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La
Amarga Pasión de
Nuestro Señor Jesucristo
Ana
Catalina Emmerich
Jesús
en la cárcel
SÉPTIMO
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Jesús
estaba encerrado en un pequeño calabozo abovedado, del cual se conserva todavía
una parte. Dos de los cuatro alguaciles se quedaron con Él, pero pronto los
relevaron otros. Cuando el Salvador entró en la cárcel, pidió a su Padre
celestial que aceptara todos los malos tratamientos que había sufrido y que tenía
aún que sufrir, como un sacrificio expiatorio por sus verdugos y por todos los
hombres que, sufriendo iguales padecimientos, se dejaran llevar de la
impaciencia o de la cólera.
Los
verdugos no le dieron un solo instante de reposo. Lo ataron en medio del
calabozo a un pilar, y no le permitieron que se apoyara; de modo que apenas podía
tenerse sobre sus pies cansados, heridos e hinchados. No cesaron de insultarle y
de atormentarle, y cuando los dos de guardia estaban cansados, los relevaban
otros, que inventaban nuevas crueldades.
Puedo contar lo que esos hombres crueles hicieron sufrir al Santo de los Santos;
estoy muy mala, y estaba casi muerta a esta vista. ¡Ah! ¡qué vergonzoso es
para nosotros que nuestra flaqueza no pueda decir u oír sin repugnancia la
historia de los innumerables ultrajes que el Redentor ha padecido por nuestra
salvación! Nos sentimos penetrados de un horror igual al de un asesino obligado
a poner la mano sobre las heridas de su víctima.
Jesús lo sufrió todo sin abrir la boca; y eran los hombres, los pecadores, los
que derramaban su rabia sobre su Hermano, su Redentor y su Dios. Yo también soy
una pobre pecadora; yo también soy causa de su dolorosa pasión.
El día del juicio, cuando todo se manifieste, veremos todos la parte que hemos
tomado en el suplicio del Hijo de Dios por los pecados que no cesamos de
cometer, y que son una participación en los malos tratamientos que esos
miserables hicieron sufrir a Jesús.
En su prisión el Divino Salvador pedía sin cesar por sus verdugos; y como al
fin le dejaron un instante de reposo, lo vi recostado sobre el pilar, y
completamente rodeado de luz. El día comenzaba a alborear: era el día de su
Pasión, el día de nuestra redención; un tenue rayo de luz caía por el
respiradero del calabozo sobre nuestro Cordero pascual.
Jesús elevó sus manos atadas hacia la luz que venía, y dio gracias a su
Padre, en alta voz y de la manera más tierna, por el don de este día tan
deseado por los Patriarcas, por el cual Él mismo había suspirado con tanto
ardor desde la llegada a la tierra. Antes ya había dicho a sus discípulos:
"Debo ser bautizado con otro bautismo, y estoy en la impaciencia hasta que
se cumpla". He orado con Él, pero no puedo referir su oración; tan
abatida estaba.
Cuando
daba gracias por aquel terrible dolor que sufría también por mí, yo no podía
sino decir sin cesar: "¡Ah! Dadme, dadme vuestros dolores: ellos me
pertenecen, son el precio de mis pecados". Era un espectáculo que partía
el corazón verlo recibir así el primer rayo de luz del grande día de su
sacrificio. Parecía que ese rayo llegaba hasta Él como el verdugo que visita
al reo en la cárcel, para reconciliarse con él antes de la ejecución.
Los alguaciles, que se habían dormido un instante, despertaron y le miraron con
sorpresa, pero no le interrumpieron. Jesús estuvo poco más de una hora en esta
prisión. Entre tanto Judas, que había andado errante como un desesperado en el
valle de Hinón, se acercó al tribunal de Caifás. Tenía todavía colgadas de
su cintura las treinta monedas, precio de su traición. Preguntó a los guardias
de la casa, sin darse a conocer, qué harían con el Galileo. Ellos le dijeron:
"Ha sido condenado a muerte y será crucificado".
Judas se retiró detrás del edificio para no ser visto, pues huía de los
hombres como Caín, y la desesperación dominaba cada vez más a su alma.
Permaneció oculto en los alrededores, esperando la conclusión del juicio de la
mañana.
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Juicio
de la mañana
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Al amanecer, Caifás, Anás, los ancianos y los escribas se juntaron de
nuevo en la gran sala del tribunal, para pronunciar un juicio en forma, pues no
era legal el juzgar en la noche: podía haber sólo una instrucción
preparatoria, a causa de la urgencia.
La mayor parte de los miembros había pasado el resto de la noche en casa de
Caifás. La asamblea era numerosa, y había en todos sus movimientos mucha
agitación. Como querían condenar a Jesús a muerte, Nicodemus, José y algunos
otros se opusieron a sus enemigos, y pidieron que se difiriese el juicio hasta
después de la fiesta: hicieron presente que no se podía fundar un juicio sobre
las acusaciones presentadas ante el tribunal, porque todos los testigos se
contradecían.
Los príncipes de los sacerdotes y sus adeptos se irritaron y dieron a entender
claramente a los que contradecían, que siendo ellos mismos sospechosos de ser
favorables a las doctrinas del Galileo, les disgustaba ese juicio, porque los
comprendía también. Hasta quisieron excluir del Consejo a todos los que eran
favorables a Jesús; estos últimos, declarando que no tomarían ninguna parte
en todo lo que pudieran decidir, salieron de la sala y se retiraron al templo.
Desde aquel día no volvieron a entrar en el Consejo.
Caifás ordenó que trajeran a Jesús delante de los jueces, y que se preparasen
para conducirlo a Pilatos inmediatamente después del juicio. Los alguaciles se
precipitaron en tumulto a la cárcel, desataron las manos de Jesús, le ataron
cordeles al medio del cuerpo, y le condujeron a los jueces. Todo esto se hizo
precipitadamente y con una horrible brutalidad.
Caifás, lleno de rabia contra Jesús, le dijo: "Si tú eres el ungido por
Dios, si eres el Mesías, dínoslo". Jesús levantó la cabeza, y dijo con
una santa paciencia y grave solemnidad: "Si os lo digo, no me creeréis; y
si os interrogo, no me responderéis, ni me dejaréis marchar; pero desde ahora
el Hijo del hombre está sentado a la derecha del poder de Dios". Se
miraron entre ellos, y dijeron a Jesús: "¿Tú eres, pues, el Hijo de
Dios?". Jesús, con la voz de la verdad eterna, respondió: "Vos lo
decís: yo lo soy". Al oír esto, gritaron todos: "¿Para qué
queremos más pruebas? Hemos oído la blasfemia de su propia boca". Al
mismo tiempo prodigaban a Jesús palabras de desprecio: "¡Ese miserable,
decían, ese vagabundo, que quiere ser el Mesías y sentarse a la derecha de
Dios!".
Le mandaron atar de nuevo y poner una cadena al cuello, como hacían con los
condenados a muerte, para conducirlo a Pilatos. Habían enviado ya un mensajero
a éste para avisarle que estuviera pronto a juzgar a un criminal, porque debían
darse prisa a causa de la fiesta. Hablaban entre sí con indignación de la
necesidad que tenían de ir al gobernador romano para que ratificase la condena;
porque en las materias que no concernían a sus leyes religiosas y las del
templo, no podían ejecutar la sentencia de muerte sin su aprobación. Lo querían
hacer pasar por un enemigo del Emperador, y bajo este aspecto principalmente la
condenación pertenecería a la jurisdicción de Pilatos.
Los príncipes de los sacerdotes y una parte del Consejo iban delante; detrás,
el Salvador rodeado de soldados; el pueblo cerraba la marcha. En este orden
bajaron de Sión a la parte inferior de la ciudad, y se dirigieron al palacio de
Pilatos.
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Desesperación
de Judas
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Mientras conducían a Jesús a casa de Pilatos, el traidor Judas oyó lo
que se decía en el pueblo, y entendió palabras semejantes a éstas: "Lo
conducen ante Pilatos; el gran Consejo ha condenado al Galileo a muerte; tiene
una paciencia excesiva, no responde nada, ha dicho sólo que era el Mesías, y
que estaría sentado a la derecha de Dios; por eso le crucificarán; el malvado
que le ha vendido era su discípulo, y poco antes aún había comido con Él el
cordero pascual; yo no quisiera haber tomado parte en esa acción; que el
Galileo, sea lo que sea, al menos no ha conducido a la muerte a un amigo suyo
por el dinero: "¡verdaderamente ese miserable merecería ser
crucificado!".
Entonces la angustia, el remordimiento y la desesperación luchaban en el alma
de Judas. Huyó, corrió como un insensato hasta el templo, donde muchos
miembros del Consejo se habían reunido después del juicio de Jesús. Se
miraron atónitos, y con una risa de desprecio lanzaron una mirada altanera
sobre Judas, que, fuera de sí, arrancó de su cintura las treinta piezas, y
presentándoselas con la mano derecha, dijo con voz desesperada: "Tomad
vuestro dinero, con el cual me habéis hecho vender al Justo; tomad vuestro
dinero, y dejad a Jesús. Rompo nuestro pacto; he pecado vendiendo la sangre del
inocente".
Los sacerdotes le despreciaron; retiraron sus manos del dinero que les
presentaba, para no manchársela tocando la recompensa del traidor, y le
dijeron: "¡Qué nos importa que hayas pecado! Si crees haber vendido la
sangre inocente, es negocio tuyo; nosotros sabemos lo que hemos comprado, y lo
hallamos digno de muerte!". Estas palabras dieron a Judas tal rabia y tal
desesperación, que estaba como fuera de sí; los cabellos se le erizaron; rasgó
el cinturón donde estaban las monedas, las tiró en el templo, y huyó fuera
del pueblo.
Lo
vi correr como un insensato en el vale de Hinón. Satanás, bajo una forma
horrible, estaba a su lado, y le decía al oído, para llevarle a la desesperación,
ciertas maldiciones de los Profetas sobre este valle, donde los judíos habían
sacrificado sus hijos a los ídolos. Parecía que todas sus palabras lo
designaban, como por ejemplo: "Saldrán y verán los cadáveres de los que
han pecado contra mí, cuyos gusanos no morirán, cuyo fuego no se apagará".
Después repetía a sus oídos: "Caín ¿dónde está tu hermano Abel? ¿qué
has hecho? Su sangre me grita: eres maldito sobre la tierra, estás errante y
fugitivo".
Cuando llegó al torrente de Cedrón, y vio el monte de los Olivos, empezó a
temblar, volvió los ojos y oyó de nuevo estas palabras: "Amigo mío, ¿qué
vienes a hacer? ¡Judas, tú vendes al Hijo del hombre con un beso!".
Penetrado
de horror hasta el fondo de su alma, llegó al pie de la montaña de los Escándalos,
a un lugar pantanoso, lleno de escombros y de inmundicias. El ruido de la ciudad
llegaba de cuando en cuando a sus oídos con más fuerza, y Satanás le decía:
"Ahora le llevan a la muerte; tú le has vendido; ¿sabes tú lo que hay en
la ley? El que vendiere un alma entre sus hermanos los hijos de Israel, y
recibiere el precio, debe ser castigado con la muerte. ¡Acaba contigo,
miserable, acaba!". Entonces Judas, desesperado, tomó su cinturón y se
colgó de un árbol que crecía en un bajo y que tenía muchas ramas. Cuando se
hubo ahorcado, su cuerpo reventó, y sus entrañas se esparcieron por el suelo.
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Jesús
conducido
a presencia de Pilatos
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Condujeron al Salvador a Pilatos por en medio de la parte más
frecuentada de la ciudad. Caifás, Anás y muchos miembros del gran Consejo
marchaban delante con sus vestidos de fiesta; los seguían un gran número de
escribas y de judíos, entre los cuales estaban todos los falsos testigos y los
perversos fariseos que habían tomado la mayor parte de la acusación de Jesús.
A poca distancia seguía el Salvador, rodeado de soldados. Iba desfigurado por
los ultrajes de la noche, pálido, la cara ensangrentada; y las injurias y los
malos tratamientos continuaban sin cesar.
Habían reunido mucha gente, para aparentar su entrada del Domingo de Ramos. Lo
llamaban Rey, por burla; echaban delante de sus pies piedras, palos y pedazos de
trapos; se burlaban de mil maneras de su entrada triunfal.
Jesús debía probar en el camino cómo los amigos nos abandonan en la
desgracia; pues los habitantes de Ofel estaban juntos a la orilla del camino, y
cuando lo vieron en un estado de abatimiento, su fe se alteró, no pudiendo
representarse así al Rey, al Profeta, al Mesías, al Hijo de Dios.
Los fariseos
se burlaban de ellos a causa de su amor a Jesús, y les decían: "Ved a
vuestro Rey, saludadlo. ¿No le decís nada ahora que va a su coronación, antes
de subir al trono? Sus milagros se han acabado; el Sumo Sacerdote ha dado fin a
sus sortilegios"; y otros discursos de esta suerte.
Estas pobres gentes,
que habían recibido tantas gracias y tantos beneficios de Jesús, se resfriaron
con el terrible espectáculo que daban las personas más reverenciadas del país,
los príncipes, los sacerdotes y el Sanhedrín. Los mejores se retiraron,
dudando; los peores se juntaron al pueblo en cuanto les fue posible; pues los
fariseos habían puesto guardias para mantener algún orden.
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Eran
poco más o menos las seis de la mañana, según nuestro modo de contar, cuando
la tropa que conducía a Jesús llegó delante del palacio de Pilatos. Anás,
Caifás y los miembros del Consejo se pararon en los bancos que estaban entre la
plaza y la entrada del tribunal. Jesús fue arrastrado hasta la escalera de
Pilatos, quien estaba sobre una especie de azotea avanzada.
Cuando vio llegar a
Jesús en medio de un tumulto tan grande, se levantó y habló a los judíos con
aire de desprecio. "¿Qué venís a hacer tan temprano? ¿Cómo habéis
puesto a ese hombre en tal estado? ¿Comenzáis tan temprano a desollar vuestras
víctimas?". Ellos gritaron a los verdugos: "¡Adelante, conducidlo al
tribunal!"; y después respondieron a Pilatos: "Escuchad nuestras
acusaciones contra ese criminal. Nosotros no podemos entrar en el tribunal para
no volvernos impuros".
Los alguaciles hicieron subir a Jesús los escalones
de mármol, y lo condujeron así detrás de la azotea desde donde Pilatos
hablaba a los sacerdotes judíos. Pilatos había oído hablar mucho de Jesús.
Al verle tan horriblemente desfigurado por los malos tratamientos y conservando
siempre una admirable expresión de dignidad, su desprecio hacia los príncipes
de los sacerdotes se redobló; les dio a entender que no estaba dispuesto a
condenar a Jesús sin pruebas, y les dijo con tono imperioso: "¿De qué
acusáis a este hombre?". Ellos le respondieron: "Si no fuera un
malhechor, no os lo hubiéramos presentado". - "Tomadle, replicó
Pilatos, y juzgadle según vuestra ley". Los judíos dijeron: "Vos sabéis
que nuestros derechos son muy limitados en materia de pena capital".
Los
enemigos de Jesús estaban llenos de violencia y de precipitación; querían
acabar con Jesús antes del tiempo legal de la fiesta, para poder sacrificar el
Cordero pascual. No sabían que el verdadero Cordero pascual era el que habían
conducido al tribunal del juez idólatra, en el cual temían contaminarse.
Cuando el gobernador les mandó que presentasen sus acusaciones, lo hicieron de
tres principales, apoyada cada una por diez testigos, y se esforzaron, sobre
todo, en hacer ver a Pilatos que Jesús había violado los derechos del
Emperador.
Le acusaron primero de ser un seductor del pueblo, que perturbaba la
paz pública y excitaba a la sedición, y presentaron algunos testimonios. Añadieron
que seducía al pueblo con horribles doctrinas, que decía que debían comer su
carne y beber su sangre para alcanzar la vida eterna. Pilatos miró a sus
oficiales sonriéndose, y dirigió a los judíos estas palabras picantes:
"Parece que vosotros queréis seguir también su doctrina y alcanzar la
vida eterna, pues queréis comer su carne y beber su sangre".
La segunda
acusación era que Jesús excitaba al pueblo, a no pagar el tributo al
Emperador. Aquí Pilatos, lleno de cólera, los interrumpió con el tono de un
hombre encargado especialmente de esto, y les dijo: "Es un grandísimo
embuste; yo debo saber eso mejor que vosotros". Entonces los judíos
pasaron a la tercera acusación.
"Este
hombre oscuro, de baja extracción, se ha hecho un gran partido, se ha hecho dar
los honores reales; pues ha enseñado que era el Cristo, el ungido del Señor,
el Mesías, el Rey prometido a los judíos, y se hace llamar así". Esto
fue también apoyado por diez testigos.
Cuando dijeron que Jesús se hacía
llamar el Cristo, el Rey de los judíos, Pilatos pareció pensativo. Fue desde
la azotea a la sala del tribunal que estaba al lado, echó al pasar una mirada
atenta sobre Jesús, y mandó a los guardias que se lo condujeran a la sala.
Pilatos era un pagano supersticioso, de un espíritu ligero y fácil de
perturbar. No ignoraba que los Profetas de los judíos les habían anunciado,
desde mucho tiempo, un ungido del Señor, un Rey libertador y Redentor, y que
muchos judíos lo esperaban. Pero no creía tales tradiciones sobre un Mesías,
y si hubiese querido formarse una idea de ellas, se hubiera figurado un Rey
victorioso y poderoso, como lo hacían los judíos instruidos de su tiempo y los
herodianos. Por eso le pareció tan ridículo que acusaran a aquel hombre, que
se le presentaba en tal estado de abatimiento, de haberse tenido por ese Mesías
y por ese Rey. Pero como los enemigos de Jesús habían presentado esto como un
ataque a los derechos del Emperador, mandó traer al Salvador a su presencia
para interrogarle.
Pilatos miró a Jesús con admiración, y le dijo: "¿Tú
eres, pues, el Rey de los judíos?". Y Jesús respondió: "¿Lo dices
tú por ti mismo, o porque otros te lo han dicho de mí?". Pilatos, picado
de que Jesús pudiera creerle bastante extravagante para hacer por sí mismo una
pregunta tan rara, le dijo: "¿Soy yo acaso judío para ocuparme de
semejantes necedades? Tu pueblo y sus sacerdotes te han entregado a mis manos,
porque has merecido la muerte. Dime lo que has hecho". Jesús le dijo con
majestad: "Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuese de este mundo,
yo tendría servidores que combatirían por mí, para no dejarme caer en las
manos de los judíos; pero mi reino no es de este mundo".
Pilatos se sintió
perturbado con estas graves palabras y le dijo con tono más serio: "¿Tú
eres Rey?". Jesús respondió: "Como tú lo dices, yo soy Rey. He
nacido y he venido a este mundo para dar testimonio de la verdad. El que es de
la verdad, escucha mi voz". Pilatos le miró, y dijo, levantándose: "¡La
verdad! ¿Qué es la verdad?". Hubo otras palabras, de que no me acuerdo
bien.
Pilatos volvió a la azotea: no podía comprender a Jesús; pero veía
bien que no era un rey que pudiera dañar al Emperador, pues no quería ningún
reino de este mundo. Y el Emperador se inquietaba poco por los reinos del otro
mundo. Y así gritó a los príncipes de los sacerdotes desde lo alto de la
azotea: "No hallo ningún crimen en este hombre".
Los enemigos de Jesús
se irritaron, y por todas partes salió un torrente de acusaciones contra Él.
Pero el Salvador estaba silencioso, y oraba por los pobres hombres; y cuando
Pilatos se volvió hacia Él, diciéndole: "¿No respondes nada a esas
acusaciones?", Jesús no dijo una palabra. De modo que Pilatos,
sorprendido, le volvió a decir: "Yo veo bien que no dicen más que
mentiras contra ti". Pero los acusadores continuaron hablando con furor, y
dijeron: "¡Cómo!, ¿no halláis crimen contra Él? ¿Acaso no es un
crimen el sublevar al pueblo y extender su doctrina en todo el país, desde la
Galilea hasta aquí?".
Al oír la palabra Galilea, Pilatos reflexionó un
instante, y dijo: "¿Este hombre es Galileo y súbdito de Herodes?".
"Sí - respondieron ellos -: sus padres han vivido en Nazareth, y su
habitación actual es Cafarnaum". "Si es súbdito de Herodes - replicó
Pilatos - conducidlo delante de él: ha venido aquí para la fiesta, y puede
juzgarle". Entonces mandó conducir a Jesús fuera del tribunal, y envió
un oficial a Herodes para avisarle que le iban a presentar a Jesús de Nazareth,
súbdito suyo.
Pilatos, muy satisfecho con evitar así la obligación de juzgar
a Jesús, deseaba por otra parte hacer una fineza a Herodes, quien estaba reñido
con él, y quería ver a Jesús. Los enemigos del Salvador, furiosos de ver que
Pilatos los echaba así en presencia de todo el pueblo, hicieron recaer su
rencor sobre Jesús. Lo ataron de nuevo, y lo arrastraron, llenándolo de
insultos y de golpes en medio de la multitud que cubría la plaza hasta el
palacio de Herodes.
Algunos soldados romanos se habían juntado a la escolta. Claudia Procla, mujer
de Pilatos, le mandó a decir que deseaba muchísimo hablarle; y mientras
conducían a Jesús a casa de Herodes, subió secretamente a una galería
elevada, y miraba la escolta con mucha agitación y angustia.
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Origen
del Vía Crucis
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Durante esta discusión, la Madre de Jesús, Magdalena y Juan estuvieron
en una esquina de la plaza, mirando y escuchando con un profundo dolor. Cuando
Jesús fue conducido a Herodes, Juan acompañó a la Virgen y a Magdalena por
todo el camino que había seguido Jesús.
Así volvieron a casa de Caifás, a
casa de Anás, a Ofel, a Getsemaní, al jardín de los Olivos, y en todos los
sitios, donde el Señor se había caído o había sufrido, se paraban en
silencio, lloraban y sufrían con Él. La Virgen se prosternó más de una vez,
y besó la tierra en los sitios en donde Jesús se había caído.
Este
fue el principio del Vía Crucis y de los honores rendidos a la Pasión de Jesús,
aun antes de que se cumpliera. La meditación de la Iglesia sobre los dolores de
su Redentor comenzó en la flor más santa de la humanidad, en la Madre virginal
del Hijo del hombre.
La Virgen pura y sin mancha consagró para la Iglesia el Vía
Crucis, para recoger en todos los sitios, como piedras preciosas, los
inagotables méritos de Jesucristo; para recogerlos como flores sobre el camino
y ofrecerlos a su Padre celestial por todos los que tienen fe.
El dolor había
puesto a Magdalena como fuera de sí. Su arrepentimiento y su gratitud no tenían
límites, y cuando quería elevar hacia Él su amor, como el humo del incienso,
veía a Jesús maltratado, conducido a la muerte, a causa de sus culpas, que había
tomado sobre sí. Entonces sus pecados la penetraban de horror, su alma se le
partía, y todos esos sentimientos se expresaban en su conducta, en sus palabras
y en sus movimientos.
Juan amaba y sufría. Conducía por la primera vez a la
Madre de Dios por el camino de la cruz, donde la Iglesia debía seguirla, y el
porvenir se le aparecía.
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