Duc in altum - Rema mar adentro
Vía Crucis - OCTAVA ESTACIÓN Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús
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- PRIMERA ESTACIÓN Jesús sentenciado a muerte
- SEGUNDA ESTACIÓN Jesús es cargado con la cruz
- TERCERA ESTACIÓN Jesús cae la primera vez debajo de la cruz
- CUARTA ESTACIÓN Jesús encuentra a su afligida madre
- QUINTA ESTACIÓN Simón ayuda a Jesús a llevar la cruz
- SEXTA ESTACIÓN La Verónica limpia el rostro de Jesús
- SÉPTIMA ESTACIÓN Jesús cae la segunda vez con la cruz
- OCTAVA ESTACIÓN Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús
- NOVENA ESTACIÓN Jesús cae por tercera vez con la cruz
- DÉCIMA ESTACIÓN Jesús es despojado de sus vestiduras
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OCTAVA ESTACIÓN
Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
[Comentario por S.Alfonso María de Ligorio]
Considera cómo algunas piadosas mujeres, viendo a Jesús en tan lastimosa estado, que iba derramando sangre por el camino, lloraban de compasión; mas Jesús les dijo: no lloréis por mí, sino por vosotras mismas y por vuestras hijos.
AFLIGIDO Jesús mío: lloro las ofensas que os he hecho, por los castigos que me han merecido, pero mucho más por el disgusto que os he dado a Vos, que tan ardientemente me habéis amado. No es tanto el Infierno, como vuestro amor, el que me hace llorar mis pecados. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío, etc.
[Alternativa al comentario anterior. Comentario por S.S. Juan Pablo II, El Grande]
Es la llamada al arrepentimiento, al verdadero arrepentimiento, a pesar, del mal cometido. Jesús dice a las hijas de Jerusalén que lloran su vista: «No lloréis por mí; llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos» (Lc 23,28). No podemos quedarnos en la superficie del mal hay que llegar a su raíz, a las causas, a la más honda verdad de la conciencia.
Esto es justamente lo que lo que quiere darnos a entender Jesús cargado con la cruz, que desde siempre «conocía lo que en el hombre había» (Jn 2,25) y siempre lo conoce. Por esto El debe ser en todo momento el más cercano testigo de nuestros actos y de los juicios que sobre ellos hacemos en nuestra conciencia. Quizá nos haga incluso que estos juicios deben ser en todo momento ponderados, razonables, objetivos -dice:«No lloréis»-; pero al mismo tiempo, ligados a todo cuanto esta verdad contiene: no los advierte porque El es que lleva la cruz.
Señor, ¡dame saber vivir y andar en la verdad!

