Formar una familia cristiana

Los dos recién casados tenían muy claro lo que querían y a lo que se habían comprometido ante Dios el día de su boda. Y a partir del primer día como casados lo iban a llevar a la práctica.

 

Amar a Dios sobre todas las cosas. Ése fue el lema de este matrimonio. Adela y Manolo quieren formar una familia cristiana, “Iglesia doméstica”. Cristo es el centro de sus vidas y el invitado principal, el fiador de su amor, el amo de su casa. Dios está siempre presente en todas y cada una de sus  inquietudes, ilusiones, sufrimientos y felicidad. Juntos inician un largo y fecundo camino de testimonio cristiano, que sólo pudo interrumpir la muerte, cuando el Padre de la vida llamó a Manolo el 24 de mayo de 1958.

 

El respeto mutuo, la necesaria disciplina, el sentido de la responsabilidad y la permanente referencia a Dios caracteriza la vida familiar en el hogar de aquellos esposos. Se convierten en un faro de luz que alumbra la vida de sus hijos, parientes y amigos.

El Señor Dios les premió con una hermosa corona de hijos. El primer regalo fue Adela, le siguió Manuel, Dolores, Carmen, Joaquín, Nieves, José  Enrique, María Concepción y Pilar. ¡Nueve hijos! ¡Familia numerosa!

Esta familia cuida muchísimo la vida espiritual: su alimento es el Pan de la Palabra divina y el Pan de la Eucaristía, compartido diariamente en la santa Misa; cultivan una intensa devoción a la Virgen María, venerada en Xàtiva con el entrañable título de Mare de Déu de la Seu y en cuyo honor rezan el Rosario en familia todos los días. El Rosario es una oración bíblica, sencilla, evangélica; por medio de la plegaria meditamos los grandes misterios de la salvación. El rezo del Rosario une, da fuerza, anima y se goza de la intercesión de la Madre de Dios. ¡Qué claro lo tenía este joven matrimonio! Y luego también la oración personal ante el Sagrario enciende aún más el amor a Dios y al prójimo, objetivo principal de la vida de estos esposos.

Me dice mucha gente que don Manuel Casesnoves tomó tan en serio su vida cristiana que adelantó en santidad a su esposa doña Adela. Lo cierto es que los dos, qué belleza tan grande, ¡los dos!, tomaron en serio ser una Familia Cristiana y Dios les había dado la gran Misión: construir una familia donde su nombre fuera invocado, respetado, alabado. Una familia donde el amor a Cristo fuera el plato principal de la comida diaria. Una familia donde cundiera el respeto mutuo, la verdad, la justicia, la comprensión, la generosidad, la colaboración y por encima de todo el amor, que como afirma san Pablo, es el ceñidor de la unidad consumada.