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La
Amarga Pasión de
Nuestro Señor Jesucristo
Ana
Catalina Emmerich
Eclipse
de sol - Segunda y tercera palabras de Jesús
UNDÉCIMO
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Cuando Pilatos pronunció la inicua sentencia, cayó un
poco de granizo; después el Cielo se aclaró hasta las doce, en que vino una
niebla colorada que oscureció el sol: a la sexta hora, según el modo de contar
de los judíos, que corresponde a las doce y media, hubo un eclipse milagroso
del sol.
Yo vi cómo sucedió, mas no encuentro palabras para expresarlo. Primero fui
transportada como fuera de la tierra: veía las divisiones del cielo y el camino
de los astros, que se cruzaban de un modo maravilloso; vi la luna a un lado de
la tierra, huyendo con rapidez, como un globo de fuego. Enseguida me hallé en
Jerusalén, y vi otra vez la luna aparecer llena y pálida sobre el monte de los
Olivos; vino del Oriente con gran rapidez, y se puso delante del sol oscurecido
con la niebla.
Al lado occidental del sol vi un cuerpo oscuro que parecía una montaña y que
lo cubrió enteramente. El disco de este cuerpo era de un amarillo oscuro, y
estaba rodeado de un círculo de fuego, semejante a un anillo de hierro hecho
ascua. El cielo se oscureció, y las estrellas aparecieron despidiendo una luz
ensangrentada.
Un terror general se apoderó de los hombres y de los animales: los que
injuriaban a Jesús bajaron la voz. Muchos se daban golpes de pecho, diciendo:
"¡Que la sangre caiga sobre sus verdugos!". Otros de cerca y de
lejos, se arrodillaron pidiendo perdón, y Jesús, en medio de sus dolores,
volvió los ojos hacia ellos. Las tinieblas se aumentaban, y la cruz fue
abandonada de todos, excepto de María y de los caros amigos del Salvador. Dimas
levantó la cabeza hacia Jesús, y con una humilde esperanza, le dijo: "¡Señor,
acordaos de mí cuando estéis en vuestro reino!".
Jesús
le respondió: "En verdad te lo digo; hoy estarás conmigo en el Paraíso".
María pedía interiormente que Jesús la dejara morir con Él. El Salvador la
miró con una ternura inefable, y volviendo los ojos hacia Juan, dijo a María:
"Mujer, este es tu hijo". Después dijo a Juan: "Esta es tu
Madre". Juan besó respetuosamente el pie de la cruz del Redentor.
La Virgen Santísima se sintió acabada de dolor, pensando que el momento se
acercaba en que su divino Hijo debía separarse de ella. No sé si Jesús
pronunció expresamente todas estas palabras; pero yo sentí interiormente que
daba a María por Madre a Juan, y a Juan por hijo a María. En tales visiones se
perciben muchas cosas, y con gran claridad que no se hallan escritas en los
Santos Evangelios.
Entonces
no parece extraño que Jesús, dirigiéndose a la Virgen, no la llame Madre mía,
sino Mujer; porque aparece como la mujer por excelencia, que debe pisar la
cabeza de la serpiente, sobre todo, en este momento en el que se cumple esta
promesa por la muerte de su Hijo.
También se comprende muy claramente que, dándola por Madre a Juan, la da por
Madre a todos los que creen en su nombre y se hacen hijos de Dios. Se comprende
también que la más pura, la más humilde, la más obediente de las mujeres,
que habiendo dicho al ángel: "Ved aquí la esclava del Señor, hágase en
mí según tu palabra", se hizo Madre del Verbo hecho hombre: oyendo la voz
de su Hijo moribundo obedece y consiente en ser la Madre espiritual de otro
hijo, repitiendo en su corazón estas mismas palabras con una humilde
obediencia, y adopta por hijos suyos a todos los hijos de Dios, a todos los
hermanos de Jesucristo.
Es más fácil sentir todo esto por la gracia de Dios, que expresarlo con
palabras, y entonces me acuerdo de lo que me había dicho una vez el Padre
celestial: "Todo está revelado a los hijos de la Iglesia que creen, que
esperan y que aman".
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Estado
de la ciudad y del templo - Cuarta palabra de Jesús
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Era poco más o menos la una y media; fui
transportada a la ciudad para ver lo que pasaba. La hallé llena de agitación y
de inquietud; las calles estaban oscurecidas por una niebla espesa; los hombres,
tendidos por el suelo con la cabeza cubierta; unos se daban golpes de pecho, y
otros subían a los tejados, mirando al cielo y se lamentaban.
Los
animales aullaban y se escondían; las aves volaban bajo y se caían. Pilatos
mandó venir a su palacio a los judíos más ancianos, y les preguntó qué
significaban aquellas tinieblas; les dijo que él las miraba como un signo
espantoso, que su Dios estaba irritado contra ellos, porque habían perseguido
de muerte al Galileo, que era ciertamente su Profeta y su Rey; que él se había
lavado las manos; que era inocente de esa muerte; mas ellos persistieron en su
endurecimiento, atribuyendo todo lo que pasaba a causas que no tenían nada de
sobrenatural.
Sin embargo, mucha gente se convirtió, y también todos aquellos soldados que
presenciaron la prisión de Jesús en el monte de los Olivos, que entonces
cayeron y se levantaron.
La multitud se reunía delante de la casa de Pilatos, y en el mismo sitio en que
por la mañana habían gritado: "¡Que muera! ¡que sea crucificado!",
ahora gritaba: "¡Muera el juez inicuo! ¡que su sangre recaiga sobre sus
verdugos!".
El terror y la angustia llegaban a su colmo en el templo. Se ocupaban en la
inmolación del cordero pascual, cuando de pronto anocheció. Los príncipes de
los sacerdotes se esforzaron en mantener el orden y la tranquilidad, encendieron
todas las lámparas; pero el desorden aumentaba cada vez más. Yo vi a Anás,
aterrorizado, correr de un rincón a otro para esconderse. Cuando me encaminé
para salir de la ciudad, los enrejados de las ventanas temblaban, y sin embargo
no había tormenta. Entretanto la tranquilidad reinaba alrededor de la cruz.
El
Salvador estaba absorto en el sentimiento de un profundo abandono; se dirigió a
su Padre celestial, pidiéndole con amor por sus enemigos. Sufría todo lo que
sufre un hombre afligido, lleno de angustias, abandonado de toda consolación
divina y humana, cuando la fe, la esperanza y la caridad se hallan privadas de
toda luz y de toda asistencia sensible en el desierto de la tentación, y solas
en medio de un padecimiento infinito.
Este dolor no se puede expresar.
Entonces fue cuando Jesús nos alcanzó la fuerza de resistir a los mayores
terrores del abandono, cuando todas las afecciones que nos unen a este mundo y a
esta vida terrestre se rompen, y que al mismo tiempo el sentimiento de la otra
vida se oscurece y se apaga: nosotros no podemos salir victoriosos de esta
prueba sino uniendo nuestro abandono a los méritos del suyo sobre la cruz.
Jesús ofreció por nosotros su misericordia, su pobreza, sus padecimientos y su
abandono: por eso el hombre, unido a Él en el seno de la Iglesia, no debe
desesperar en la hora suprema, cuando todo se oscurece, cuando toda luz y toda
consolación desaparecen.
Jesús hizo su testamento delante de Dios, y dio todos sus méritos a la Iglesia
y a los pecadores. No olvidó a nadie; pidió aún por esos herejes que dicen
que Jesús, siendo Dios, no sintió los dolores de su Pasión; y que no sufrió
lo que hubiera padecido un hombre en el mismo caso. En su dolor nos mostró su
abandono con un grito, y permitió a todos los afligidos que reconocen a Dios
por su Padre un quejido filial y de confianza.
A las tres, Jesús gritó en alta voz: "¡Eli, Eli, lamma sabactani!".
Lo que significa: "¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has
abandonado?".
El grito de Nuestro Señor interrumpió el profundo silencio que reinaba
alrededor de la cruz: los fariseos se volvieron hacia Él y uno de ellos le
dijo: "Llama a Elías". Otro dijo: "Veremos si Elías vendrá a
socorrerlo".
Cuando María oyó la voz de su Hijo, nada pudo detenerla. Vino al pie de la
cruz con Juan, María, hija de Cleofás, Magdalena y Salomé.
Mientras el pueblo temblaba y gemía, un grupo de treinta hombres de la Judea y
de los contornos de Jopé pasaban por allí para ir a la fiesta, y cuando vieron
a Jesús crucificado, y los signos amenazadores que presentaba la naturaleza,
exclamaron llenos de horror: "¡Mal haya esta ciudad! Si el templo de Dios
no estuviera en ella, merecería que la quemasen por haber tomado sobre sí tal
iniquidad".
Estas palabras fueron como un punto de apoyo para el pueblo, y todos los que tenían
los mismos sentimiento se reunían. Los circunstantes se dividieron en dos
partidos: los unos lloraban y murmuraban, los otros pronunciaban injurias e
imprecaciones.
Sin embargo, los fariseos ya no ostentaban la misma arrogancia que antes, y más
bien temiendo una insurrección popular, se entendieron con el centurión
Abenadar. Dieron órdenes para cerrar la puerta más cercana de la ciudad y
cortar toda comunicación. Al mismo tiempo enviaron un expreso a Pilatos y
Herodes, para pedir al primero quinientos hombres, y al segundo sus guardias
para impedir una insurrección. Mientras tanto, el centurión Abenadar mantenía
el orden e impedía los insultos contra Jesús, para no irritar al pueblo.
Poco después de las tres, paulatinamente desaparecieron las tinieblas. Los
enemigos de Jesús recobraron su arrogancia conforme la luz volvía. Entonces
fue cuando dijeron: "¡Llama a Elías!".
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Quinta,
sexta y séptima palabras. Muerte de Jesús
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La luz continuaba retornando gradualmente,
y el semblante amoratado y exhausto de nuestro Señor se volvió visible
nuevamente. Por la pérdida de sangre, el sagrado cuerpo de Jesús estaba pálido;
y lo escuché exclamar "Estoy estrujado como la uva, que es pisoteada en el
lagar. Mi sangre va a ser esparcida copiosamente hasta que surja agua, pero el
vino no se hará más aquí".
No estoy segura si el realmente pronunció estas palabras, como para ser oídas
por otros, o fueron solamente una respuesta dada a mi plegaria interior. Después
tuve una visión relacionada a estas palabras, y en ella vi a Jafet haciendo
vino en este lugar.
Jesús
estaba casi desfalleciendo, su lengua se había desecado y sintiendo una sed
abrasadora, dijo: "Tengo sed". Los discípulos que estaban parados
alrededor de la Cruz lo miraron con la expresión más profunda de tristeza y él
agregó: "¿No me podrían haber dado un poco de agua?" Con estas
palabras les dio a entender que nadie los hubiera prevenido de hacerlo durante
la oscuridad. Juan estaba lleno de remordimiento y replicó: "No pensamos
en hacerlo, Oh Señor".
Jesús pronunció unas pocas palabras más, lo importante de las cuales fue:
"Mis amigos y mis parientes también me olvidaron, y no me dieron de beber,
y así lo que estaba escrito acerca de mí se cumplió". Esta omisión lo
había afligido mucho.
Entonces los discípulos le ofrecieron dinero a los soldados para obtener
permiso para darle un poco de agua: ellos se negaron a dársela, pero mojaron
una esponja con vinagre y hiel, y estaban a punto de ofrecérsela a Jesús,
cuando el centurión Abenadar, cuyo corazón fue tocado por la compasión, se
las quitó, escurrió la hiel, roció con vinagre fresco la esponja, y atándola
a una caña, la puso en la punta de su lanza para presentarla a la boca del Señor.
De estas palabras que dijo recuerdo solamente las siguientes: "Cuando mi
voz no se oiga más, la boca de los muertos hablará". Entonces algunos
gritaron: "Blasfema todavía". Mas Abenadar les mandó estarse
quietos.
La hora del Señor había llegado: un sudor frío corrió sus miembros, Juan
limpiaba los pies de Jesús con su sudario. Magdalena, partida de dolor, se
apoyaba detrás de la cruz.
La Virgen Santísima de pie entre Jesús y el buen ladrón, miraba el rostro de
su Hijo moribundo.
Entonces
Jesús dijo: "¡Todo está consumado!". Después alzó la cabeza y
gritó en alta voz: "Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu".
Fue un grito dulce y fuerte, que penetró el cielo y la tierra: enseguida inclinó
la cabeza, y rindió el espíritu.
Juan
y las santas mujeres cayeron de cara sobre el suelo. El centurión Abenadar tenía
los ojos fijos en la cara ensangrentada de Jesús, sintiendo una emoción muy
profunda.
Cuando
el Señor murió, la tierra tembló, abriéndose el peñasco entre la cruz de
Jesús y la del mal ladrón. El último grito del Redentor hizo temblar a todos
los que le oyeron.
Entonces fue cuando la gracia iluminó a Abenadar. Su corazón, orgulloso y
duro, se partió como la roca del Calvario; tiró su lanza, se dio golpes en el
pecho gritando con el acento de un hombre nuevo: "¡Bendito sea el Dios
Todopoderoso, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; éste era justo; es
verdaderamente el Hijo de Dios!". Muchos soldados, pasmados al oír las
palabras de su jefe, hicieron como él.
Abenadar,
convertido del todo, habiendo rendido homenaje al Hijo de Dios, no quería estar
más al servicio de sus enemigos. Dio su caballo y su lanza a Casio, el segundo
oficial, quien tomó el mando, y habiendo dirigido algunas palabras a los
soldados, se fue en busca de los discípulos del Señor, que se mantenían
ocultos en las grutas de Hinnón. Les anunció la muerte del Salvador, y se
volvió a la ciudad a casa de Pilatos.
Cuando
Abenadar dio testimonio de la divinidad de Jesús, muchos soldados hicieron como
él: lo mismo hicieron algunos de los que estaban presentes, y aún algunos
fariseos de los que habían venido últimamente. Mucha gente se volvía a su
casa dándose golpes de pecho y llorando. Otros rasgaron sus vestidos, y se
cubrieron con tierra la cabeza. Era poco más de las tres cuando Jesús rindió
el último suspiro. Los soldados romanos vinieron a guardar la puerta de la
ciudad y a ocupar algunas posiciones para evitar todo movimiento tumultuoso.
Casio y cincuenta soldados se quedaron en el Calvario.
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Temblor
de tierra - Aparición de los muertos en Jerusalén
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Cuando Jesús expiró, vi a su alma,
rodeada de mucha luz, entrar en la tierra, al pie de la cruz; muchos ángeles,
entre ellos Gabriel, la acompañaron. Estos ángeles arrojaron de la tierra al
abismo una multitud de malos espíritus.
Jesús envió desde el limbo muchas almas a sus cuerpos para que atemorizaran a
los impenitentes y dieran testimonio de Él.
En el templo, los príncipes de los sacerdotes habían continuado el sacrificio,
interrumpido por el espanto que les causaron las tinieblas, y creían triunfar
con la vuelta de la luz; mas de pronto la tierra tembló, el ruido de las
paredes que se caían y del velo del templo que se rasgaba les infundió un
terror espantoso.
Se vio de repente aparecer en el santuario al sumo sacerdote Zacarías, muerto
entre el templo y el altar, pronunciar palabras amenazadoras; habló de la
muerte del otro Zacarías, padre de Juan Bautista, de la de Juan Bautista, y en
general de la muerte de los profetas. Dos hijos del piadoso sumo sacerdote Simón
el Justo se presentaron cerca del gran púlpito, y hablaron igualmente de la
muerte de los profetas y del sacrificio que iba a cesar. Jeremías se apareció
cerca del altar, y proclamó con voz amenazadora el fin del antiguo sacrificio y
el principio del nuevo.
Estas apariciones, habiendo tenido lugar en los sitios en donde sólo los
sacerdotes podían tener conocimiento de ellas, fueron negadas o calladas, y
prohibieron hablar de ellas bajo severísimas penas. Pero pronto se oyó un gran
ruido: las puertas del santuario se abrieron, y una voz gritó: "Salgamos
de aquí". Nicodemus, José de Arimatea y otros muchos abandonaron el
templo.
Muertos resucitados se veían asimismo que andaban por el pueblo. Anás que era
uno de los enemigos más acérrimos de Jesús, estaba así loco de terror: huía
de un rincón a otro, en las piezas más retiradas del templo. Caifás quiso
animarlo, pero fue en vano: la aparición de los muertos lo había consternado.
Dominado
Caifás por el orgullo y la obstinación, aunque sobrecogido por el terror, no
dejó traslucir nada de lo que sentía, oponiendo su férrea frente a los signos
amenazadores de la ira divina. No pudo, a pesar de sus esfuerzos, hacer
continuar la ceremonia. Dijo y mandó decir a los otros sacerdotes que estos
signos de la ira del cielo habían sido ocasionados por los secuaces del
Galileo, que muchas cosas provenían de los sortilegios de ese hombre que en su
muerte como en su vida había agitado el reposo del templo.
Mientras todo esto pasaba en el templo, el mismo sobresalto reinaba en muchos
sitios de Jerusalén. No sólo en el Templo hubo apariciones de muertos: también
ocurrieron en la ciudad y sus alrededores. Entraron en las casas de sus
descendientes, y dieron testimonio de Jesús con palabras severas contra los que
habían tomado parte en su muerte. Pálidos o amarillos, su voz dotada de un
sonido extraño e inaudito, iban amortajados según la usanza del tiempo en que
vivían: al llegar a los sitios en donde la sentencia de muerte de Jesús fue
proclamada, se detuvieron un momento, y gritaron: "¡Gloria a Jesús, y
maldición a sus verdugos!".
El
terror y el pánico producidos por estas apariciones fue grande: el pueblo se
retiró por fin a sus moradas, siendo muy pocos los que comieron por la noche el
Cordero pascual.
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