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La
Amarga Pasión de
Nuestro Señor Jesucristo
Ana
Catalina Emmerich
Jesús
delante de Anás
SEXTO
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Anás y Caifás habían
recibido inmediatamente el aviso de la prisión de Jesús, y en su casa estaba
todo en movimiento. Los mensajeros corrían por el pueblo para convocar los
miembros del Consejo, los escribas y todos los que debían tomar parte en el
juicio.
Toda la multitud de los enemigos de Jesús iba al tribunal de Caifás,
conducida por los fariseos y los escribas de Jerusalén, a los cuales se
juntaban muchos de los vendedores, echados del templo por Jesús, muchos
doctores orgullosos, a los cuales había cerrado la boca en presencia del pueblo
y otros muchos instrumentos de Satanás, llenos de rabia interior contra toda
santidad, y por consecuencia contra el Santo de los santos.
Esta escoria del
pueblo judío fue puesta en movimiento y excitada por alguno de los principales
enemigos de Jesús, y corría por todas partes al palacio de Caifás, para
acusar falsamente de todos los crímenes al verdadero Cordero sin mancha, que
lleva los pecados del mundo, y para mancharlo con sus obras, que, en efecto, ha
tomado sobre sí y expiado.
Mientras que esta turba impura se agitaba, mucha
gente piadosa y amigos de Jesús, tristes y afligidos, pues no sabían el
misterio que se iba a cumplir, andaban errantes acá y allá, y escuchaban y gemían.
Otras personas bien intencionadas, pero débiles e indecisas, se escandalizaban,
caían en tentación, y vacilaban en su convicción. El número de los que
perseveraba era pequeño.
Entonces sucedía lo que hoy sucede: se quiere ser
buen cristiano cuando no se disgusta a los hombres, pero se avergüenza de la
cruz cuando el mundo la ve con mal ojo. Sin embargo, hubo muchos cuyo corazón
fue movido por la paciencia del Salvador en medio de tantas crueldades y que se
retiraron silenciosos y desmayados.
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A media noche Jesús fue introducido en el palacio de Anás, y
lo llevaron a una sala muy grande. Enfrente de la entrada estaba sentado Anás,
rodeado de veintiocho consejeros. Su silla estaba elevada del suelo por algunos
escalones.
Jesús, rodeado aún de una parte de los soldados que lo habían
arrestado, fue arrastrado por los alguaciles hasta los primeros escalones. El
resto de la sala estaba lleno de soldados, de populacho, de criados de Anás, de
falsos testigos, que fueron después a casa de Caifás. Anás esperaba con
impaciencia la llegada del Salvador Estaba lleno de odio y animado de una alegría
cruel.
Presidía un tribunal, encargado de vigilar la pureza de la doctrina, y
de acusar delante de los príncipes de los sacerdotes a los que la infrigían.
Vi al divino Salvador delante de Anás, pálido, desfigurado, silencioso, con la
cabeza baja. Los alguaciles tenían la punta de las cuerdas que apretaban sus
manos.
Anás,
viejo, flaco y seco, de barba clara, lleno de insolencia y orgullo, se sentó
con una sonrisa irónica, haciendo como que nada sabía y que extrañaba que Jesús
fuese el preso que le habían anunciado.
He aquí lo que dijo a Jesús, o a lo
menos el sentido de sus palabras: "¿Cómo, Jesús de Nazareth? Pues ¿dónde
están tus discípulos y tus numerosos partidarios? ¿dónde está tu reino? Me
parece que las cosas no se han vuelto como tú creías; han visto que ya bastaba
de insultos a Dios y a los sacerdotes, de violaciones de sábado. ¿Quiénes son
tus discípulos? ¿dónde están? ¿Callas? ¡Habla, pues, agitador, seductor!
¿No has comido el cordero pascual de un modo inusitado, en un tiempo y en un
sitio adonde no debías hacerlo? ¿Quieres tú introducir una nueva doctrina? ¿Quién
te ha dado derecho para enseñar? ¿Dónde has estudiado? Habla, ¿cuál es tu
doctrina?".
Entonces Jesús levantó su cabeza cansada, miró a Anás, y
dijo: "He hablado en público, delante de todo el mundo: he enseñado
siempre en el templo y en las sinagogas, adonde se juntan los judíos. Jamás he
dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas? Pregunta a los que me han oído
lo que les he dicho. Mira
a tu alrededor; ellos saben lo que he dicho".
A estas palabras de Jesús,
el rostro de Anás expresó el resentimiento y el furor. Un infame ministro que
estaba cerca de Jesús lo advirtió; y el miserable pegó con su mano cubierta
de un guante de hierro, una bofetada en el rostro del Señor, diciendo: "¿Así
respondes al Sumo Pontífice?".
Jesús,
empujado por la violencia del golpe, cayó de un lado sobre los escalones, y la
sangre corrió por su cara. La sala se llenó de murmullos, de risotadas y de
ultrajes.
Levantaron
a Jesús, maltratándolo, y el Señor dijo tranquilamente: "Si he hablado
mal, dime en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?".
Exasperado Anás por la tranquilidad de Jesús, mandó a todos los que estaban
presentes que dijeran lo que le habían oído decir. Entonces se levantó una
explosión de clamores confusos y de groseras imprecaciones. "Ha dicho que
era rey; que Dios era su padre; que los fariseos eran unos adúlteros; subleva
al pueblo; cura, en nombre del diablo, el sábado; los habitantes de Ofel le
rodeaban con furor, le llaman su Salvador y su Profeta; se deja nombrar Hijo de
Dios; se dice enviado por Dios; no observa los ayunos; come con los impuros, los
paganos, los publicanos y los pecadores".
Todos estos cargos los hacían a
la vez: los acusadores venían a echárselos en cara, mezclándolos con las más
groseras injurias, y los alguaciles le pegaban y le empujaban, diciéndole que
respondiera. Anás y sus consejeros añadían mil burlas a estos ultrajes, y le
decían: "¡Esa es tu doctrina! ¿Qué respondes? ¿Qué especie de Rey
eres tu? Has dicho que eres más que Salomón. No tengas cuidado, no te rehusaré
más tiempo el título de tu dignidad real".
Entonces Anás pidió una
especie de cartel, de una vara de largo y tres dedos de ancho; escribió en él
una serie de grandes letras, cada una indicando una acusación contra el Señor.
Después lo envolvió, y lo metió en una calabacita vacía, que tapó con
cuidado y ató después a una caña. Se la presentó a Jesús, diciéndole con
ironía: "Este es el cetro de tu reino: ahí están reunidos tus títulos,
tus dignidades y tus derechos. Llévalos al Sumo Sacerdote para que conozca tu
misión y te trate según tu dignidad. Que le aten las manos a ese Rey, y que lo
lleven delante del Sumo Sacerdote".
Ataron de nuevo las manos a Jesús;
sujetaron también con ello el simulacro del cetro, que contenía las
acusaciones de Anás; y condujeron a Jesús a casa de Caifás, en medio de la
risa, de las injurias y de los malos tratamientos de la multitud. La casa de Anás
estaría a trescientos pasos de la de Caifás. El camino, que era a lo largo de
paredes y de pequeños edificios dependientes del tribunal del Sumo Pontífice,
estaba alumbrado con faroles y cubierto de judíos, que vociferaban y se
agitaban.
Los soldados podían apenas abrir por medio de la multitud. Los que
habían ultrajado a Jesús en casa de Anás repetían sus ultrajes delante del
pueblo; y el Salvador fue injuriado y maltratado todo el camino. Vi hombres
armados rechazar algunos grupos que parecían comparecer al Señor, dar dinero a
los que se distinguían por su brutalidad con Jesús y dejarlos entrar en el
patio de Caifás.
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Jesús
delante de Caifás
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Para llegar al tribunal de Caifás se atraviesa un primer
patio exterior, después se entra en otro patio, que rodea todo el edificio. La
casa tiene doble de largo que de ancho. Delante hay una especie de vestíbulo
descubierto, rodeado de tres órdenes de columnas, formando galerías cubiertas.
Jesús fue introducido en el vestíbulo en medio de los clamores, de las
injurias y de los golpes.
Apenas estuvo en presencia del Consejo, cuando Caifás
exclamó: "¡Ya estás aquí, enemigo de Dios, que llenas de agitación
esta santa noche!". La calabaza que contenía las acusaciones de Anás fue
desatada del cetro ridículo puesto entre las manos de Jesús.
Después que las
leyeron, Caifás con más ira que Anás, hacía una porción de preguntas a Jesús,
que estaba tranquilo, paciente, con los ojos mirando al suelo. Los alguaciles
querían obligarle a hablar, lo empujaban, le pegaban, y un perverso le puso el
dedo pulgar con fuerza en la boca, diciéndole que mordiera.
Pronto comenzó la
audiencia de los testigos, y el populacho excitado daba gritos tumultuosos, y se
oía hablar a los mayores enemigos de Dios, entre los fariseos y los saduceos
reunidos en Jerusalén de todos los puntos del país. Repetían las acusaciones
a que Él había respondido mil veces: "Que curaba a los enfermos y echaba
a los demonios por arte de éstos, que violaba el Sábado, que sublevaba al
pueblo, que llamaba a los fariseos raza de víboras y adúlteros, que había
predicho la destrucción de Jerusalén, frecuentaba a los publicanos y los
pecadores, que se hacía llamar Rey, Profeta, Hijo de Dios; que hablaba siempre
de su Reino, que desechaba el divorcio, que se llamaba Pan de vida".
Así
sus palabras, sus instrucciones y sus parábolas eran desfiguradas, mezcladas
con injurias, y presentadas como crímenes. Pero todos se contradecían, se perdían
en sus relatos y no podían establecer ninguna acusación bien fundada.
Los
testigos comparecían más bien para decirle injurias en su presencia que para
citar hechos. Se disputaban entre ellos, y Caifás aseguraba muchas veces que la
confusión que reinaba en las deposiciones de los testigos era efecto de sus
hechizos. Algunos dijeron que había comido la Pascua la víspera, que era
contra la ley y que el año anterior había ya hecho innovaciones en la
ceremonia. Pero los testigos se contradijeron tanto, que Caifás y los suyos
estaban llenos de vergüenza y de rabia al ver que no podían justificar nada
que tuviera algún fundamento.
Nicodemus y José de Arimatea fueron citados a
explicar sobre que había comido la pascua en una sala perteneciente a uno de
ellos, y probaron, con escritos antiguos, que de tiempo inmemorial los galileos
tenían el permiso de comer la Pascua un día antes.
Al fin, se presentaron
otros dos diciendo: "Jesús ha dicho: Yo derribaré el templo edificado por
las manos de los hombres y en tres días reedificaré uno que no estará hecho
por mano de los hombres".
No
estaban éstos tampoco acordes. Caifás, lleno de cólera, exasperado por los
discursos contradictorios de los testigos, se levantó, bajó los escalones, y
dijo: "Jesús: ¿No respondes tú nada a ese testimonio?". Estaba muy
irritado porque Jesús no lo miraba. Entonces los alguaciles, asiéndolo por los
cabellos, le echaron la cabeza atrás y le pegaron puñadas bajo la barba; pero
sus ojos no se levantaron.
Caifás elevó las manos con viveza, y dijo en tono
de enfado: "Yo te conjuro por el Dios vivo que nos digas si eres el Cristo,
el Mesías, el Hijo de Dios". Había un profundo silencio, y Jesús, con
una voz llena de majestad indecible, con la voz del Verbo Eterno, dijo: "Yo
lo soy, tú lo has dicho. Y yo os digo que veréis al Hijo del hombre sentado a
la derecha de la Majestad Divina, viniendo sobre las nubes del cielo".
Mientras Jesús decía estas palabras, yo le vi resplandeciente: el cielo estaba
abierto sobre Él, y en una intuición que no puedo expresar, vi a Dios Padre
Todopoderoso; vi también a los ángeles, y la oración de los justos que subía
hasta su Trono.
Debajo de Caifás vi el infierno como una esfera de fuego,
oscura, llena de horribles figuras. Él estaba encima, y parecía separado sólo
por una gasa. Vi toda la rabia de los demonios concentrada en él. Toda la casa
me pareció un infierno salido de la tierra.
Cuando el Señor declaró
solemnemente que era el Cristo, Hijo de Dios, el infierno tembló delante de Él,
y después vomitó todos sus furores en aquella casa. Caifás asió el borde de
su capa, lo rasgó con ruido, diciendo en alta voz: "¡Has blasfemado! ¿Para
qué necesitamos testigos? ¡Habéis oído? Él blasfema: ¿cuál es vuestra
sentencia?".
Entonces
todos los asistentes gritaron con una voz terrible: "¡Es digno de muerte!
¡Es digno de muerte!". Durante esta horrible gritería, el furor del
infierno llegó a lo sumo.
Parecía
que las tinieblas celebraban su triunfo sobre la luz. Todos los circunstantes
que conservaban algo bueno fueron penetrados de tan horror que muchos se
cubrieron la cabeza y se fueron. Los testigos más ilustres salieron de la sala
con la conciencia agitada. Los otros se colocaron en el vestíbulo alrededor del
fuego, donde les dieron dinero, de comer y de beber.
El Sumo Sacerdote dijo a
los alguaciles: "Os entrego este Rey; rendid al blasfemo los honores que
merece". Enseguida se retiró con los miembros del Consejo a otra sala
donde no se le podía ver desde el vestíbulo.
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Cuando Caifás salió de la sala del tribunal, con los
miembros del Consejo, una multitud de miserables se precipitó sobre Nuestro Señor,
como un enjambre de avispas irritadas. Ya durante el interrogatorio de los
testigos, toda aquella chusma le había escupido, abofeteado, pegado con palos y
pinchado con agujas. Ahora, entregados sin freno a su rabia insana, le ponían
sobre la cabeza coronas de paja y de corteza de árbol y decían: "Ved aquí
al hijo de David con la corona de su padre. Es el Rey que da una comida de boda
para su hijo".
Así se burlaban de las verdades eternas, que Él presentaba
en parábolas a los hombres que venía a salvar; y no cesaban de golpearle con
los puños o con palos. Le taparon los ojos con un trapo asqueroso, y le
pegaban, diciendo: "Gran Profeta, adivina quién te ha pegado". Jesús
no abría la boca; pedía por ellos interiormente y suspiraba.
Vi que todo
estaba lleno de figuras diabólicas; era todo tenebroso, desordenado y horrendo.
Pero también vi con frecuencia una luz alrededor de Jesús, desde que había
dicho que era el Hijo de Dios. Muchos de los circunstantes parecían tener un
presentimiento de ello, más o menos confuso; sentían con inquietud que todas
las ignominias, todos los insultos no podían hacerle perder su indecible
majestad. La luz que rodeaba a Jesús parecía redoblar el furor de sus ciegos
enemigos.
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Negación
de Pedro
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Pedro y Juan que habían seguido a Jesús de lejos, lograron
entrar en el tribunal de Caifás. Ya no tuvieron fuerzas para contemplar en
silencio las crueldades e ignominias que su Maestro tuvo que sufrir. Juan fue a
juntarse con la Madre de Jesús, que en estos momentos se hallaba en casa de
Marta.
Pedro estaba silencioso; pero su silencio mismo y su tristeza lo hacían
sospechoso. La portera se acercó, y oyendo hablar de Jesús y de sus discípulos,
miró a Pedro con descaro, y le dijo: "Tú eres también discípulo del
Galileo". Pedro, asustado, inquieto y temiendo ser maltratado por aquellos
hombres groseros, respondió: "Mujer, no le conozco; no sé lo que quieres
decir". Entonces se levantó y queriendo deshacerse de aquella compañía,
salió del vestíbulo. Era el momento en que el gallo cantaba la primera vez.
Al
salir, otra criada le miró, y dijo: "Este también se ha visto con Jesús
de Nazareth"; y los que estaban a su lado preguntaron: "¿No eras tú
uno de sus discípulos?". Pedro, asustado, hizo nuevas protestas, y contestó:
"En verdad, yo no era su discípulo; no conozco a ese hombre". Atravesó
el primer patio, y vino al del exterior.
Ya no podía hallar reposo, y su amor a
Jesús lo llevó de nuevo al patio interior que rodea el edificio. Mas como oía
decir a algunos: "¿Quién es ese hombre?", se acercó a la lumbre,
donde se sentó un rato. Algunas personas que habían observado su agitación se
pusieron a hablarle de Jesús en términos injuriosos. Una de ellas le dijo:
"Tú eres uno de sus partidarios; tú eres Galileo; tu acento te hace
conocer". Pedro procuraba retirarse; pero un hermano de Malco, acercándose
a él le dijo: "¿No eres tú el que yo he visto con ellos en el jardín de
las Olivas, y que ha cortado la oreja de mi hermano?".
Pedro, en su
ansiedad, perdió casi el uso de la razón: se puso a jurar que no conocía a
ese hombre, y corrió fuera del vestíbulo al patio interior. Entonces el gallo
cantó por segunda vez, y Jesús, conducido a la prisión por medio del patio,
se volvió a mirarle con dolor y compasión. Las palabras de Jesús: "Antes
que el gallo cante dos veces, me has de negar tres", le vinieron a la
memoria con una fuerza terrible.
En aquel instante sintió cuán enorme era su
culpa, y su corazón se partió. Había negado a su Maestro cuando estaba
cubierto de ultrajes, entregado a jueces inicuos, paciente y silencioso en medio
de los tormentos. Penetrado de arrepentimiento, volvió al patio exterior con la
cabeza cubierta y llorando amargamente. Ya no temía que le interpelaran: ahora
hubiera dicho a todo el mundo quién y cuán culpable era.
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María
en casa de Caifás
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La Virgen Santísima, hallándose constantemente en comunicación
espiritual con Jesús, sabía todo lo que le sucedía, y sufría con Él. Estaba
como Él en oración continua por sus verdugos; pero su corazón materno clamaba
también a Dios, para que no dejara cumplirse este crimen, y que apartara esos
dolores de su Santísimo Hijo.
Tenía un vivo deseo de acercarse a Jesús, y
pidió a Juan que la condujera cerca del sitio donde Jesús sufría. Juan, que
no había dejado a su divino Maestro más que para consolar a la que estaba más
cerca de su corazón después de Él, condujo a las santas mujeres a través de
las calles, alumbradas por el resplandor de la luna. Iban con la cabeza
cubierta; pero sus sollozos atrajeron sobre ellas la atención de algunos
grupos, y tuvieron que oír palabras injuriosas contra el Salvador.
La Madre de
Jesús contemplaba interiormente el suplicio de su Hijo, y lo conservaba en su
corazón como todo lo demás, sufriendo en silencio como Él. Al llegar a la
casa de Caifás, atravesó el patio exterior y se detuvo a la entrada del
interior, esperando que le abrieran la puerta. Esta se abrió, y Pedro se
precipitó afuera, llorando amargamente.
María
le dijo: "Simón, ¿qué ha sido de Jesús, mi Hijo?". Estas palabras
penetraron hasta lo íntimo de su alma. No pudo resistir su mirada; pero María
se fue a él, y le dijo con profunda tristeza: "Simón, ¿no me
respondes?". Entonces Pedro exclamó, llorando: "¡Oh Madre, no me
hables! Lo han condenado a muerte, y yo le he negado tres veces
vergonzosamente". Juan se acercó para hablarle; pero Pedro, como fuera de
sí, huyó del patio y se fue a la caverna del monte de los Olivos.
La Virgen
Santísima tenía el corazón destrozado. Juan la condujo delante del sitio
donde el Señor estaba encerrado. María estaba en espíritu con Jesús; quería
oír los suspiros de su Hijo y los oyó con las injurias de los que le rodeaban.
Las santas mujeres no podían estar allí mucho tiempo sin ser vistas; Magdalena
mostraba una desesperación demasiado exterior y muy violenta; y aunque la
Virgen en lo más profundo de su dolor conservaba una dignidad y un silencio
extraordinario, sin embargo, al oír estas crueles palabras: "¿No es la
madre del Galileo? Su hijo será ciertamente crucificado; pero no antes de la
fiesta, a no ser que sea el mayor de los criminales"; Juan y las santas
mujeres tuvieron que llevarla más muerta que viva. La gente no dijo nada, y
guardó un extraño silencio: parecía que un espíritu celestial había
atravesado aquel infierno.
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