Deseo conocer la vida de estos Siervos de Dios por boca del pueblo, de ahí que pregunte a personas mayores que les conocieron y todos tienen algo bueno que decir de los Siervos de Dios Manuel y Adela. Son muchísimos los que afirman que la farmacia de don Manuel era la “Farmacia de los pobres”; allí acudían todos a pedir medicinas y la caridad de este hombre de Dios era tan abundante que a muchísimas personas, que no podían pagar, les daba todo lo que necesitaban y además algún sobrecito medio escondido entre el paquete de medicinas.

Lo que ocurría en la farmacia era con el consentimiento de doña Adela, que compartía la virtud de la caridad con su esposo, pues, ambos estaban convencidos del mandato del Señor: “Amos los unos a los otros como yo os he amado”. Y amar hasta que duela, como decía Madre Teresa, conduce a ese extremo;
este matrimonio en caridad llegó al extremo evangélico.

El matrimonio Casesnoves-Sol-devila tenía muy claro cuál era su papel en aquel tiempo de la postguerra y lo que como católicos tenían obligación de hacer: curar heridas y ayudar a los más necesitados.

Los testimonios que encuentro por la calle de personas que conocieron a este matrimonio son extraordinarios y no podemos perder la memoria histórica de estos Siervos de Dios que vivieron entre nosotros y pasaron haciendo el bien.

Unos me dicen que don Manuel era un “santo”, en el sentido que lo entiende la gente. “Fue un cristiano convencido que amaba a Cristo y se identificaba con él; se sentía Iglesia, trabajaba dentro de ella y la amaba. Su caridad, como dice la Escritura, era constante; socorría las necesidades de
la gente pobre y desamparada; abierto a las personas”.

Don Manuel siempre transmitía paz, alegría, serenidad. Aquellos que acudían a su farmacia no sólo quedaban socorridos sino que además para todos tenía palabras que llenaban el corazón de tranquilidad, sosiego, ánimo. Qué cierto es aquello que se dice: “De lo que hay en el corazón hablan los labios”. El Siervo de Dios tenía un gran corazón, todo bondad, y por eso cuando hablaba transmitía lo que llevaba dentro. He ahí la razón por la que nadie habla mal de él, todos tienen recuerdos repletos de cariño hacia este matrimonio que pasó por la vida haciendo el bien.

De doña Adela me dice una persona: “Fue una mujer delicada, sensible, fuerte; amante de su fe y de exquisita espiritualidad. Cristo vivía en su corazón y ardía su fe. ¡Cuánto luchó en la educación de sus hijos! Como mujer casada fue extraordinaria. Eran un matrimonio fuera de lo común. Se amaban y se santificaban viviendo el amor y la entrega a su familia. Daban envidia”.