¡Una familia cristiana!

“La vida familiar siempre estuvo presidida por el amor a Dios y al prójimo –así lo recuerda Adela, la hija mayor a quien agradezco esta declaración que
me ha proporcionado y que le ha servido para recordar aquellos años tan preciosos de la vida familiar–, valores que nuestros padres practicaron  siempre y nos inculcaron.

 

Con respecto al prójimo sus prioridades siempre fueron socorrer a los más necesitados y amar y respetar a todos sin distinción de categorías o clases sociales.

 

Podemos, por lo tanto, considerar dos aspectos en la vida familiar, aunque uno sea consecuencia del otro: el humano y el religioso. En el aspecto humano, mis padres se distinguieron por su carácter acogedor. Supieron reunir en el hogar personas muy diferentes en edad, carácter y posición, que convivieron armoniósamente. Nunca se oyeron voces ni palabras altisonantes, ni malsonantes, riñas ni nada que pudiera herir la sensibilidad de nadie. Nunca ví a mis padres discutir. Se habalaban siempre con cariño y respeto.

En casa llegamos a convivir 18 personas: mis padres, mi abuela materna, mis tías Adela, hermana de mi abuelo materno y María, hermana de mi madre, mis primos Ignacio y Elena, hijos de un hermano de mi madre, los nueve hermanos, la señora que recogieron al astallar la Guerra Civil, se quedó sin trabajo, pues era la encargada de las sillas de la Colegiata; murió en casa a los 99 años, se llamaba Malena y no tenía familia. Al principio de estar con nosotros, pasaba el día con los pequeños sacándolos a pasear y por la noche la acompañábamos a su casa, hasta que ya por la edad, se quedó a vivir en nuestra casa, como una más de la familia.

Teníamos, también, dos chicas de servicio internas. Total, como ya he dicho, éramos en casa 18, aunque este número no era siempre seguido porque
algunos estábamos estudiando fuera de Xàtiva, pero en vacaciones sí éramos esos.

También todos los días venía a recoger la comida un pobre hombre, llamado Evaristo, y cuando en la Parroquia se estableció el “Plato de caridad”, mis padres también colaboraron diariamente.

En casa vivíamos bien, pero sin lujos de ninguna clase. En Bixquert aumentaba el número de personas, pues siempre habían amigos nuestros que
pasaban algunos días con nosotros. Mi padre decía que prefería que viniesen a que nosotros nos fuéramos. Después de la Feria venía la costurera que se quedaba allí hasta que acabara de solucionar la ropa para el nuevo curso. Mis tías, hermanas de mi padre, vivían en Valencia y venían con su hijo a Bixquert a pasar parte del verano con nosotros, tanto es así que mi tío ya mayor y delicado se murió en el secano el día del Santo de nuestra madre. Por las tardes solían acudir los hijos de los caseros y los de los tíos Maravall, además de amigos de los secanos cercanos, a jugar con todos nosotros.

Y una cosa muy importante, el juego se interrumpía cuando mi madre con el canto:”Vamos niños al Sagrario, que Jesús llorando está, y al vernos muy contento se pondrá”, nos llamaba para rezar. Allí no había Sagrario, pero sí un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús que presidía la gran entrada del secano y ante él todos nos arrodillábamos y rezábamos, dirigidos por nuestra madre, la Estación del Santísimo Sacramento”.