3º - ALFONSO DE BORJA Y
EL CISMA DE OCCIDENTE

 

Recurro a una página del libro de Miguel
Navarro “Calixto III”, como punto de
arranque ante el problema que ocasionaba
a la Iglesia el Cisma de Occidente

La acción diplomática desempeñada con manifiesta habilidad por Alfonso de Borja en las negociaciones que, en diferentes épocas, se entablaron entre la curia romana y la corte aragonesa para procurar la cancelación de los restos cismáticos que pervivían en la Corona de Aragón y la sumisión efectiva del clero aragonés al Papa de Roma –labor magnificada por todos los biógrafos de nuestro Borja como clave explicativa de su sorprendente carrera eclesiástica – está íntimamente ligada a la compleja política eclesial del rey Alfonso V de Aragón. La postura real ante el cisma conoce dos etapas: en un primer momento, siguiendo el camino iniciado por su padre, el Magnánimo abandonará con decisión la causa de Benedicto XIII e impulsará sinceramente la participación de sus estados en el concilio de Constanza, reconociendo al Papa Martín V. Pero más tarde, ante la oposición del pontífice romano a sus exigencias, Alfonso resucitará el fantasma de Peñíscola y alentará la continuación del cisma, para forzarle a secundar sus intereses; y sólo después de obtener éstos obligará al antipapa a dimitir. Dentro de este cuadro general se inserta la actividad diplomática de Borja, al servicio de Alfonso el Magnánimo, que se desarrollará a través de su intervención como representante del rey en las legaciones desempeñadas en 1418 por el cardenal de Pisa y en 1429 por el cardenal Pedro de Foix, enviados por Martín V con la misión de poner el definitivo punto final al cisma”.


Benedicto XIII, Papa Luna


¿QUÉ ES EL CISMA DE OCCIDENTE? Este cisma viene de la división de la Iglesia durante 40 años, después de sucesivas elecciones de Urbano VI (8 abril 1378) y Clemente VII (20 septiembre de 1378) hasta la elección de Martín V (11 noviembre de 1417).

Desgarrada por el Cisma de Oriente, probada por el exilio de Aviñón, la cristiandad se encontró separada en dos obediencias y hubo un momento en el que el conflicto pudo parecer irremediable.

El último de los papas de Aviñón, Gregorio XI, murió después de su vuelta a Roma. Inmediatamente se produjo un levantamiento popular: los romanos querían a toda costa imponer a los 16 cardenales presentes, de los que 10 eran franceses, la elección de un Papa italiano.

¿Influyó esta agitación en los votos del cónclave haciéndolo nulo? Los cardenales eligieron a un napolitano, al arzobispo de Bari que tomó el nombre de Urbano VI.

No quisieron a este papa y pedían que abdicara. Animados por el rey de Francia tuvieron un nuevo cónclave y por unanimidad eligieron a Clemente VII.

Los cristianos se encontraron así frente a dos personas que se proclamaban Papas. Los franceses optaron sin dudar por Clemente VII, quien, mal escogido en Nápoles, regresó a Aviñón. En cambio los ingleses, los alemanes y los italianos siguieron fieles a Urbano VI. Así surgen las dos obediencias.

En Aragón, aunque el cardenal Pedro de Luna y san Vicente Ferrer defendían los derechos de Clemente VII, Pedro IV practicó la indiferencia; su sucesor Juan I se mantuvo en la misma línea hasta 1387, año en que reconoció a Clemente VII. En Castilla, Enrique II sólo se informó. Su sucesor Juan I consultó a su clero reunido en Burgos; no hubo manera de unificarse Portugal, Navarra; se mantuvieron las dos obediencias. Los dos Papas multiplicaron sus embajadas, usando todos los medios de persuasión y propaganda.

A la muerte de Urbano VI, los pocos cardenales que quedaban eligieron.

Bonifacio IX, de carácter amable pero débil, recuperó en Italia el terreno perdido. Por otra parte, a la muerte de Clemente VII, los cardenales, a pesar de la prohibición de los reyes de Francia y Aragón, eligieron a Pedro de Luna que tomó el nombre de Benedicto XIII (28 septiembre de 1394).

Cuarenta años duró este Cisma llamado de Occidente. Los Papas de Roma se iban sucediendo a la muerte del Papa romano. Benedicto XIII fue tozudo y nunca quiso dimitir, resistía en Peñíscola.


Escudo. Palacio del Papa


Su sucesor fue Clemente VIII, elegido a la muerte de Benedicto XIII. El día de san Martín del año 1417 fue elegido Papa Martín V y se abrió la vía para restablecer la unidad de la Iglesia, que llegó a tener tres Papas y los tres se creían legítimos. El concilio de Constanza puso fin a este Cisma de Occidente de graves consecuencias para la Iglesia. Santa Catalina de Siena, san Vicente Ferrer, santa Catalina de Suecia y nuestro Alfonso de Borja, entre otros, trabajaron por devolver al tejido de la Iglesia su unidad.

De hecho los nombres de los Papas de Aviñón, Clemente VII y Benedicto XIII, volverán a ser tomados por nuevos Papas en los siglos XVI y XVII, indicando la invalidez de los anteriores.


Castillo, palacio del Papa


¿CUÁL FUE LA MISIÓN DE ALFONSO DE BORJA? Por aquel tiempo pervivía en Peñíscola el Papa Luna manteniéndose tercamente en su cargo sin querer dimitir, como ya he indicado anteriormente. La primera misión de Borja la desempeñó en 1418, cuando el rey le encargó acompañar al cardenal de Pisa, enviado por el Papa Martín V como legado para tratar este espinoso problema. No hubo resultado positivo. Alfonso de Borja desempeñó bien su cometido, dando pruebas de sus óptimas dotes diplomáticas y se vio recompensado por el rey con una canonjía en Valencia y el curato de san Nicolás de la misma ciudad.

Otra interesante intervención de Borja fue cuando el rey le pidió que acompañara al cardenal Pedro de Foix, enviado también por Martín V para acabar definitivamente con el cisma. Hasta este momento el rey había favorecido en secreto al antipapa Clemente VIII, para obligar al Papa de Roma a serle propicio en la conquista del reino de Nápoles y forzarle a que le concediera grandes gracias.

Más tarde el rey retiraría el apoyo a Clemente VIII.

Es entonces cuando el Magnánimo envía a Peñíscola a Alfonso de Borja, como experto jurista y diplomático, a gestionar los detalles canónicos relacionados con la abdicación del antipapa Clemente VIII. Ante la atenta mirada de Borja, Clemente VIII firmaba la renuncia a la tiara y se despojaba de sus vestiduras pontificales. El mismo Borja urgía a los cardenales a nombrar al nuevo Papa que resultó ser el mismo Martín V.


Avigñón, Palacio Papal


Borja actuó en el desempeño de su misión con tal tacto y prudencia que impresionó al cardenal legado, facilitándole su tarea y allanando los obstáculos que éste pensaba encontrar para la solución del problema.

Ante el éxito de esta misión cuando el rey pidió al legado que nombrara obispo de Valencia a Borja, no se dudó. El mismo cardenal ordenó obispo a Alfonso de Borja en Peñíscola el 22 de agosto de 1429. Tenía entonces cincuenta años.