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La
Amarga Pasión de
Nuestro Señor Jesucristo
Ana
Catalina Emmerich
Pilatos
y su mujer
OCTAVO
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Mientras
conducían a Jesús a casa de Herodes, vi a Pilatos con su mujer Claudia Procla.
Habló mucho tiempo con Pilatos, le rogó por todo lo que le era más sagrado,
que no hiciese mal ninguno a Jesús, el Profeta, el Santo de los Santos, y le
contó algo de las visiones maravillosas que había tenido acerca de Jesús la
noche precedente.
Mientras
hablaba, yo vi la mayor parte de esas visiones, pero no me acuerdo bien de qué
modo se seguían. Ella vio las principales circunstancias de la vida de Jesús:
la Anunciación de María, la Natividad, la Adoración de los Pastores y de los
Reyes, la profecía de Simeón y de Ana, la huida a Egipto, la tentación en el
desierto.
Se le apareció siempre rodeado de luz, y vio la malicia y la crueldad de sus
enemigos bajo las formas más horribles, vio sus padecimientos infinitos, su
paciencia y su amor inagotables, la santidad y los dolores de su
Madre.
Estas visiones le causaron mucha inquietud y mucha tristeza; que todos esos
objetos eran nuevos para ella, estaba suspensa y pasmada, y veía muchas de esas
cosas, como, por ejemplo, la degollación de los inocentes y la profecía de
Simeón, que sucedían cerca de su casa. Yo sé bien hasta qué punto un corazón
compasivo puede estar atormentado por esas visiones; pues el que ha sentido una
cosa, debe comprender lo que sienten los demás. Había sufrido toda la noche, y
visto más o menos claramente muchas verdades maravillosas, cuando la despertó
el ruido de la tropa que conducía a Jesús.
Al mirar hacia aquel lado, vio al Señor, el objeto de todos esos milagros que
le habían sido revelados, desfigurado, herido, maltratado por sus enemigos. Su
corazón se trastornó a esta vista, y mandó enseguida llamar a Pilatos, y le
contó, en medio de su agitación, lo que le acababa de suceder. Ella no lo
comprendía todo, y no podía expresarlo bien; pero rogaba, suplicaba, instaba a
su marido del modo más tierno.
Pilatos, atónito y perturbado, unía lo que le decía su mujer con lo que había
recogido de un lado y de otro acerca de Jesús, se acordaba del furor de los judíos,
del silencio de Jesús y de las maravillosas respuestas a sus preguntas. Agitado
e inquieto, cedió a los ruegos de su mujer, y le dijo: "He declarado que
no hallaba ningún crimen en ese hombre. No lo condenaré: he reconocido toda la
malicia de los judíos".
Le habló también de lo que le había dicho Jesús; prometió a su mujer no
condenar a Jesús, y le dio una prenda como garantía de su promesa. No sé si
era una joya, un anillo o un sello. Así se separaron.
Pilatos era un hombre corrompido, indeciso, lleno de orgullo, y al mismo tiempo
de bajeza: no retrocedía ante las acciones más vergonzosas, cuando encontraba
en ellas su interés, y al mismo tiempo se dejaba llevar por las supersticiones
más ridículas cuando estaba en una posición difícil.
Así en la actual circunstancia consultaba sin cesar a sus dioses, a los cuales
ofrecía incienso en lugar secreto de su casa, pidiéndoles señales. Una de sus
prácticas supersticiosas era ver comer a los pollos; pero todas estas cosas me
parecían horribles, tan tenebrosas y tan infernales, que yo volvía la cara con
horror. Sus pensamientos eran confusos, y Satanás le inspiraba tan pronto un
proyecto como otro. La mayor confusión reinaba en sus ideas, y él mismo no sabía
lo que quería.
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Jesús
delante de Herodes
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El Tetrarca Herodes tenía su palacio situado al norte de la plaza, en la parte
nueva de la ciudad, no lejos del de Pilatos. Una escolta de soldados romanos se
había juntado a la de los judíos, y los enemigos de Jesús, furiosos por los
paseos que les hacían dar, no cesaban de ultrajar al Salvador y de maltratarlo.
Herodes, habiendo recibido el aviso de Pilatos, estaba esperando en una sala
grande, sentado sobre almohadas que formaban una especie de trono. Los príncipes
de los sacerdotes entraron y se pusieron a los lados, Jesús se quedó en la
puerta. Herodes estuvo muy satisfecho al ver que Pilatos le reconocía, en
presencia de los sacerdotes judíos, el derecho de juzgar a un Galileo.
También se alegraba viendo delante de su tribunal, en estado de abatimiento, a
ese Jesús que nunca se había dignado presentársele. Había recibido tantas
relaciones acerca de Él, de parte de los herodianos y de todos sus espías, que
su curiosidad estaba excitada. Cuando Herodes vio a Jesús tan desfigurado,
cubierto de golpes, la cara ensangrentada, su vestido manchado, aquel príncipe
voluptuoso y sin energía sintió una compasión mezclada de disgusto.
Profirió
el nombre de Dios, volvió la cara con repugnancia, y dijo a los sacerdotes:
"Llevadlo, limpiadlo; ¿cómo podéis traer a mi presencia un hombre tan
lleno de heridas?". Los alguaciles llevaron a Jesús al vestíbulo,
trajeron agua y lo limpiaron, sin cesar de maltratarlo.
Herodes reprendió a los sacerdotes por su crueldad; parecía que quería imitar
la conducta de Pilatos, pues también les dijo: "Ya se ve que ha caído
entre las manos de los carniceros; comenzáis las inmolaciones antes de
tiempo". Los príncipes de los sacerdotes reproducían con empeño sus
quejas y sus acusaciones. Herodes, con énfasis y largamente, repitió a Jesús
todo lo que sabía de Él, le hizo muchas preguntas y le pidió que hiciera un
prodigio.
Jesús no respondía una palabra, y estaba delante de él con los ojos bajos, lo
que irritó a Herodes. Me fue explicado que Jesús no habló, por estar Herodes
excomulgado, a causa de su casamiento adúltero con Herodías y de la muerte de
Juan Bautista.
Anás y Caifás se aprovecharon del enfado que le causaba el silencio de Jesús,
y comenzaron otra vez sus acusaciones: añadieron que había llamado a Herodes
una zorra, y que pretendía establecer una nueva religión.
Herodes, aunque irritado contra Jesús, era siempre fiel a sus proyectos políticos.
No quería condenar al que Pilatos había declarado inocente, y creía
conveniente mostrarse obsequioso hacia el gobernador en presencia de los príncipes
de los sacerdotes.
Llenó a Jesús de desprecios, y dijo a sus criados y a sus guardias, cuyo número
se elevaba a doscientos en su palacio: "Tomad a ese insensato, y rendid a
ese Rey burlesco los honores que merece. Es más bien un loco que un
criminal".
Condujeron al Salvador a un gran patio, donde lo llenaron de malos tratamientos
y de escarnio. Uno de ellos trajo un gran saco blanco y con grandes risotadas se
lo echaron sobre la cabeza a Jesús. Otro soldado trajo otro pedazo de tela
colorada, y se la pusieron al cuello. Entonces se inclinaban delante de Él, lo
empujaban, lo injuriaban, le escupían, le pegaban en la cara, porque no había
querido responder a su Rey. Le hacían mil saludos irrisorios, le arrojaban
lodo, tiraban de Él como para hacerle danzar; habiéndolo echado al suelo, lo
arrastraron hasta un arroyo que rodeaba el patio, de modo que su sagrada cabeza
pegaba contra las columnas y los ángulos de las paredes.
Después lo levantaron, para renovar los insultos. Su cabeza estaba
ensangrentada y lo vi caer tres veces bajo los golpes; pero vi también ángeles
que le ungían la cabeza, y me fue revelado que sin este socorro del cielo, los
golpes que le daban hubieran sido mortales.
El tiempo urgía, los príncipes de los sacerdotes tenían que ir al templo, y
cuando supieron que todo estaba dispuesto como lo habían mandado, pidieron otra
vez a Herodes que condenara a Jesús; pero éste, para conformarse con las ideas
de Pilatos, le mandó a Jesús cubierto con el vestido de escarnio.
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De
Herodes a Pilatos
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Los enemigos de Jesús le condujeron de
Herodes a Pilatos. Estaban avergonzados de tener que volver al sitio donde había
sido ya declarado inocente. Por eso tomaron otro camino mucho más largo, para
presentarle en medio de su humillación a otra parte de la ciudad, y también
con el fin de dar tiempo a sus agentes para que agitaran los grupos conforme a
sus proyectos.
Ese camino era más duro y más desigual, y todo el tiempo que duró no cesaron
de maltratar a Jesús. La ropa que le habían puesto le impedía andar, se cayó
muchas veces en el lodo, lo levantaron a patadas, y dándole palos en la cabeza;
recibió ultrajes infinitos, tanto de parte de los que le conducían, como del
pueblo que se juntaba en el camino.
Jesús pedía a Dios no morir, para poder cumplir su pasión y nuestra redención.
Eran las ocho y cuarto cuando llegaron al palacio de Pilatos. La Virgen Santísima,
Magdalena, y otras muchas santas mujeres, hasta veinte, estaban en un sitio,
donde lo podían oír todo. Un criado de Herodes había venido ya a decir a
Pilatos que su amo estaba lleno de gratitud por su fineza, y que no habiendo
hallado en el célebre Galileo más que un loco estúpido, le había tratado
como tal, y se lo volvía.
Los alguaciles hicieron subir a Jesús la escalera con la brutalidad ordinaria;
pero se enredó en su vestido, y cayó sobre los escalones de mármol blanco,
que se tiñeron con la sangre de su cabeza sagrada; el pueblo reía de su caída
y los soldados le pegaban para levantarlo.
Pilatos avanzó sobre la azotea, y dijo a los acusadores de Jesús: "Me habéis
traído a este hombre, como a un agitador del pueblo, le he interrogado delante
de vosotros y no le he hallado culpable del crimen que le imputáis. Herodes
tampoco le encuentra criminal. Por consiguiente, le mandaré azotar y
dejarle".
Violentos murmullos se elevaron entre los fariseos. Era el tiempo en que el
pueblo venía delante del gobernador romano para pedirle, según una antigua
costumbre, la libertad de un preso. Los fariseos habían enviado sus agentes con
el fin de excitar a la multitud, a no pedir la libertad de Jesús, sino su
suplicio.
Pilatos
esperaba que pedirían la libertad de Jesús, y tuvo la idea de dar a escoger
entre Él y un insigne criminal, llamado Barrabás, que horrorizaba a todo el
mundo. Hubo un movimiento en el pueblo sobre la plaza: un grupo se adelantó,
encabezado por sus oradores, que gritaron a Pilatos: "Haced lo que habéis
hecho siempre por la fiesta".
Pilatos
les dijo: "Es costumbre que liberte un criminal en la Pascua. ¿A quién
queréis que liberte: a Barrabás o al Rey de los Judíos, Jesús, que dicen el
ungido del Señor?".
A
esta pregunta de Pilatos hubo alguna duda en la multitud, y sólo algunas voces
gritaron: "¡Barrabás!".
Pilatos, habiendo sido llamado por un criado de su mujer, salió de la azotea un
instante, y el criado le presentó la prenda que él le había dado, diciéndole:
"Claudia Procla os recuerda la promesa de esta mañana". Mientras
tanto los fariseos y los príncipes de los sacerdotes estaban en una grande
agitación, amenazaban y ordenaban. Pilatos había devuelto su prenda a su
mujer, para decirle que quería cumplir su promesa, y volvió a preguntar con
voz alta: "¿Cuál de los dos queréis que liberte?". Entonces se elevó
un grito general en la plaza: "No queremos a este, sino a Barrabás".
Pilatos dijo entonces: "¿Qué queréis que haga con Jesús, que se llama
Cristo?". Todos gritaron tumultuosamente: "¡Que sea crucificado!, ¡que
sea crucificado!".
Pilatos preguntó por tercera vez: "Pero, ¿qué mal ha hecho? Yo no
encuentro en Él crimen que merezca la muerte. Voy a mandarlo azotar y
dejarlo".
Pero
el grito "¡crucificadlo!, ¡crucificadlo!" se elevó por todas partes
como una tempestad infernal; los príncipes de los sacerdotes y los fariseos se
agitaban y gritaban como furiosos.
Entonces el débil Pilatos dio libertad al malhechor Barrabás, y condenó a Jesús
a la flagelación.
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Flagelación
de Jesús
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Pilatos, juez cobarde y sin resolución,
había pronunciado muchas veces estas palabras, llenas de bajeza: "No hallo
crimen en Él; por eso voy a mandarle azotar y a darle libertad". Los judíos
continuaban gritando: "¡Crucificadlo! ¡crucificadlo!". Sin embargo,
Pilatos quiso que su voluntad prevaleciera y mandó azotar a Jesús a la manera
de los romanos.
Al norte del palacio de Pilatos, a poca distancia del cuerpo de guardia, había
una columna que servía para azotar. Los verdugos vinieron con látigos, varas y
cuerdas, y las pusieron al pie de la columna. Eran seis hombres morenos,
malhechores de la frontera de Egipto, condenados por sus crímenes a trabajar en
los canales y en los edificios públicos, y los más perversos de entre ellos
hacían el oficio de verdugos en el Pretorio.
Esos hombres crueles habían ya atado a esa misma columna y azotado hasta la
muerte a algunos pobres condenados. Dieron de puñetazos al Señor, le
arrastraron con las cuerdas, a pesar de que se dejaba conducir sin resistencia,
y lo ataron brutalmente a la columna.
Esta columna estaba sola y no servía de apoyo a ningún edificio. No era muy
elevada; pues un hombre alto, extendiendo el brazo, hubiera podido alcanzar la
parte superior. A media altura había anillas y ganchos.
No se puede expresar con qué barbarie esos perros furiosos arrastraron a Jesús:
le arrancaron la capa de irrisión de Herodes y le echaron casi al suelo. Jesús
abrazó a la columna; los verdugos le ataron las manos, levantadas por alto a un
anillo de hierro, y extendieron tanto sus brazos en alto, que sus pies, atados
fuertemente a lo bajo de la columna, tocaban apenas al suelo.
El Señor fue así extendido con violencia sobre la columna de los malhechores;
y dos de esos furiosos comenzaron a flagelar su cuerpo sagrado desde la cabeza
hasta los pies. Sus látigos o sus varas parecían de madera blanca flexible;
puede ser también que fueran nervios de buey o correas de cuero duro y blanco.
El Hijo de Dios temblaba y se retorcía como un gusano. Sus gemidos dulces y
claros se oían como una oración en medio del ruido de los golpes.
De cuando en cuando los gritos del pueblo y de los fariseos, cual tempestad
ruidosa, cubrían sus quejidos dolorosos y llenos de bendiciones, diciendo:
"¡Hacedlo morir! ¡crucificadlo!". Pilatos estaba todavía hablando
con el pueblo, y cada vez que quería decir algunas palabras en medio del
tumulto popular, una trompeta tocaba para pedir silencio. Entonces se oía de
nuevo el ruido de los azotes, los quejidos de Jesús, las imprecaciones de los
verdugos y el balido de los corderos pascuales. Ese balido presentaba un espectáculo
tierno: eran las sotavoces que se unían a los gemidos de Jesús.
El pueblo judío estaba a cierta distancia de la columna, los soldados romanos
ocupando diferentes puntos, iban y venían, muchos profiriendo insultos,
mientras que otros se sentían conmovidos y parecía que un rayo de Jesús les
tocaba.
Algunos alguaciles de los príncipes de los sacerdotes daban dinero a los
verdugos, y les trajeron un cántaro de una bebida espesa y colorada, para que
se embriagasen.
Pasado un cuarto de hora, los verdugos que azotaban a Jesús fueron reemplazados
por otros dos. La sangre del Salvador corría por el suelo. Por todas partes se
oían las injurias y las burlas. Los segundos verdugos se echaron con una nueva
rabia sobre Jesús; tenían otra especie de varas: eran de espino con nudos y
puntas.
Los golpes rasgaron todo el cuerpo de Jesús; su sangre saltó a cierta
distancia, y ellos tenían los brazos manchados. Jesús gemía, oraba y se
estremecía.
Muchos extranjeros pasaron por la plaza, montados sobre camellos y se llenaron
de horror y de pena cuando el pueblo les explicó lo que pasaba. Eran viajeros
que habían recibido el bautismo de Juan, o que habían oído los sermones de
Jesús sobre la montaña.
El tumulto y los griegos no cesaban alrededor de la casa de Pilatos. Otros
nuevos verdugos pegaron a Jesús con correas, que tenían en las puntas unos
garfios de hierro, con los cuales le arrancaban la carne a cada golpe.
¡Ah! ¡quién podría expresar este terrible y doloroso espectáculo! La
horrible flagelación había durado tres cuartos de hora, cuando un extranjero
de clase inferior, pariente del ciego Ctesifón, curado por Jesús, se precipitó
sobre la columna con una navaja, que tenía la figura de una cuchilla, gritando
en tono de indignación: "¡Parad! No peguéis a ese inocente hasta hacerle
morir".
Los verdugos, hartos, se pararon sorprendidos; cortó rápidamente las cuerdas,
atadas detrás de la columna, y se escondió en la multitud. Jesús cayó, casi
sin conocimiento, al pie de la columna sobre el suelo, bañado en sangre. Los
verdugos le dejaron, y se fueron a beber, llamando antes a los criados, que
estaban en el cuerpo de guardia tejiendo la corona de espinas.
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Vi
a la Virgen Santísima en un éxtasis continuo durante la flagelación de
nuestro divino Redentor. Ella vio y sufrió con un amor y un dolor indecibles
todo lo que sufría su Hijo. Muchas veces salían de su boca leves quejidos y
sus ojos estaban bañados en lágrimas. Las santas mujeres, temblando de dolor y
de inquietud, rodeaban a la Virgen y lloraban como si hubiesen esperado su
sentencia de muerte.
María
tenía un vestido largo azul, y por encima una capa de lana blanca, y un velo de
un blanco casi amarillo. Magdalena, pálida y abatida de dolor, tenía los
cabellos en desorden debajo de su velo. La cara de la Virgen estaba pálida y
desencajada, sus ojos colorados de las lágrimas. No puedo expresar su sencillez
y dignidad. Desde ayer no ha cesado de andar errante, en medio de angustias, por
el valle de Josafat y las calles de Jerusalén, y, sin embargo, no hay ni
desorden ni descompostura en su vestido, no hay un solo pliegue que no respire
santidad; todo en ella es digno, lleno de pureza y de inocencia.
María mira majestuosamente a su alrededor, y los pliegues de su velo, cuando
vuelve la cabeza, tienen una vista singular. Sus movimientos son sin violencia,
y en medio del dolor más amargo, su aspecto es sereno. Su vestido está húmedo
del rocío de la noche y de las abundantes lágrimas que ha derramado. Es bella,
de una belleza indecible y sobrenatural; esta belleza es pureza inefable,
sencillez, majestad y santidad.
Magdalena tiene un aspecto diferente. Es más alta y más fuerte, su persona y
sus movimientos son más pronunciados. Pero las pasiones, el arrepentimiento, su
dolor enérgico han destruido su belleza. Da miedo al verla tan desfigurada por
la violencia de su desesperación; sus largos cabellos cuelgan desatados debajo
de su velo despedazado. Está toda trastornada, no piensa más que en su dolor,
y parece casi una loca.
Hay mucha gente de Magdalum y de sus alrededores que la han visto llevar una
vida escandalosa. Como ha vivido mucho tiempo escondida, hoy la señalan con el
dedo y la llenan de injurias, y aún los hombres del populacho de Magdalum le
tiran lodo. Pero ella no advierte nada, tan grande y fuerte es su dolor.
Cuando Jesús, después de la flagelación, cayó al pie de la columna, vi a
Claudia Procla, mujer de Pilatos, enviar a la Madre de Dios grandes piezas de
tela.
No
sé si creía que Jesús sería libertado, y que su Madre necesitaría esa tela
para curar sus llagas o si esa pagana compasiva sabía a qué uso la Virgen Santísima
destinaría su regalo. María viendo a su Hijo despedazado, conducido por los
soldados, extendió las manos hacia Él y siguió con los ojos las huellas
ensangrentadas de sus pies.
Habiéndose
apartado el pueblo, María y Magdalena se acercaron al sitio en donde Jesús había
sido azotado; escondidas por las otras santas mujeres, se bajaron al suelo cerca
de la columna, y limpiaron por todas partes la sangre sagrada de Jesús con el
lienzo que Claudia Procla había mandado.
Eran las nueve de la mañana cuando acabó la flagelación.
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La
coronación de espinas
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La coronación de espinas se hizo en el
patio interior del cuerpo de guardia. El pueblo estaba alrededor del edificio;
pero pronto fue rodeado de mil soldados romanos, puestos en buen orden, cuyas
risas y burlas excitaban el ardor de los verdugos de Jesús, como los aplausos
del público excitan a los cómicos. En medio del patio había el trozo de una
columna; pusieron sobre él un banquillo muy bajo.
Habiendo
arrastrado a Jesús brutalmente a este asiento, le pusieron la corona de espinas
alrededor de la cabeza, y le atacaron fuertemente por detrás. Estaba hecha de
tres varas de espino bien trenzadas, y la mayor parte de las puntas eran
torcidas a propósito para adentro.
Habiéndosela atado, le pusieron una caña en la mano; todo esto lo hicieron con
una gravedad irrisoria, como si realmente lo coronasen rey. Le quitaron la caña
de las manos, y le pegaron con tanta violencia en la corona de espinas, que los
ojos del Salvador se inundaron de sangre.
Sus verdugos arrodillándose delante de Él le hicieron burla, le escupieron a
la cara, y le abofetearon, gritándole: "¡Salve, Rey de los judíos!".
No podría repetir todos los ultrajes que imaginaban estos hombres.
El Salvador sufría una sed horrible, su lengua estaba retirada, la sangre
sagrada, que corría de su cabeza, refrescaba su boca ardiente y entreabierta.
Jesús fue así maltratado por espacio de media hora en medio de la risa, de los
gritos y de los aplausos de los soldados formados alrededor del Pretorio.
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