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La
Amarga Pasión de
Nuestro Señor Jesucristo
Ana
Catalina Emmerich
¡Ecce
Homo!
NOVENO
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Jesús, cubierto con la capa colorada, la corona de
espinas sobre la cabeza, y el cetro de cañas en las manos atadas, fue conducido
al palacio de Pilatos. Cuando llegó delante del gobernador, este hombre cruel
no pudo menos de temblar de horror y de compasión, mientras el pueblo y los
sacerdotes le insultaban y le hacían burla.
Jesús subió los escalones. Tocaron la trompeta para anunciar que el gobernador
quería hablar. Pilatos se dirigió a los príncipes de los sacerdotes y a todos
los circunstantes, y les dijo: "Os lo presento otra vez para que sepáis
que no hallo en Él ningún crimen".
Jesús
fue conducido cerca de Pilatos, de modo que todo el pueblo podía verlo. Era un
espectáculo terrible y lastimoso la aparición del Hijo de Dios ensangrentado,
con la corona de espinas, bajando sus ojos sobre el pueblo, mientras Pilatos, señalándole
con el dedo, gritaba a los judíos: "¡Ecce Homo!".
Los príncipes de los sacerdotes y sus adeptos, llenos de furia, gritaron:
"¡Que muera! ¡Que sea crucificado!". – "¿No basta ya?",
dijo Pilatos. "Ha sido tratado de manera que no le quedará gana de ser
Rey".
Pero
estos insensatos gritaron cada vez más: "¡Que muera! ¡Que sea
crucificado!".
Pilatos
mandó tocar la trompeta, y dijo: "Entonces, tomadlo y crucificadlo, pues
no hallo en Él ningún crimen". Algunos de los sacerdotes gritaron: "¡Tenemos
una ley por la cual debe morir, pues se ha llamado Hijo de Dios!".
Estas
palabras, se ha llamado Hijo de Dios, despertaron los temores supersticiosos de
Pilatos; hizo conducir a Jesús aparte, y le preguntó de dónde era. Jesús no
respondió, y Pilatos le dijo: "¿No me respondes? ¿No sabes que puedo
crucificarte o ponerte en libertad?". Y Jesús respondió: "No tendrías
tú ese poder sobre mí, si no lo hubieses recibido de arriba; por eso el que me
ha entregado en tus manos ha cometido un gran pecado".
Pilatos,
en medio de su incertidumbre, quiso obtener del Salvador una respuesta que lo
sacara de este penoso estado: volvió al Pretorio, y se estuvo solo con Él.
"¿Será posible que sea un Dios? se decía a sí mismo, mirando a Jesús
ensangrentado y desfigurado; después le suplicó que le dijera si era Dios, si
era el Rey prometido a los judíos, hasta dónde se extendía su imperio, y de
qué orden era su divinidad.
No puedo repetir más que el sentido de la respuesta de Jesús. El Salvador le
habló con gravedad y severidad; le dijo en qué consistía su reino y su
imperio; después le reveló todos los crímenes secretos que él había
cometido; le predijo la suerte miserable que le esperaba, y le anunció que el
Hijo del hombre vendría a pronunciar contra él un juicio justo.
Pilatos, medio atemorizado y medio irritado de las palabras de Jesús, volvió
al balcón, y dijo otra vez que quería libertar a Jesús. Entonces gritaron:
"¡Si lo libertas, no eres amigo del César!". Otros decían que lo
acusarían delante del Emperador, de haber agitado su fiesta, que era menester
acabar, porque a las diez tenían que estar en el templo. Por todas partes se oía
gritar: "¡Que sea crucificado!"; hasta encima de las azoteas, donde
había muchos subidos.
Pilatos vio que sus esfuerzos eran inútiles. El tumulto y los gritos eran
horribles, y la agitación del pueblo era tan grande que podía temerse una
insurrección.
Pilatos mandó que le trajesen agua; un criado se la echó sobre las manos
delante del pueblo, y el gritó desde lo alto de la azotea: "Yo soy
inocente de la sangre de este Justo; vosotros responderéis por ella".
Entonces se levantó un grito horrible y unánime de todo el pueblo, que se
componía de gentes de toda la Palestina: "¡Que su sangre caiga sobre
nosotros y sobre nuestros descendientes!".
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Jesús
condenado a muerte
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Cuando los judíos, habiendo pronunciado
la maldición sobre sí y sobre sus hijos, pidieron que esa sangre redentora,
que pide misericordia para nosotros, pidiera venganza contra ellos; Pilatos mandó
traer sus vestidos de ceremonia, se puso un tocado, en donde brillaba una piedra
preciosa y otra capa. Estaba rodeado de soldados, precedido de oficiales del
tribunal y por delante tenía un hombre que tocaba la trompeta. Así fue desde
su palacio hasta la plaza, donde había, enfrente de la columna de la flagelación,
un sitio elevado para pronunciar los juicios. Este tribunal se llamaba Gabbata:
era una elevación redonda, donde se subía por escalones.
Muchos
de los fariseos se habían ido ya al templo. No hubo más que Anás, Caifás y
otros veintiocho, que vinieron al tribunal cuando Pilatos se puso sus vestidos
de ceremonia. Los dos ladrones también fueron conducidos al tribunal, y el
Salvador, con su capa colorada y su corona de espinas, fue colocado en medio de
ellos. Cuando Pilatos se sentó, dijo a los judíos: "¡Ved aquí a vuestro
Rey!"; y ellos respondieron: "¡Crucificadlo!". "¿Queréis
que crucifique a vuestro Rey?", volvió a decir Pilatos.
"¡No
tenemos más Rey que al César!" gritaron los príncipes de los sacerdotes.
Pilatos no dijo nada más, y comenzó a pronunciar el juicio.
Los príncipes de los sacerdotes habían diferido la ejecución de los dos
ladrones, ya anteriormente condenados al suplicio de la cruz, porque querían
hacer una afrenta más a Jesús, asociándolo en su suplicio a dos malhechores
de la última clase.
Pilatos comenzó por un largo preámbulo, en el cual daba los nombres más
sublimes al emperador Tiberio; después expuso la acusación intentada contra
Jesús, que los príncipes de los sacerdotes habían condenado a muerte, por
haber agitado la paz pública y violado su ley, haciéndose llamar Hijo de dios
y Rey de los judíos, habiendo el pueblo pedido su muerte por voz unánime.
El miserable añadió que encontraba esa sentencia conforme a la justicia, él,
que no había cesado de proclamar la inocencia de Jesús, y al acabar dijo:
"Condeno a Jesús de Nazareth, Rey de los judíos, a ser crucificado";
y mandó traer la cruz.
Me parece que rompió un palo largo y que tiró los pedazos a los pies de Jesús.
Mientras Pilatos pronunciaba su juicio inicuo, vi que su mujer Claudia Procla le
devolvía su prenda y la renunciaba. La tarde de este mismo día se salió
secretamente del palacio, para refugiarse con los amigos de Jesús.
Ese mismo día, a poco tiempo después, vi a un amigo del Salvador grabar sobre
una piedra verdusca, detrás de la altura de Gabbata, dos líneas donde había
estas palabras: Judex injustus, y el nombre de Claudia Procla.
Esta piedra se halla todavía en los cimientos de una casa o de una iglesia en
Jerusalén, en el sitio donde estaba Gabbata. Claudia Procla se hizo cristiana,
siguió a San Pablo, y fue su fiel discípula.
Los dos ladrones estaban a la derecha y a la izquierda de Jesús: tenían las
manos atadas y una cadena al cuello; el que se convirtió después, se mantuvo
desde entonces tranquilo y pensativo; el otro, grosero e insolente, se unió a
los alguaciles para maldecir e insultar a Jesús, que miraba a sus dos compañeros
con amor, y ofrecía sus tormentos por la salvación.
Los alguaciles juntaban los instrumentos del suplicio, y lo preparaban todo para
esta terrible y dolorosa marcha.
Anás y Caifás habían acabado sus discusiones con Pilatos: tenían dos bandas
de pergamino con la copia de la sentencia, y se dirigían con precipitación al
templo temiendo llegar tarde.
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Jesús
con la Cruz a cuestas
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Cuando Pilatos salió del tribunal, una
parte de los soldados le siguió, y se formó delante del palacio; una pequeña
escolta se quedó con los condenados. Veintiocho fariseos armados vinieron a
caballo para acompañar al suplicio a nuestro Redentor.
Los
alguaciles lo condujeron al medio de la plaza, donde vinieron esclavos a echar
la cruz a sus pies. Los dos brazos estaban provisionalmente atados a la pieza
principal con cuerdas. Jesús se arrodilló cerca de ella, la abrazó y la besó
tres veces, dirigiendo a su Padre acciones de gracia por la redención del género
humano.
Los soldados levantaron a Jesús sobre sus rodillas, y tuvo que cargar con mucha
pena con esta carga pesada sobre su hombro derecho. Vi ángeles invisibles
ayudarle, pues si no, no hubiera podido levantarla. Mientras Jesús oraba,
pusieron sobre el pescuezo a los dos ladrones las piezas traveseras de sus
cruces, atándoles las manos; las grandes piezas las llevaban esclavos.
La trompeta de la caballería de Pilatos tocó; uno de los fariseos a caballo se
acercó a Jesús, arrodillado bajo su carga; y entonces comenzó la marcha
triunfal del Rey de los reyes, tan ignominiosa sobre la tierra y tan gloriosa en
el cielo.
Habían
atado dos cuerdas a la punta del árbol de la cruz y dos soldados la mantenían
en el aire; otros cuatro tenían cuerdas atadas a la cintura de Jesús. El
Salvador, bajo su peso, me recordó a Isaac, llevando a la montaña la leña
para su sacrificio. La trompeta de Pilatos dio la señal de marcha, porque el
gobernador en persona quería ponerse a la cabeza de un destacamento para
impedir todo movimiento tumultuoso.
Iba
a caballo, rodeado de sus oficiales y de tropa de caballería. Detrás venía un
cuerpo de trescientos hombres de infantería, todos de la frontera de Italia y
de Suiza.
Delante
se veía una trompa que tocaba en todas las esquinas y proclamaba la sentencia.
A pocos pasos seguía una multitud de hombres y de chiquillos, que traían
cordeles, clavos, cuñas y cestas que contenían diferentes objetos; otros, más
robustos, traían palos, escaleras y las piezas principales de las cruces de los
dos ladrones.
Detrás
se notaban algunos fariseos a caballo, y un joven que llevaba sobre el pecho la
inscripción que Pilatos había hecho para la cruz. Llevaban también en la
punta de un palo la corona de espinas de Jesús, que no habían querido dejarle
sobre la cabeza mientras cargaba la cruz.
Al fin venía nuestro Señor, los pies desnudos y ensangrentados, abrumado bajo
el peso de la cruz, temblando, debilitado por la pérdida de la sangre y
devorado de calentura y de sed. Con la mano derecha sostenía la cruz sobre su
hombro derecho; su mano izquierda, cansada, hacía de cuando en cuando esfuerzos
para levantarse su largo vestido, con que tropezaban sus pies heridos.
Cuatro soldados tenían a grande distancia la punta de los cordeles atados a la
cintura; los dos de delante le tiraban; los dos que seguían le empujaban, de
suerte que no podía asegurar su paso. A su rededor no había más que irrisión
y crueldad; mas su boca rezaba y sus ojos perdonaban. Detrás de Jesús iban los
dos ladrones, llevados también por cuerdas. La mitad de los fariseos a caballo
cerraba la marcha; algunos de ellos corrían acá y allá para mantener el
orden.
A una distancia bastante grande venía la escolta de Pilatos: el gobernador
romano tenía su uniforme de guerra; en medio de sus oficiales, precedido de un
escuadrón de caballería, y seguido de trescientos infantes, atravesó la
plaza, y entró en una calle bastante ancha.
Jesús fue conducido por una calle
estrecha, para no estorbar a la gente que iba al templo ni a la tropa de
Pilatos.
La mayor parte del pueblo se había puesto en movimiento, después de haber
condenado a Jesús. Una gran parte de los judíos se fueron a sus casas o al
templo; sin embargo, la multitud era todavía numerosa, y se precipitaban
delante para ver pasar la triste procesión.
La calle por donde pasaba Jesús era muy estrecha y muy sucia; tuvo mucho que
sufrir; el pueblo lo injuriaba desde las ventanas, los esclavos le tiraban lodo
y hasta los niños traían piedras en sus vestidos para echarlas delante de los
pies del Salvador.
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Primera
caída de Jesús debajo de la Cruz
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La calle, poco antes de su fin, tuerce a la izquierda, se ensancha y sube un
poco; por ella pasa un acueducto subterráneo, que viene del monte de Sión.
Antes de la subida hay un hoyo, que tiene con frecuencia agua y lodo cuando
llueve, por cuya razón han puesto una piedra grande para facilitar el paso.
Cuando llegó Jesús a este sitio, ya no podía andar; como los solados tiraban
de Él y lo empujaban sin misericordia, cayó a lo largo contra esa piedra, y la
cruz cayó a su lado. Los verdugos se pararon, llenándolo de imprecaciones y
pegándole; en vano Jesús tendía la mano para que le ayudasen, diciendo:
"¡Ah, presto se acabará!", y rogó por sus verdugos; mas los
fariseos gritaron: "¡Levantadlo, si no morirá en nuestras manos!".
A los dos lados del camino había mujeres llorando y niños asustados. Sostenido
por un socorro sobrenatural, Jesús levantó la cabeza, y aquellos hombres
atroces, en lugar de aliviar sus tormentos, le pusieron la corona de espinas.
Habiéndolo levantado, le cargaron la cruz sobre los hombros, y tuvo que ladear
la cabeza, con dolores infinitos, para poder colocar sobre su hombro el peso con
que estaba cargado.
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Jesús
encuentra a su Santísima Madre - Segunda caída
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La dolorosa Madre de Jesús
había salido de la plaza después de pronunciada la sentencia inicua, acompañada
de Juan y de algunas mujeres, había visitado muchos sitios santificados por los
padecimientos de Jesús; pero cuando el sonido de la trompeta, el ruido del
pueblo y la escolta de Pilatos anunciaron la marcha hasta el Calvario, no pudo
resistir al deseo de ver todavía a su Divino Hijo, y pidió a Juan que la
condujese a uno de los sitios por donde Jesús debía pasar: se fueron a un
palacio, cuya puerta daba a la calle, donde entró la escolta después de la
primera caída de Jesús; era, si no me equivoco, la habitación del sumo pontífice
Caifás. Juan obtuvo de un criado o portero compasivo el permiso de ponerse en
la puerta con María y los que la acompañaban.
La Madre de Dios estaba pálida y con los ojos llenos de lágrimas y cubierta
enteramente de una capa parda azulada. Se oía ya el ruido que se acercaba, el
sonido de la trompeta, y la voz del pregonero, publicando la sentencia en las
esquinas. El criado abrió la puerta, el ruido era cada vez más fuerte y
espantoso.
María
oró, y dijo a Juan: "¿Debo ver este espectáculo? ¿Debo huir? ¿Podré
yo soportarlo?". Al fin salieron a la puerta. María se paró, y miró; la
escolta estaba a ochenta pasos; no había gente delante, sino por los lados y
atrás. Cuando los que llevaban los instrumentos de suplicio se acercaron con
aire insolente y triunfante, la Madre de Jesús se puso a temblar y a gemir,
juntando las manos, y uno de esos hombres preguntó: "¿Quién es esa mujer
que se lamenta?"; y otro respondió: "Es la Madre del Galileo".
Los miserables al oír tales palabras, llenaron de injurias a esta dolorosa
madre, la señalaban con el dedo, y uno de ellos tomó en sus manos los clavos
con que debían clavar a Jesús en la cruz, y se los presentó a la Virgen en
tono de burla.
María miró a Jesús y se agarró a la puerta para no caerse. Los fariseos
pasaron a caballo, después el niño que llevaba la inscripción, detrás su
Santísimo Hijo Jesús, temblando, doblado bajo la pesada carga de la cruz,
inclinando sobre su hombro la cabeza coronada de espinas.
Echaba sobre su Madre una mirada de compasión, y habiendo tropezado cayó por
segunda vez sobre sus rodillas y sobre sus manos. María, en medio de la
violencia de su dolor, no vio ni soldados ni verdugos; no vio más que a su
querido Hijo; se precipitó desde la puerta de la casa en medio de los soldados
que maltrataban a Jesús, cayó de rodillas a su lado, y se abrazó a Él. Yo oí
estas palabras: "¡Hijo mío!" – "¡Madre mía!". Pero no
sé si realmente fueron pronunciadas, o sólo en el pensamiento.
Hubo un momento de desorden: Juan y las santas mujeres querían levantar a María.
Los alguaciles la injuriaban; uno de ellos le dijo: "Mujer, ¿qué vienes a
hacer aquí? Si lo hubieras educado mejor, no estaría en nuestras manos".
Algunos soldados tuvieron compasión. Juan y las santas mujeres la condujeron
atrás a la misma puerta, donde la vi caer sobre sus rodillas y dejar en la
piedra angular la impresión de sus manos. Esta piedra, que era muy dura, fue
transportada a la primera iglesia católica, cerca de la piscina de Betesda, en
el episcopado de Santiago el Menor.
Mientras tanto, los alguaciles levantaron a Jesús y habiéndole acomodado la
cruz sobre sus hombros, le empujaron con mucha crueldad para que siguiese
adelante.
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Simón
Cirineo - Tercera caída de Jesús
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Llegaron a la puerta de una muralla vieja,
interior de la ciudad. Delante de ella hay una plaza, de donde salen tres
calles. En esa plaza, Jesús, al pasar sobre una piedra gruesa, tropezó y cayó;
la cruz quedó a su lado, y no se pudo levantar. Algunas personas bien vestidas
que pasaban para ir al templo, exclamaron llenas de compasión: "¡Ah! ¡El
pobre hombre se muere!".
Hubo algún tumulto; no podían poner a Jesús en pie, y los fariseos dijeron a
los soldados: "No podremos llevarlo vivo, si no buscáis a un hombre que le
ayude a llevar la cruz". Vieron a poca distancia un pagano, llamado Simón
Cirineo, acompañado de sus tres hijos, que llevaba debajo del brazo un haz de
ramas menudas, pues era jardinero, y venía de trabajar en los jardines situados
cerca de la muralla oriental de la ciudad.
Estaba en medio de la multitud, de donde no podía salir, y los soldados,
habiendo reconocido por su vestido que era un pagano y un obrero de la clase
inferior, lo llamaron y le mandaron que ayudara al Galileo a llevar su cruz.
Primero rehusó, pero tuvo que ceder a la fuerza.
Simón sentía mucho disgusto y repugnancia, a causa del triste estado en que se
hallaba Jesús, y de su ropa toda llena de lodo. Mas Jesús lloraba, y le miraba
con ternura. Simón le ayudó a levantarse, y al instante los alguaciles ataron
sobre sus hombros uno de los brazos de la cruz. Él seguía a Jesús, que se
sentía aliviado de su carga. Se pusieron otra vez en marcha.
Simón era un hombre robusto, de cuarenta años; sus hijos llevaban vestidos de
diversos colores. Dos eran ya crecidos, se llamaban Rufo y Alejandro: se
reunieron después a los discípulos de Jesús. El tercero era más pequeño, y
lo he visto con San Esteban, aún niño. Simón no llevó mucho tiempo la cruz
sin sentirse penetrado de compasión.
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La
Verónica y el Sudario
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La escolta
entró en una calle larga que torcía un poco a la izquierda, y que estaba
cortada por otras transversales. Muchas personas bien vestidas se dirigían al
templo; pero algunas se retiraban a la vista de Jesús, por el temor farisaico
de contaminarse; otras mostraban alguna compasión.
Habían andado unos doscientos pasos desde que Simón ayudaba a Jesús a llevar
la cruz, cuando una mujer de elevada estatura y de aspecto imponente, llevando
de la mano a una niña, salió de una bella casa situada a la izquierda, y se
puso delante. Era Serafia, mujer de Sirac, miembro del Consejo del templo, que
se llamaba Verónica, de Vera Icon (verdadero retrato), a causa de lo que hizo
en ese día. Serafia había preparado en su casa un excelente vino aromatizado,
con la piadosa intención de dárselo a beber al Señor en su camino de dolor.
Salió a la calle, cubierta de su velo; tenía un paño sobre sus hombros; una
niña de nueve años, que había adoptado por hija, estaba a su lado, y escondió,
al acercarse la escolta, el vaso lleno de vino. Los que iban delante quisieron
rechazarla; mas ella se abrió paso en medio de la multitud, de los soldados y
de los alguaciles, y llegando hasta Jesús, se arrodilló, y le presentó el paño
extendido diciendo: "Permitidme que limpie la cara de mi Señor". El
Señor tomó el paño, lo aplicó sobre su cara ensangrentada, y se lo devolvió,
dándole las gracias. Serafia, después de haberlo besado, lo metió debajo de
su capa, y se levantó. La niña levantó tímidamente el vaso de vino hacia Jesús;
pero los soldados no permitieron que bebiera.
La osadía y la prontitud de esta acción habían excitado un movimiento en la
multitud, por lo que se paró la escolta como unos dos minutos. Verónica había
podido presentar el sudario. Los fariseos y los alguaciles, irritados de esta
parada, y sobre todo, de este homenaje público, rendido al Salvador, pegaron y
maltrataron a Jesús, mientras Verónica entraba en su casa.
Apenas
había penetrado en su cuarto, extendió el sudario sobre la mesa que tenía
delante, y cayó sin conocimiento. La niña se arrodilló a su lado llorando. Un
conocido que venía a verla la halló así al lado de un lienzo extendido, donde
la cara ensangrentada de Jesús estaba estampada de un modo maravilloso. Se
sorprendió con este espectáculo, la hizo volver en sí, y le mostró el
sudario delante del cual ella se arrodilló, llorando y diciendo: "Ahora lo
quiero dejar todo, pues el Señor me ha dado un recuerdo".
Este sudario era de lana fina, tres veces más largo que ancho, y se llevaba
habitualmente alrededor del cuello: era costumbre ir con un sudario semejante a
socorrer a los afligidos o enfermos, o a limpiarles la cara en señal de dolor o
de compasión. Verónica guardó siempre el sudario a la cabecera de su cama.
Después de su muerte fue para la Virgen, y después para la Iglesia por
intermedio de los Apóstoles.
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Las
hijas de Jerusalén
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La escolta estaba todavía a cierta distancia de
la puerta, situada en la dirección del sudoeste. Al acercarse a la puerta los
alguaciles empujaron a Jesús en medio de un lodazal. Simón Cirineo quiso pasar
por el lado, y habiendo ladeado la cruz, Jesús cayó por cuarta vez.
Entonces, en medio de sus lamentos, dijo con voz inteligible: "¡Ah Jerusalén,
cuánto te he amado! ¡He querido juntar a tus hijos como la gallina junta a sus
polluelos debajo de sus alas, y tú me echas cruelmente fuera de tus
puertas!".
Al oír estas palabras, los fariseos le insultaron de nuevo, y pegándole lo
arrastraron para sacarlo del lodo. Simón Cirineo se indignó tanto de ver esta
crueldad, que exclamó: "Si no cesáis de insultarle suelto la cruz, aunque
me matéis".
Al salir de la puerta encontraron una multitud de mujeres que lloraban y gemían.
Eran vírgenes y mujeres pobres de Belén, de Hebrón y de otros lugares
circunvecinos, que habían venido a Jerusalén para celebrar la Pascua. Jesús
desfalleció; Simón se acercó a Él y le sostuvo, impidiendo así que se
cayera del todo. Esta es la quinta caída de Jesús debajo de la cruz.
A vista de su cara tan desfigurada y tan llena de heridas, comenzaron a dar
lamentos, y según la costumbre de los judíos, le presentaron lienzos para
limpiarse el rostro. El Salvador se volvió hacia ellas, y les dijo: "Hijas
de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras mismas y por vuestros
hijos, pues vendrá un tiempo en que se dirá: "¡Felices las estériles y
las entrañas que no han engendrado y los pechos que no han dado de mamar".
Entonces empezarán a decir a los montes: "¡Caed sobre nosotros!"; y
a las alturas: "¡Cubridnos! Pues si así se trata al leño verde, ¿qué
se hará con el seco?".
Aquí pararon en este sitio: los que llevaban los instrumentos de suplicio
fueron al monte Calvario, seguidos de cien soldados romanos de la escolta de
Pilatos, quien al llegar a la puerta, se volvió al interior de la ciudad.
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