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La
Amarga Pasión de
Nuestro Señor Jesucristo
Ana
Catalina Emmerich
Prisión
de Jesús
QUINTO
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No creía Judas que su traición tendría el
resultado que tuvo; el dinero sólo preocupaba su espíritu, y desde mucho
tiempo antes se había puesto en relación con algunos fariseos y algunos
saduceos astutos, que le excitaban a la traición halagándole.
Estaba cansado de la vida errante y penosa de los
Apóstoles. En los últimos meses no había cesado de robar las limosnas de que
era depositario, y su avaricia, excitada por la liberalidad de Magdalena cuando
derramó los perfumes sobre Jesús, lo llevó al último de sus crímenes. Había
esperado siempre en un reino temporal de Jesús, y en él un empleo brillante y
lucrativo.
Se acercaba más y más cada día a sus agentes, que le
acariciaban y le decían de un modo positivo que en todo caso pronto acabarían
con Jesús. Se cebó cada vez más en estos pensamientos criminales, y en los últimos
días había multiplicado sus viajes para decidir a los príncipes de los
sacerdotes a obrar. Estos no querían todavía comenzar, y lo trataron con
desprecio. Decían que faltaba poco tiempo antes de la fiesta, y que esto causaría
desorden y tumulto.
El Sanhedrín sólo prestó alguna atención a las proposiciones de Judas. Después
de la recepción sacrílega del Sacramento, Satanás se apoderó de él, y salió
a concluir su crimen. Buscó primero a los negociadores que le habían
lisonjeado hasta entonces, y que le acogieron con fingida amistad. Vinieron
después otros, entre los cuales estaban Caifás y Anás; este último le habló
en tono altanero y burlesco.
Andaban
irresolutos, y no estaban seguros del éxito, porque no se fiaban de Judas.
Cada
uno presentaba una opinión diferente, y antes de todo preguntaron a Judas:
"¿Podremos tomarlo? ¿No tiene hombres armados con Él?". Y el
traidor respondió: "No; está solo con sus once discípulos: Él está
abatido, y los once son hombres cobardes". Les dijo que era menester tomar
a Jesús ahora o nunca, que otra vez no podría entregarlo, que no volvería más
a su lado, que hacía algunos días que los otros discípulos de Jesús
comenzaban a sospechar de él. Les dijo también que si ahora no tomaban a Jesús,
se escaparía, y volvería con un ejército de sus partidarios para ser
proclamado rey.
Estas amenazas de Judas produjeron su efecto. Fueron de su modo de pensar, y
recibió el precio de su traición: las treinta monedas. Judas, resentido del
desprecio que le mostraban, se dejó llevar por su orgullo hasta devolverles el
dinero hasta que lo ofrecieran en el templo, a fin de parecer a sus ojos como un
hombre justo y desinteresado. Pero no quisieron, porque era el precio de la
sangre que no podía ofrecerse en el templo. Judas vio cuánto le despreciaban,
y concibió un profundo resentimiento. No esperaba recoger los frutos amargos de
su traición antes de acabarla; pero se había entremetido tanto con esos
hombres, que estaba entregado a sus manos, y no podía librarse de ellos. Observábanle
de cerca, y no le dejaban salir hasta que explicó la marcha que habían de
seguir para tomar a Jesús.
Cuando todo estuvo preparado, y reunido el suficiente número de soldados, Judas
corrió al Cenáculo, acompañado de un servidor de los fariseos para avisarles
si estaba allí todavía. Judas volvió diciendo que Jesús no estaba en el Cenáculo,
pero que debía estar ciertamente en el monte de los Olivos, en el sitio donde
tenía costumbre de orar.
Pidió
que enviaran con él una pequeña partida de soldados, por miedo de que los discípulos,
que estaban alertas, no se alarmasen y excitasen una sedición. El traidor les
dijo también tuviesen cuidado de no dejarlo escapar, porque con medios
misteriosos se había desaparecido muchas veces en el monte, volviéndose
invisible a los que le acompañaban. Les aconsejó que lo atasen con una cadena,
y que usaran ciertos medios mágicos para impedir que la rompiera.
Los judíos recibieron estos avisos con desprecio, y le dijeron: "Si lo
llegamos a tomar, no se escapará". Judas tomó sus medidas con los que lo
debían acompañar, y besar y saludar a Jesús como amigo y discípulo; entonces
los soldados se presentarían y tomarían a Jesús. Deseaba que creyeran que se
hallaba allí por casualidad; y cuando ellos se presentaran, él huiría como
los otros discípulos, y no volverían a oír hablar de él. Pensaba también
que habría algún tumulto; que los Apóstoles se defenderían, y que Jesús
desaparecería, como hacía con frecuencia. Este pensamiento le venía cuando se
sentía mortificado por el desprecio de los enemigos de Jesús; pero no se
arrepentía, porque se había entregado enteramente a Satanás.
Los soldados tenían orden de vigilar a Judas y de no dejarlo hasta que tomaran
a Jesús, porque había recibido su recompensa, y temían que escapase con el
dinero. La tropa escogida para acompañar a Judas se componía de veinte
soldados de la guardia del templo y de los que estaban a las órdenes de Anás y
de Caifás. Judas marchó con los veinte soldados; pero fue seguido a cierta
distancia de cuatro alguaciles de la última clase, que llevaban cordeles y
cadenas; detrás de éstos venían seis agentes con los cuales había tratado
Judas desde el principio. Eran un sacerdote, confidente de Anás, un afiliado de
Caifás, dos fariseos y dos saduceos, que eran también herodianos.
Estos hombres eran aduladores de Anás y de Caifás; le servían de espías, y
Jesús no tenía mayores enemigos. Los soldados estuvieron acordes con Judas
hasta llegar al sitio donde el camino separa el jardín de los Olivos del de
Getsemaní; al llegar allí, no quisieron dejarlo ir solo delante, y lo trataron
dura e insolentemente.
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Hallándose Jesús con los tres Apóstoles en el camino, entre
Getsemaní y el jardín de los Olivos, Judas y su gente aparecieron a veinte
pasos de allí, a la entrada del camino: hubo una disputa entre ellos, porque
Judas quería que los soldados se separasen de él para acercarse a Jesús como
amigo, a fin de no aparecer en inteligencia con ellos; pero ellos, parándolo,
le dijeron: "No, camarada; no te acercarás hasta que tengamos al
Galileo".
Jesús se acercó a la tropa, y dijo en voz alta e inteligible: "¿A quién
buscáis?". Los jefes de los soldados respondieron: "A Jesús
Nazareno". - "Yo soy", replicó Jesús. Apenas había pronunciado
estas palabras, cuando cayeron en el suelo, como atacados por apoplejía. Judas,
que estaba todavía al lado de ellos, se sorprendió, y queriendo acercarse a
Jesús, el Señor le tendió la mano, y le dijo: "Amigo mío, ¿qué has
venido a hacer aquí?". Y Judas balbuceando, habló de un negocio que le
habían encargado. Jesús le respondió en pocas palabras, cuya sustancia es ésta:
"¡Más te valdría no haber nacido!". Mientras tanto, los soldados se
levantaron y se acercaron al Señor, esperando la señal del traidor: el beso
que debía dar a Jesús. Pedro y los otros discípulos rodearon a Judas y le
llamaron ladrón y traidor. Quiso persuadirlos con mentiras, pero no pudo,
porque los soldados lo defendían contra los Apóstoles, y por eso mismo
atestiguaban contra él.
Jesús dijo por segunda vez: "¿A quién buscáis?". Ellos
respondieron también: "A Jesús Nazareno". "Yo soy, ya os lo he
dicho; soy yo a quien buscáis; dejad a éstos". A estas palabras los
soldados cayeron una segunda vez con contorsiones semejantes a las de la
epilepsia. Jesús dijo a los soldados: "Levantaos".
Se levantaron, en efecto, llenos de terror; pero como los soldados estrechaban a
Judas, los soldados le libraron de sus manos y le mandaron con amenazas que les
diera la señal convenida, pues tenían orden de tomar a aquél a quien besara.
Entonces Judas vino a Jesús, y le dio un beso con estas palabras:
"Maestro, yo os saludo". Jesús le dijo: "Judas, ¿tu vendes al
Hijo del hombre con un beso?". Entonces los soldados rodearon a Jesús, y
los alguaciles, que se habían acercado, le echaron mano. Judas quiso huir, pero
los Apóstoles lo detuvieron: se echaron sobre los soldados, gritando:
"Maestro, ¿debemos herir con la espada?". Pedro, más ardiente que
los otros, tomó la suya, pegó a Malco, criado del Sumo Sacerdote, que quería
rechazar a los Apóstoles, y le hirió en la oreja: éste cayó en el suelo, y
el tumulto llegó entonces a su colmo.
Los alguaciles habían tomado a Jesús para atarlo: los soldados le rodeaban un
poco más de lejos, y, entre ellos, Pedro que había herido a Malco. Otros
soldados estaban ocupados en rechazar a los discípulos que se acercaban; o en
perseguir a los que huían. Cuatro discípulos se veían a lo lejos: los
soldados no se habían aún serenado del terror de su caída, y no se atrevían
a alejarse por no disminuir la tropa que rodeaba a Jesús.
Tal era el estado de cosas cuando Pedro pegó a Malco, mas Jesús le dijo
enseguida: "Pedro, mete tu espada en la vaina, pues el que a cuchillo mata
a cuchillo muere: ¿crees tú que yo no puedo pedir a mi Padre que me envíe más
de doce legiones de ángeles? ¿No debo yo apurar el cáliz que mi Padre me ha
dado a beber? ¿Cómo se cumpliría la Escritura si estas cosas no
sucedieran?". Y añadió: "Dejadme curar a este hombre". Se acercó
a Malco, tocó su oreja, oró, y la curó.
Los soldados que estaban a su alrededor con los alguaciles y los seis fariseos;
éstos le insultaron, diciendo a la tropa: "Es un enviado del diablo; la
oreja parecía cortada por sus encantos, y por sus mismos encantos la ha
curado". Entonces Jesús les dijo: "Habéis venido a tomarme como un
asesino, con armas y palos; he enseñado todos los días en el templo, y no me
habéis prendido; pero vuestra hora, la hora del poder de las tinieblas, ha
llegado". Mandaron que lo atasen, y lo insultaban diciéndole: "Tu no
has podido vencernos con tus encantos".
Jesús
les dio una respuesta, de la que no me acuerdo bien, y los discípulos huyeron
en todas direcciones. Los cuatro alguaciles y los seis fariseos no cayeron
cuando los soldados, y por consecuencia no se habían levantado. Así me fue
revelado, porque estaban del todo entregados a Satanás, lo mismo que Judas, que
tampoco se cayó, aunque estaba al lado de los soldados.
Todos los que se cayeron y se levantaron se convirtieron después, y fueron
cristianos. Estos soldados habían puesto las manos sobre Él. Malco se convirtió
después de su cura, y en las horas siguientes sirvió de mensajero a María y a
los otros amigos del Salvador.
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Los alguaciles ataron a Jesús con la brutalidad de un
verdugo. Eran paganos, y de baja extracción. Tenían el cuello, los brazos y
las piernas desnudos; eran pequeños, robustos y muy ágiles; el color de la
cara era moreno rojizo, y parecían esclavos egipcios.
Ataron a Jesús las manos sobre el pecho con cordeles nuevos y durísimos; le
ataron el puño derecho bajo el codo izquierdo, y el puño izquierdo bajo el
codo derecho. Le pusieron alrededor del cuerpo una especie de cinturón lleno de
puntas de hierro, al cual le ataron las manos con ramas de sauce; le pusieron al
cuello una especie de collar lleno de puntas, del cual salían dos correas que
se cruzaban sobre el pecho como una estola, y estaban atadas al cinturón. De éste
salían cuatro cuerdas, con las cuales tiraban al Señor de un lado y de otro,
según su inhumano capricho.
Se pusieron en marcha, después de haber encendido muchas hachas. Diez hombres
de la guardia iban delante; después seguían los alguaciles, que tiraban a Jesús
por las cuerdas; detrás los fariseos que lo llenaban de injurias: los otros
diez soldados cerraban la marcha.
Los alguaciles maltrataban a Jesús de la manera más cruel, para adular
bajamente a los fariseos, que estaban llenos de odio y de rabia contra el
Salvador. Lo llevaban por caminos ásperos, por encima de las piedras, por el
lodo, y tiraban de las cuerdas con toda su fuerza. Tenían en la mano otras
cuerdas con nudos, y con ellas le pegaban. Andaban deprisa y llegaron al puente
sobre el torrente de Cedrón. Antes de llegar a él vi a Jesús dos veces caer
en el suelo por los violentos tirones que le daban. Pero al llegar al medio del
puente, su crueldad no tuvo límites: empujaron brutalmente a Jesús atado, y lo
echaron desde su altura en el torrente, diciéndole que saciara su sed.
Sin la asistencia divina, esto sólo hubiera bastado para matarlo. Cayó sobre
las rodillas y sobre la cara, que se le hubiera despedazado contra los cantos,
que estaban apenas cubiertos con un poco de agua, si no se hubiera protegido con
los brazos juntos atados; pues se habían desatado de la cintura, sea por una
asistencia divina, o sea porque los alguaciles lo habían desatado.
Sus rodillas, sus pies, sus codos y sus dedos, se imprimieron milagrosamente en
la piedra donde cayó, y esta marca fue después un objeto de veneración.
Las piedras eran más blandas y más creyentes que el corazón de los hombres, y
daban testimonio, en aquellos terribles momentos, de la impresión que la verdad
suprema hacía sobre ellas.
Yo no he visto a Jesús beber, a pesar de la sed ardiente que siguió a su agonía
en el jardín de los Olivos; le vi beber agua del Cedrón cuando le echaron en
él, y supe que se cumplió un pasaje profético de los Salmos, que dice que
beberá en el camino del agua del torrente (Salmo 109). Los alguaciles tenían
siempre a Jesús atado con las cuerdas.
Pero
no pudiéndole hacer atravesar el torrente, a causa de una obra de albañilería
que había al lado opuesto, volvieron atrás, y lo arrastraron con las cuerdas
hasta el borde.
Entonces
aquéllos lo empujaron sobre el puente, llenándolo de injurias, de maldiciones
y de golpes. Su larga túnica de lana, toda empapada en agua, se pegaba a sus
miembros; apenas podía andar, y al otro lado del puente cayó otra vez en el
suelo.
Lo
levantaron con violencia, le pegaron con las cuerdas, y ataron a su cintura los
bordes de su vestido húmedo. No era aún media noche cuando vi a Jesús al otro
lado del Cedrón, arrastrado inhumanamente por los cuatro alguaciles por un
sendero estrecho, entre las piedras, los cardos y las espinas.
Los seis perversos fariseos iban lo más cerca de Él que el camino les permitía,
y con palos de diversas formas le empujaban, le picaban o le pegaban. Cuando los
pies desnudos y ensangrentados de Jesús se rasgaban con las piedras o las
espinas, le insultaban con una cruel ironía, diciendo: "Su precursor Juan
Bautista no le ha preparado un buen camino"; o bien: "La palabra de
Malaquías: Envío delante de Ti mi ángel para prepararte el camino, no se
aplica aquí". Y cada burla de estos hombres era como un aguijón para los
alguaciles, que redoblaban los malos tratamientos con Jesús.
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Sin embargo, advirtieron que algunas personas se aparecían acá y allá a lo
lejos; pues muchos discípulos se habían juntado al oír la prisión del Señor,
y querían saber qué iba a suceder a su Maestro. Los enemigos de Jesús,
temiendo algún ataque, dieron con sus gritos señal para que les enviasen
refuerzo.
Distaban todavía algunos pasos de una puerta situada al mediodía del templo, y
que conduce, por un arrabal, llamado Ofel, a la montaña de Sión, adonde vivían
Anás y Caifás. Vi salir de esta puerta unos cincuenta soldados. Llevaban
muchas hachas, eran insolentes, alborotadores y daban gritos para anunciar su
llegada y felicitar a los que venían de la victoria. Cuando se juntaron con la
escolta de Jesús, vi a Malco y a algunos otros aprovecharse del desorden,
ocasionado por esta reunión, para escaparse al monte de los Olivos.
Los cincuenta soldados eran un destacamento de una tropa de trescientos hombres,
que ocupaba las puertas y las calles de Ofel; pues el traidor Judas había dicho
a los príncipes de los sacerdotes que los habitantes de Ofel, pobres obreros la
mayor parte, eran partidarios de Jesús, y que se podía temer que intentaran
libertarlo.
El
traidor sabía que Jesús había consolado, enseñado, socorrido y curado un
gran número de aquellos pobres obreros. En Ofel se había detenido el Señor en
su viaje de Betania a Hebrón, después de la degollación de Juan Bautista, y
había curado muchos albañiles heridos en la caída de la torre de Siloé.
La mayor parte de aquella pobre gente, después de Pentecostés, se reunieron a
la primera comunidad cristiana. Cuando los cristianos se separaron de los judíos
y establecieron casas para la comunidad, se elevaron chozas y tiendas desde allí
hasta el monte de los Olivos, en medio del valle.
También
vivía allí San Esteban. Los buenos habitantes de Ofel fueron despertados por
los gritos de los soldados. Salieron de sus casas y corrieron a las calles y las
puertas para saber lo que sucedía. Mas los soldados los empujaban brutalmente
hacia sus casas, diciéndoles: "Jesús, el malhechor, vuestro falso
profeta, va a ser conducido preso. El Sumo Sacerdote no quiere dejarle continuar
el oficio que tiene. Será crucificado". Al saber esta noticia, no se oían
más que gemidos y llantos. Aquella pobre gente, hombres y mujeres, corrían acá
y allá, llorando, o se ponían de rodillas con los brazos extendidos, y
gritaban al Cielo recordando los beneficios de Jesús.
Pero
los soldados los empujaban, les pegaban, los hacían entrar por fuerza en sus
casas, y no se hartaban de injuriar a Jesús, diciendo: "Ved aquí la
prueba de que es un agitador del pueblo". Sin embargo, no querían ejercer
grandes violencias contra los habitantes de Ofel, por miedo de que opusieran una
resistencia abierta, y se contentaban con alejarlos del camino que debía seguir
Jesús. Mientras tanto, la tropa inhumana que conducía al Salvador se acercaba
a la puerta de Ofel.
Jesús se había caído de nuevo, y parecía no poder andar más. Entonces un
soldado caritativo dijo a los otros: "Ya veis que este infeliz hombre no
puede andar. Si hemos de conducirle vivo a los príncipes de los sacerdotes,
aflojadle las manos para que pueda apoyarse cuando se caiga". La tropa se
paró, y los alguaciles desataron los cordeles; mientras tanto, un soldado
compasivo le trajo un poco de agua de una fuente que estaba cerca.
Jesús
le dio las gracias, y citó con este motivo un pasaje de los Profetas, que habla
de fuentes de agua viva, y esto le valió mil injurias y mil burlas de parte de
los fariseos.
Vi
a estos dos hombres, el que le hizo desatar las manos y el que le dio de beber,
ser favorecidos de una luz interior de la gracia. Se convirtieron antes de la
muerte de Jesús, y se juntaron con sus discípulos. Se volvieron a poner en
marcha y en todo el camino no cesaron de maltratar al Señor.
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