Duc in altum - Rema mar adentro
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Caminem Junts Nº102 - En sus llagas hemos sido curados.
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Nos disponemos a celebrar los días santos de la Pasión del Señor. Nuestra Revista quiere ayudar a vivir con profundidad espiritual la Semana Santa. Quiero ofrecer en estas páginas reflexiones que llenen el corazón y nos ayuden.
Contemplando la imagen de Jesús cargado con la Cruz y camino del Calvario muy bien podemos comprender las palabras de Cristo a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo, que envió a su único Hijo para salvarlo” Cristo ama al mundo, a los hombres, a cada uno de nosotros y es entregado por el Padre para salvarlo.
Jesús de Nazaret es el Redentor del hombre, es Aquel que ha penetrado de modo único e irrepetible en el misterio del hombre y ha entrado en su corazón y le ha hablado como amigo, le ha revelado sus secretos, su bondad, su misericordia. Cristo ama hasta el extremo a todo hombre; todo el misterio de Jesús es manifestación de amor y entrega hacia el hombre.
Al entregarse por amor, él se ha convertido en nuestra reconciliación ante el Padre; él ha remendado nuestra ofensa a Dios, ha destrozado nuestro pecado, ha pagado la factura del pecado –como bellamente canta el Pregón Pascual–.
La imagen del Nazareno es la prueba del amor de Jesús hacia todos nosotros y al mismo tiempo el signo exterior del perdón que Dios nos ha concedido por medio de la Cruz. La Cruz es salvación, es Redención, es Vida, es gracia. Por eso la liturgia del Viernes Santo la aclama y la adora: ¡ Salve, Oh Cruz, esperanza única!
Al contemplar a Jesús cargado con la Cruz, pensamos que el amor es más grande que el pecado. San Pablo lo predica lleno de alegría cuando dice: “donde hubo pecado sobreabunda la gracia”. Y el apóstol san Pedro escribe en una de sus cartas: “hemos sido comprados a precio de sangre de Dios”.
La redención operada en la Cruz ha devuelto al hombre la dignidad y el sentido de su existencia que había perdido con el pecado. El pecado nos aparta de Dios, nos hunde en las tinieblas y daña la dignidad humana. El pecado, afirma Santo Tomás, es ruina para quien lo comete y gran ofensa para Dios.
Cristo Redentor sale al encuentro del hombre de toda época, también de la nuestra. ¡Cuanto pido a Dios para que todos los hombres, jóvenes y adultos, puedan encontrar a Cristo, el Señor! Y al encontrarlo puedan recorrer juntos el camino y entonces poder repetir con el salmista: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo. El Señor es mi Pastor nada me falta”.
Este encuentro con Jesús si es verdadero, necesariamente produce una especie de transformación en nuestro interior, fruto de nuestra identificación con Cristo.
Abramos nuestra alma, dejemos entrar la luz del Espíritu y que trabaje nuestro interior: nosotros la arcilla y tu el alfarero. La gracia produce auténticos milagros hasta poder exclamar como San Pablo: “Vivo yo, más no soy yo, es Cristo quien vive en mi”.
Cristo camina por las calles de Jerusalén con la cruz sobre sus hombros. La escena conmueve, estira el corazón, llena el alma.
No hay lengua humana capaz de expresar lo que ocurre en Jerusalén en aquel primer Viernes santo de la historia. El Cireneo, la Verónica, las Mujeres de Jerusalén, el Centurión, ninguno de estos personajes son iguales después de contemplar a Cristo con la cruz. En todos ellos se ha producido un hermoso cambio interior.
Aquello que ocurre por la calles de Jerusalén y en el Calvario no es teatro, no es una comedia, aquello es algo muy serio, muy fuerte: Dios salva al mundo.
He tenido la dicha de acompañar unas tres mil personas en mis 52 peregrinaciones a Tierra Santa y cuando llegamos a Jerusalén y subimos al Calvario me esfuerzo para que todos vivan ese momento único en la vida del cristiano. “Aquí murió Jesús”.
El Cordero de Dios es degollado y su Sangre preciosa es derramada para el perdón de los pecados y lava la maldad producida por la miseria humana.
El cuerpo de Cristo magullado, destrozado por la Pasión, sangrando por todas partes: anonadado, Varón de dolores. Ahora, desde la cruz, el hombre es recreado, es justificado por la gracia; de injusto se hace justo; la Cruz de Cristo engendra una nueva humanidad; la roca del Calvario esparce ramalazos de esperanza al mundo entero.
No podemos pensar que el drama de Jesús ocurrió lejos, en Jerusalén y hace dos mil años. No consideremos nunca el hecho de la Pasión y Muerte del Señor como algo acaecido y concluido para siempre.
¿Cómo conmoverse ante un hecho ocurrido hace dos mil años? La Pasión de Jesús no puede contemplarse nunca como un recuerdo sin más. El Papa san León Magno dice en uno de sus sermones: “La Pasión de Cristo se prolonga hasta el final de los siglos” y es Pascal quien también nos ha dejado escrito: “Cristo estará en agonía hasta el fin del mundo”.
La Cruz está siempre ahí plantada como signo del sufrimiento humano y a la vez como signo del amor entregado de Jesucristo.
¡Salve, Cristo Nazareno!
