de tristeza y de amor.
Nicodemus y José pusieron las escaleras detrás de la cruz, subieron y
arrancaron los clavos. Enseguida descendieron despacio el santo Cuerpo, bajando
escalón por escalón con las mayores precauciones.
Fue
un espectáculo muy tierno; tenían el mismo cuidado, las mismas precauciones
como si hubiesen temido causar algún dolor a Jesús. Todos los circunstantes
tenían los ojos fijos en el cuerpo del Señor y seguían sus movimientos,
levantaban las manos al cielo, derramaban lágrimas y daban señales del más
profundo dolor.
Todos estaban penetrados de un respeto profundo, hablando sólo en voz baja para
ayudarse unos a otros. Mientras los martillazos se oían, María, Magdalena y
todos los que estaban presentes a la crucifixión, tenían el corazón partido.
El ruido de esos golpes les recordaba los padecimientos de Jesús; temían oír
otra vez el grito penetrante de sus sufrimientos.
Habiendo descendido el santo Cuerpo, lo envolvieron y lo pusieron en los brazos
de su Madre, que se los tendía poseída de dolor y de amor. Así la Virgen Santísima
sostenía por última vez en sus brazos el cuerpo de su querido Hijo, a quien no
había podido dar ninguna prueba de su amor en todo su martirio; contempló sus
heridas, cubrió de ósculos (besos) su cara ensangrentada, mientras Magdalena
reposaba la suya sobre sus pies.
Después de un rato, Juan, acercándose a la Virgen, le suplicó que se separase
de su Hijo para que le pudieran embalsamar, porque se acercaba el sábado. María
se despidió de Él en los términos más tiernos. Entonces los hombres lo
tomaron de los brazos de su madre y lo llevaron a un sitio más bajo que la
cumbre del Gólgota, que ofrecía gran comodidad para hacer el embalsamamiento.
Lo hicieron enseguida y envolvieron después el santo Cuerpo en un gran lienzo
blanco.
Cuando todos se arrodillaron para despedirse de Él, se operó delante de sus
ojos un gran milagro: el sagrado cuerpo de Jesús, con sus heridas, apareció
representado sobre el lienzo que lo cubría, como si hubiese querido recompensar
su celo y su amor, y dejarles un retrato a través de los velos que lo cubrían.
Era un retrato sobrenatural, un testimonio de la divinidad creadora, que residía
siempre en el cuerpo de Jesús.
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Jesús
metido en el sepulcro
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Los hombres pusieron el sagrado Cuerpo sobre
unas parihuelas de cuero, tapadas con un cobertor oscuro. Nicodemus y José
llevaban sobre sus hombros los palos de delante, y Abenadar y Juan los de atrás.
Enseguida venían la Virgen, Magdalena y María Cleofás, después las mujeres
que habían estado sentadas a cierta distancia, Verónica, Juana Chusa, María,
madre de Marcos, Salomé, mujer de Zebedeo; María Salomé, Salomé de Jerusalén,
Susana y Ana, sobrina de San José; Casio y los soldados cerraban la marcha.
Se detuvieron a la entrada del jardín de José, que abrieron arrancando algunos
palos, que sirvieron después de palancas para llevar a la gruta la piedra que
debía tapar el sepulcro. Cuando llegaron a la peña, levantaron el santo Cuerpo
sobre una tabla larga, cubierta de una sábana. Las santas mujeres se sentaron
enfrente de la entrada.
Los cuatro hombres introdujeron el cuerpo del Señor, llenaron de aromas una
parte del sepulcro, extendieron una sábana sobre la cual pusieron el Cuerpo y
salieron. Entonces entró la Virgen, se sentó al lado de la cabeza, y se bajó,
llorando, sobre el cuerpo de su Hijo. Cuando salió de la gruta, Magdalena entró
y besó, llorando, los pies sagrados de Jesús; pero habiéndole dicho los
hombres que debían cerrar el sepulcro, se volvió con las otras mujeres.
Pusieron la tapa de color oscuro, y cerraron la puerta. Todos volvieron a la
ciudad; José y Nicodemus encontraron en Jerusalén a Pedro, a Santiago el Mayor
y a Santiago el Menor. Vi después a la Virgen Santísima y a sus compañeras
entrar en el Cenáculo; Abenadar fue también introducido, y poco a poco la
mayor parte de los Apóstoles y de los discípulos se reunieron en él.
Tomaron algún alimento, y pasaron todavía unos momentos reunidos llorando y
contando lo que habían visto. Los hombres cambiaron de vestido, y los vi después,
debajo de una lámpara, orar.
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Los
judíos ponen guardia en el sepulcro
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En la noche del viernes al sábado vi a
Caifás y a los principales judíos consultarse respecto de las medidas que debían
adoptarse, vistos los prodigios que habían sucedido y la disposición del
pueblo. Al salir de esta deliberación, fueron por la noche a casa de Pilatos, y
le dijeron que como ese seductor había asegurado que resucitaría el tercer día,
era menester guardar el sepulcro tres días; porque si no, sus discípulos podían
llevarse su Cuerpo y esparcir la voz de su Resurrección.
Pilatos, no queriendo mezclarse en ese negocio, les dijo: "Tenéis una
guardia: mandad que guarde el sepulcro como queráis". Sin embargo, les dio
a Casio, que debía observarlo todo, para hacer una relación exacta de lo que
viera.
Vi salir de la ciudad a unos doce, antes de levantarse el sol; los soldados que
los acompañaban no estaban vestidos a la romana, eran soldados del templo.
Llevaban faroles puestos en palos para alumbrarse en la oscura gruta donde se
encontraba el sepulcro. Así que llegaron, se aseguraron de la presencia del
cuerpo de Jesús; después ataron una cuerda atravesada delante de la puerta del
sepulcro, y otra segunda sobre la piedra gruesa que estaba delante, y lo
sellaron todo con un sello semicircular. Los fariseos volvieron a Jerusalén, y
los guardas se pusieron enfrente de la puerta exterior.
Casio no se movió de su puesto.
Había
recibido grandes gracias interiores y la inteligencia de muchos misterios. No
acostumbrado a ese estado sobrenatural, estuvo todo el tiempo como fuera de
sí,
sin ver los objetos exteriores. Se transformó en un nuevo hombre, y pasó todo
el día haciendo penitencia y oración.
Después de la Resurrección del Señor, dejó la milicia y se juntó con los
discípulos. Fue uno de los primeros que recibieron el bautismo, después de
Pentecostés, junto con otros soldados convertidos al pie de la Cruz.
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