El Padre Esparza, dominico y escritor de la obra “Un matrimonio para la historia”, resalta que a la familia numerosa de Casesnoves-Soldevila, se  añadió Ignacio y Elena, ya que quedaron huérfanos de padre y madre, eran sobrinos. Ignacio tenía 11 años cuando falleció su padre y se quedó en Xàtiva con la familia de los tíos.

 

Elena sólo tenía 3 años y su madre la llevó consigo para quedarse con su familia en Madrid en donde 6 años después falleció la madre. Ignacio permaneció con la familia Casesnoves Soldevila hasta terminar los estudios universitarios, viajó becado a Quebec (Canadá) y allí fijó su residencia. Hace apenas unos meses que falleció. El Padre Esparza continua señalando que Elena ha sido una pieza fundamental para conocer más detalles vivenciales de los Soldevila y también de los Casesnoves. Mujer dotada de buena memoria asimiló bien los hechos, anécdotas y relatos de su tía abuela Adela Soldevila Palau, casada con el doctor Francisco Blasco Soto. “Total, añade el autor dominico, la familia aumentó de  manera considerable, la madre de Adela, Lola, ya viuda, la hermana soltera de Adela, María, su tía Adela Soldevila Palau, viuda de Francisco Blasco y Magdalena Simó, mujer mayor que atendía en la Seu y que fue recogida por los Casesnoves dejando en sus manos el cuidado de los más pequeños de la casa y allí se quedó para siempre.Todos pasaron a vivir con Manuel y Adela. Es decir que cuando todos se encontraban en casa eran no menos de 15 personas. Los mismos que se encontraban en la mesa a la hora de la comida, si bien, los comensales, de vez en cuando, por uno u otro motivo,
llegaban a ser alrededor de 20”. Hasta aquí el relato que hace el Padre José Esparza en su libro ya citado.

 

Los cónyuges Manuel y Adela tienen una misión maravillosa por visto, es más que numerosa, hay que educarla y hay que alimentarla, por lo que hay  que trabajar mucho para llevarla adelante.

La Sierva de Dios Adela se dedicará a trabajar en casa. El trabajo se multiplica, los afanes, las preocupaciones, los problemas y el ajetreo con tantos niños era imponente. A veces terminaba cansadísima y mareada de tanto pelear con unos y con otros. Su carrera de magisterio le ayudaba, tenía una hermosa escuela en su hogar para ejercerla y ¡bien que la estiró! Dedicaba tiempo a enseñar a sus hijos y sobrinos, ella sabía muy bien cómo hacerlo, tenía paciencia, candor, aguante y una dulzura especial que compaginaba con la sabiduría adquirida por los estudios realizados. Todo era necesario en la escuela-hogar que desempeñaba en casa. El papel de la madre es extraordinario. A nadie debería faltarle este aspecto maternal. Doña Adela dedicará todo su tiempo y lo cuidará para sacar lo mejor de su corazón y educar y formar a todos los de su casa.

Enseñó a rezar a todos y rezaba con todos. Ésa es la misión de la madre.