Guerra Civil y persecución religiosa: 1931-1939

La Segunda República Española se proclama el 14 de abril de 1931. El rey Alfonso XII dimite y se marcha a Roma. La Iglesia acata el nuevo gobierno de la nación. Existen buenas relaciones entre el Estado y la Iglesia. Pero al mes comienza la quema de conventos e iglesias.

 

El Cardenalsda Gomá y Vidal dirá con gran dolor: “Hemos entrado ya en el vértice de la tormenta. Soy absolutamente pesimista”. Los extremistas, ateos y enemigos de la Iglesia se sintieron como en su propia casa. Buceando por la prensa de entonces nos damos cuenta que va germinando a la carrera un ataque repleto de odio hacia la Iglesia y sus ministros, hacia todo lo que huela a Iglesia e incienso, como decían; no era un ambiente neutro lo que se respiraba en España, era contrario, agresivo, provocativo.

 

La Santa Sede estaba muy pre- ocupada por el porvenir de la Iglesia en España y el Papa tuvo un gran interés en que los católicos españoles supieran que él estaba muy unido a todos los obispos, sacerdotes y fieles de toda España: “compartiendo con ellos los daños y las penas del pre- sente, las amenazas y los peligros del futuro; con toda energía, exigida por su ministerio apostólico, protestaba altamente contra las múltiples ofensas infligidas a los sacrosantos derechos de la Iglesia, que son los derechos de Dios y de las almas”. ( L’Osservatore Romano, 16 de octubre de 1931).

El día de Cristo rey, durante la misa celebrada en la basílica de san Pedro, el Papa pidió oraciones por la “querida nación española”. Pío XI publica una encíclica titulada Dilectisima nobis, en la que conforta y alecciona a los católicos españoles. Es una encíclica fuerte, clara, viva. Para quienes no vivimos aquella época, un repaso a esta Carta nos sitúa en los graves momentos en los que se encontraba la Iglesia española. Las palabras del Papa levantaron la moral y llenaron de esperanza a los católicos españoles y a todos los creyentes.

El nuncio del Papa en España trabajó muchísimo para que el mensaje del Papa Pío XI llegara a toda España y los obispos agradecieron al Santo Padre el gesto de solidaridad y oración universal por la Iglesia de España. A partir de ahí los obispos españoles pensaron en escribir una Carta Pastoral y, con ella, expresar con toda claridad, la actitud de la Iglesia ante los últimos acontecimientos ocurridos en la nación. La Santa Sede lo vio con buenos ojos y de esta forma se concibió la famosa llamada “Carta colectiva”. Hoy habría que releerla detenidamente. Esta Carta era respetuosa con la República pero muy clara y completa. Se publicó el 1 de enero de 1932. A los católicos sentó muy bien y agradó que sus obispos “se mojaran” ante la situación que se vivía en España de cara a la Iglesia.

El abad de Xàtiva, don Francisco de Paula Ibáñez, no frenó su actividad; es más, aumentó su trabajo apostólico; nunca tuvo miedo ni por lo tanto lo manifestó; tenía muy claro lo que era ser cura y su misión y se dedicó a ella.